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martes, 5 de enero de 2016

HUMOR ARGENTINO: Reportaje a Inodoro Pereyra, el renegáu













Raúl Acosta - Fontanarrosa



¿De qué signo es usted, Inodoro?

-Vea mire, yo en eso de los astros y los horóscapos no soy de creer mucho, no se vaya a pensar. De mejor prigúntele al Mendieta, que a él sí los planetas lo han cambeado muy mucho, tanto que la luna lo ha guelto lobizón al pobrecito. A mí, a gatas si el sol me jode un poco de a veces, como cuando me estaquiaron en Rayo Cortau y la resolana me dejó mas colorau que huevo e'domador.

¿Quiénes fueron sus padres?

-Mi tata fue guitarrero, cantor de madrugadas, cumpa del Payo Solá churo carpero de Salta. Ahura, mi mama supo ser curandera por Saleriquecacó, los pagos del Independencio Funes. La cencía le debe a eya el descubrimiento de los ungüentos con sebo de comadreja macho pa calmar la culebriya; la cría de sanguijuelas silbadoras que en vé de chupar, le soplan y la vacuna crespín Oral, contra la parali, el terrible mal de Nelly Meden.

¿Conoció a Martín Fierro?

-Me leyeron algo sobre él. Una nota o un riportaje muy largo que le hacía un tal Hernández, letrau el hombre. Todo en versitos, con palabras que pegaban; una preciosidá era eso.
¿De qué personajes se siente amigo?

-Güeno, a veces viene a matiar conmigo el Lindor Covas, claro, le gusta el mate cimarrón, lógicamente. O me encuentro en la pulpería del Basilisco Luna con el Fabián Leyes, no sé si lo ubica. Al Huinca hace mucho que no lo veo. Hace poco estuvo el correntino Troncozo, pegó un sapukai adentro el rancho que casi me degueya la bataraza. AI Cabo Savino lo suelo ver, pero de lejos, lo riconozco por el poncho calamaco. Dicen ques güeña persona, pero es polecía. Y un polecía puede ser güena persona, pero ... ¿quién se le acerca para comprobarlo?

¿Mantiene relaciones con el Indio Patoruzú?

-Por acá se cuentan anécdotas de él. De él y el otro chango, el Opa o Upa como lo nuembran. Dicen que tiene campos donde se puede galopiar y galopiar meses enteros sin salirse de eyos. Que tiene un pingo ques un rejucilo.

Pero también dicen que todo eso no es de él. Que es de un tal Dante, celosísimo el hombre y desconfiau como perro tuerto. Por eso yo no lo he ido a visitar entuavía. Aunque me están dentrando ganas. Pa ver cómo ha hecho los patacones, porque llegar a santo y salir en las estampitas y todo como el Ceferino Namuncurá debe ser más fácil, pero ser estanciero y millonario como Paturuzú, mientraj los otros indios andan en boleadoras nomaj, no parece tanto.

¿Qué parentesco lo ata a Martín Fierro?

-Y por ahí somos hermanos, quien le dice... Ricuerdo que mi Tata solía decir que se había echau un Fierro por algún lau.

¿Por qué razón no habla mucho de sus amores?

-Porque yo soy como el violín que quiere Becho, que al dolor y al amor no los nombra.

¿Por qué su caballo no tiene nombre y su perro sí?

-Porque mi perro no es un perro. Es un crestiano emperrau. Un lobizón que se quedó perro porque lo agarró un eclipse de luna. Además, no tengo flete, tan pobre soy. Por eso en Montiel pasé de largo. Pero le adelanto en carácter de primicia, que voy a agenciarme uno, que se va a yamar "Juria".

¿Se baña usted. Inodoro?

-¿Usté vio la lagunita que hay detraj de las cortaderaj, como yendo por la rastriyada que va pa lo del Benemérito Ochoa? ¿La vio? Güeno. Yo no. Golvía remamao de la pulpería. Jué la última ve. 

¿Usted se siente paladín de la justicia?

-Paladín no sé que quiere decir. Y pa serle sincero a la justicia tampoco la conozco.

¿Qué prefiere, el fútbol o la taba?

-Vea mire, pa jugar a la taba siempre me sale culo, y pa jugar al fulbo ya no me dan las tabas.

¿Le gustaría conocer Europa?

-¿Uropa? Puede ser. Pero queda muy lejos. Como ir muchas veces a Güenosaire ida y güelta. Hay que cruzar el mar y dicen quel mar es como ver un río, pero con costa de un solo lau.

¿Le hablaron alguna vez de Hugo Pratt?

-Creo que jué un gringo que dibujaba. Pero como me habían dicho que andaba siempre con una pluma yo me creiba que era un indio.

¿Por qué se deja fotografiar en escorzos tan raros?

-¿Escorzo? Escuerzo dirá usté. Nunca me he dejado fotografiar con un animal de esos.

¿Por qué gesticula tanto?

-Pa que me entiendan de lejos. La pampa es ancha y ajena
. 
¿Leyó a Tejada Gómez y Jaime Dávalos?

-A gatas si sé leer. Pero le diré, con palabras que brotan por mi boca cual bandada mineral de pájaros breves, violados y adolescentes trepando epicéntricas por mis cuerdas vocales tensas, llegando desde el fondo mismo del hombre-río elemental y mínimo que me habita decúbito dorsal en mis entrañas cósmicas, le diré que sí, que algo he leído. Le diré.

¿Qué opina de la mujer?

-¿De qué mujer? Si es de la ajena es julero andar opinando y si es de la mía, la Eulogia, usté la habrá visto, se dará cuenta que más vale no opinar un carajo.

---o---

Raúl Acosta, seguidor de cerca de la trayectoria de Fontanarrosa y del nacimiento de Inodoro Pereyra -una de las columnas centrales de la revista Hortensia- explora aquí, desde dos perspectivas, al mencionado personaje. En la segunda lo hace con la ayuda de Fontanarrosa quien asume, en las respuestas, la voz de Inodoro.

El desarrollo de los "comics" o historietas en nuestro país alcanzó cifras realmente importantes durante la década pasada. Tal vez los nombres de Solano, Pratt, Brescia, sirvieron para sedimentar (bien que profundamente) una línea donde el respeto por el dibujo, por la ilustración, era paralela al desarrollo de pautas bien específicas en cuanto a la relación relato-graficación. Son clásicos los "cuadros" en los que Hugo Pratt colocaba un revólver o la legendaria escopeta del Sargento Kirk detonando secamente: ¡Crack! Si hasta la onomatopeya era típica, personal, característica. Se formó, así, un minicódigo de los lectores de historietas. Una generación entera se nutrió con este lenguaje. Por cierto que cuidándolo, logrando que respondiera acertadamente a una gramática, a una sintaxis bastante adecuada al lenguaje cotidiano, sin olvidar los "tics" que el medio presenta como peculiaridad (frases cortas, resoluciones en infinitivo, las mencionadas onomatopeyas, apoyatura en el dibujo, etc.). 

Lo cierto es que logró "subir" este medio de comunicación hasta niveles intelectuales en los que, tradicionalmente, no tenía repercusión alguna. Esto, junto a la revalorización científica que trabajos como los de Eco y Mattelart han aportado, permite tratar el tema con la seriedad (y el desparpajo) de las cosas comunes para quienes entienden que en los medios de comunicación se encuentran las pautas de la penetración y el condicionamiento cultural, como así también el germen de la liberación.

¿QUIEN CREE EN EL HUMOR?


La pregunta, real, es referida a quien cree en el humor en cuanto a capacidad revulsiva, revolucionaria. Bien sabido es que los humoristas no hacen nada más que retorcer, cínicamente, los puntos más detonantes, notorios, de un inconsciente colectivo. Su trabajo de relevamiento, tal vez inocente o impensado, los vuelve testigos de primera línea en cuanto a los verdaderos ejes del grupo social en el que están inmersos. Son, a su manera, catalizadores espiches, emergentes de las tensiones a que se ven sometidos como integrantes de una sociedad. No existe humor sin este ingrediente de cinismo, de crítica. Y la mayor o menor medida la estará signando (junto a la capacidad individual) la situación grupal. No es de extrañar, entonces, que en este país, una neocolonia con desarrollo capitalista dependiente (hasta ahora, el beneficio de la duda no se le niega a nadie), haya resurgido el humor, como una forma de escepticismo, como un canal de rebelión tan inútil como honesto ... por ahora. Nadie duda que allí está el germen que indica claramente que un grupo social descree, definitivamente, de estos valores constituidos. La desfachatez de un humorista no existe si el público receptor no es cómplice de su desesperanzado alarde de ingenio, especie de alacrán que mordiéndose la cola intenta sobrevivir sabiendo que así, al menos, conoce el límite del veneno que de todas maneras lo está corroyendo.












¿QUIEN ES FONTANARROSA?


Y entre todos los humoristas de la nueva generación elijo a Carlos Roberto Fontanarrosa. Que generacionalmente fue lector de aquellos "comics" que mencionamos. Y que, también generacionalmente, corresponde a ese sector mayoritario de nuestro país (alrededor de treinta años) que de ninguna manera está representado en los estamentos que conforman el actual sistema político, económico y social.

 Con una formación reconocidamente heterodoxa, por autodidacta, pasó de la lectura de cualquier material al tratamiento de la novela policial, al estudio del lenguaje publicitario (fue Jefe de Arte de la mejor Agencia de Publicidad del interior del país) y al análisis del lenguaje periodístico cuando, como diagramador, integró el staff de Boom, una revista de actualidad que llegó a sorprender a los entendidos por el alto nivel alcanzado. Ya en esta publicación comenzó a desarrollar su humor, donde el texto adquiere preponderancia. El absurdo, el manejo (patafísico-surrealista) de las frases, de los convencionalismos, lo emparenta tanto a Jarry como a Boris Vian. Y no es casual que su reconocido amor por el fútbol, por la canción folklórica, por los radioteatros, aparezca en sus escritos y sus dibujos. No. Como toda una generación de argentinos, pretende recuperar cuanto quiere, como una manera de recuperarse a sí mismo. Por eso, quien rastree en sus dibujos y sus textos encontrará, en el fondo, un dejo de tristeza por todos los valores instaurados, en los que encuentra la cuna de tanta desproporción actual, de tanta falsedad, de tanta mentira a desenmascarar. Tiene 29 años.

Es rosarino y el sistema, que se reconoce indicado, advertido, agredido, tibiamente subvertido (Fontanarrosa es apenas un hito) intenta tomarlo para sí. Es por eso que, desde la estudiantina de Hortensia, una revista cordobesa que trascendió sus limitaciones, pasa a Satiricón, al diario matutino de mayor tirada (Clarín) a los libros que recopilan sus dibujos y textos y, finalmente, a ser reconocido el mejor humorista de 1973, distinción de una revista argentina que tipifica a la clase media. Quien no vea en tanto agasajo el ferviente deseo de "comprar" el humor estará pecando de inocente, tan inocente como el "negro Fontanarrosa" que sólo se propuso hacer chistes. Claro, no hay que olvidar que. como dijera Ortega y Gasset (y repitiéramos tantos) el hombre está junto a sus circunstancias, y éstas no perdonan. 

El humor es, hoy, una línea de subversión, porque el ojo crítico puesto sobre nuestros vicios (ya no hay costumbres que puedan llamarse hábitos) convoca a demitificar, a cuestionar, a perder la reverencia absurda. Y eso es peligroso. Se teme al humor. Quienes no nacen de una circunstancia natural y son falsarios en el poder, en la representatividad, le temen. Tal vez (y esto es una disgresión bien grande) el ejemplo que sigue puede testificar nuestro aserto.

Viajó Alejandro Agustín Lanusse a España, justamente en el mes previo a las elecciones en este país. Y tenía programada una visita a Sevilla, que no se hizo, alterando el protocolo, porque nadie iba a impedir que Landrú aprovechase y dibujase el chiste más natural en ese caso: "el que se fue a Sevilla perdió su silla"... Y se consideraba "imprudente" darle "carne" a los humoristas. Es un ejemplo, cierto, pero real y cercano. Casi un espejo para mirarse.













¿QUIEN ES INODORO PEREYRA?

Es en esta revista cordobesa, Hortensia, donde Fontanarrosa encuentra el espacio físico que necesitaba. Su capacidad comienza a ser reconocida. Unos pocos, por antiguas amistades, promovemos su conocimiento en Buenos Aires. A cualquiera le gusta presentar a un tipo capaz, y eso es lo que se hace con Fontanarrosa. Y quienes tienen que estar atentos mantienen el ojo avizor. Así llega su fama. Mientras tanto Hortensia, ya de distribución nacional, acerca dos historietas de Fontanarrosa. Boogie el aceitoso, que se convierte en un sentido homenaje a la "serie negra" y Humphrey Bogart, y donde caben el sicoanálisis y la sociedad americana; y surge Inodoro Pereyra, el renegáu ,.. Detrás suyo están Chiappe, Bernardo de Bustinza, Alfonso Amigo, nombres, todos, del radioteatro. A su vera Tejada Gómez y Jaime Davalos, junto a la pléyade de mixturadores del gongorismo y el folklore, que imitan a los imitadores, y se convierten en el lenguaje típico de los relatos de Inodoro Pereyra. En cuanto al lenguaje del personaje (hay que diferenciar los relatos referenciales de sus diálogos) rescata los valores del machismo, de la amistad, de Don Rosa (¿Se acuerdan de ese personaje de Paturuzú, especie de Viscacha a lo Abel Santa Cruz?) y los vuelca a un lenguaje de historieta que soporta los escorzos más cinematográficos y el plumín más suelto. Confesadamente realizados sin pensar (según su testimonio) las primeras historietas de Inodoro rescatan valores de la intelectualidad argentina. Borges y Antonio Das Mortes son interlocutores privilegiados de Inodoro. Este, planteado como "bruto" queda incólume. Ni burlador ni burlado siempre resuelve con una vuelta a su "querencia", a sus costumbres, a lo conocido, cada problema que se presenta con sus interlocutores. Y allí está. Firme. Dispuesto a crecer en una revalorización que lo ha colocado en un sitial un poco más que caricaturesco, tal vez más cercano a los prototipos. Una posición nada desdeñable, pero que seguramente lo haría exclamar: "¿Prototipo?, pregúntele al Mendieta; mi perro es conocedor de todos esos bicharracos..."

 Revista Crisis
mayo 1974

Roberto Fontanarrosa
(Rosario, 1944 - 2007) Humorista gráfico y escritor argentino. Conocido como Roberto "El Negro" Fontanarrosa, fue uno de los referentes del dibujo humorístico en su país y uno de los más seguidos por los lectores de las publicaciones en las que aparecían sus chistes e historietas.
A menudo se afirma que a partir de 1973, cuando Fontanarrosa empezó a publicar su viñeta diaria en el diario Clarín, la gente empezó a leer el diario por detrás. Antes, Fontanarrosa había formado parte del plantel de humoristas de una extraordinaria revista llamada Hortensia que hizo a desternillar a medio país con su humor cordobés, un humor fresco que en nada se parecía a un chiste de argentinos (es decir, de porteños).
Desde entonces Fontanarrosa no paró de trabajar. Entre su enorme producción de humorista gráfico hay dos personajes que forman parte de la vida argentina: Inodoro Pereyra, el renegau (un gaucho que se rebela a todo, secundado por su perrito Mendieta) y el mercenario Boogie el aceitoso, en sus inicios una parodia a James Bond, pero más bien un Harry el Sucio demente.
Fontanarrosa recopiló viñetas sueltas en algunos volúmenes muy difundidos, como por ejemplo ¿Quién es Fontanarrosa?, Fontanarrisa, Fontanarrosa y los médicos,Fontanarrosa y la política, Fontanarrosa y la pareja, El sexo de Fontanarrosa, El segundo sexo de Fontanarrosa, Fontanarrosa contra la cultura, El fútbol es sagrado,Fontanarrosa de Penal, Fontanarrosa es Mundial y Fontanarrosa continuará, títulos en que es patente el amplio abanico de temas que abarcó su agudeza humorística y su habilidad para el comentario gráfico.
Además de recopilaciones de viñetas, publicó también cómics concebidos directamente como libros, como Los clásicos según Fontanarrosa, Semblanzas deportivas y Sperman. A ello hay que añadir los volúmenes que recogen las correrías y desventuras del gaucho Inodoro Pereyra. Publicadas desde 1972 en revistas de humor y, regularmente, en el periódico Clarín, las historias de Pereyra y su perro Mendieta fueron recopiladas en más de quince volúmenes. Una versión de dichas aventuras fue llevada al teatro en Buenos Aires en 1998, con un enorme éxito de público y de crítica. También las historias de Boogie el aceitoso se recogieron en doce volúmenes.

Como literato, publicó numerosas recopilaciones de cuentos: El mundo ha vivido equivocado (1982), No sé si he sido claro (1986), Nada del otro mundo (1987)... Su dedicación al relato breve se intensificó en sus últimos años: El mayor de mis defectos (1990), Los trenes matan a los autos (1992), Uno nunca sabe (1993), La mesa de los Galanes (1995), Una lección de vida (1998), Te digo más... (2001),Usted no me lo va a creer (2003) y El rey de la milonga (2005).
Muchos de estos relatos, de innegable sabor popular, tienen por escenario el bar El Cairo, un establecimiento real entre cuya clientela era fácil encontrar, un día cualquiera, al Negro Fontanarrosa. Este conjunto narrativo es una completa antología de singularidades humanas, conductas y situaciones que van desde la parodia delirante al trazo más fino y certero. Escribió además algunas novelas, entre las que destacan Best Seller (una imaginativa y lúdica recreación de la peripecia de un mercenario sirio cuyo nombre da título a la obra), El área 18 y La gansada.
Aquejado de una enfermedad neurológica, en enero de 2007 Fontanarrosa anunció a sus lectores que su dolencia le impediría continuar dibujando con su propia mano, por lo que, a partir de aquel momento, contaría para poner en imágenes sus ideas con la colaboración de otros dibujantes, como Negro Crist (Cristóbal Reinoso) u Óscar Salas. El 19 de julio de ese mismo año, Fontanarrosa falleció en Rosario, su ciudad natal, a consecuencia de esta enfermedad.
http://www.biografiasyvidas.com/biografia/f/fontanarrosa.htm

domingo, 15 de febrero de 2015

ROBERTO FONTANARROSA, el "Negro": EL LOCO CANSINO














Para que usted tenga una idea de qué tipo de futbolista era ese muchacho, le cuento que jugaba llorando. Pero no le digo llorando porque protestaba o porque se la pasaba quejándose a los árbitros o esas cosas que nos han dado a los argentinos la fama de llorones, no.

El Loco Cansino lloraba en serio, con lágrimas, desconsoladamente, mientras llevaba la pelota. Yo lo he visto. Parece algo digno de risa pero créame que era una cosa bastante impresionante. Cómo decirle… angustiante.

Cansino entraba a la cancha muy serio, no sé si concentrado o qué, pero usted lo veía serio, el ceño fruncido, con la vista perdida sobre el césped, parecía que no se fijaba ni en los adversarios ni en la gente que había ido a la cancha. Y le aseguro que por ese entonces iba muchísima gente a la cancha de Sparta, muchísima. Porque tenía un equipazo. Jugaban el Gringo Talamone, el Negro Oroño, Sebastián Drappo, que después fue a Racing, la Garza Olmedo, que era el arquero, y otros más que ahora escapan a mi memoria pero que ya me voy a acordar.

Pero la figura, la figura, era Cansino sin duda alguna, el Loco Cansino. Y mientras el partido iba bien, digamos, mientras no fueran perdiendo, Cansino se mostraba normal, calmo, tranquilo. Jugaba ahí, en su punta, participaba poco del juego, la pedía de vez en cuando, al estilo de los viejos punteros derechos, que no se movían de al lado de la raya. Hasta daba la impresión de ser un poco frío, de no interesarle demasiado el partido.

Pero si los rivales hacían un gol, se ponían en ventaja, ahí Cansino se ponía a llorar.
No le voy a decir que se ponía a llorar de golpe, de repente. Pero era una cosa como que entraba a hacer pucheros, a aspirar aire, a fruncir la cara, y ya la gente empezaba a prestarle más atención a él que al partido porque sabía que Cansino se iba a largar a llorar.

Era una cosa bastante dramática, permítame que le diga. Bastante dramática.
“¡Aguante, Cansino! ¡No es nada, Loco, ya van a empatar, no llores!” lo alentaban desde la tribuna, porque a la gente le daba no sé qué verlo así, tan sentido. Pero se largaba a llorar nomás, como los chicos. Y le cuento que Cansino, cuando pasó por Sparta ya andaba cerca de los 30, debía ser un muchacho de 28, 29 años.
Le juro que entonces, ya perdiendo uno a cero, se venía para el medio, era como que no podía esperar a que la pelota le llegase a la punta. Se venía para el medio y empezaba a conducir el juego, pero no dejaba de llorar, desconsoladamente lloraba, daba pena verlo pobre muchacho. Era algo desgarrador mirarlo correr con la pelota, levantando la cabeza para localizar a sus compañeros, saltando sobre las barridas de los rivales y llorando a moco tendido, la boca abierta, colorado por el esfuerzo, las venas del cuello hinchadas a punto de reventar.

Lo notable es que los árbitros no sabían cómo tratarlo, no hay en el reglamento ninguna regla que estipule que un jugador no puede jugar llorando. Que no pueda insultar, sí, está contemplado, o gritarle al referí, bueno, vaya y pase (o como ahora que no está permitido seguir si un jugador está sangrando), pero nunca el reglamento dijo algo sobre un jugador que llorara. Lo dejaban, entonces.

Me acuerdo que hubo un arbitro muy grandote, el Inglés Mackinson, que la primera vez que lo vio así trató de consolarlo porque él mismo, Mackinson, ya tenía los ojos enrojecidos, vidriosos. Vio usted que hay gente que cuando ve llorar a otra persona, llora también. Paró el partido y le habló, agarrándolo de un hombro, paternalmente.

Pero no hubo caso, Cansino se contuvo un momento, tratando de aspirar hondo para cortar los sollozos; apenas reanudado el juego empezó de nuevo a pucherear y enseguida volvió al llanto.

Se imagina que a la hinchada de Sparta la cosa mucho no le gustaba porque era motivo de la risa de las otras hinchadas. De las risas y de las cargadas. Si hasta llegaron a decirles ” los llorones” a los hinchas de Sparta, por causa de Cansino.

Por otra parte, en esos momentos era cuando Cansino, desesperado por el resultado adverso, podía conseguir los milagros más conmovedores, futbolísticamente hablando. Era ahí cuando se hacía dueño de la pelota y podía dar vuelta un resultado con una facilidad asombrosa. Gambeteaba de a cuatro, de a cinco rivales, hacía jugadas que yo, después, no he visto hacerlas a nadie, podía dar vuelta un partido él solo aunque fuera perdiendo por 3 ó 4 a o (cero).

Después, cuando Sparta lograba empatar, Cansino ya se calmaba. Casi ni gritaba el gol del empate, le digo. Se abrazaba con sus compañeros, eso sí, y se limpiaba los ojos con la manga de la camiseta. O con un pañuelo mugriento que siempre llevaba en la media. En ocasiones los mismos árbitros le alcanzaban un pañuelo y en una oportunidad lo vi secarse los ojos con el banderín del córner luego de lanzar el centro que determinó la paridad en el marcador.

“Escaso nivel de resistencia ante la adversidad”, así me lo definió el doctor Suárez una vez que le pregunté, preocupado, por el caso de Cansino. Porque, indudablemente, como periodista deportivo del matutino “Democracia”, el caso me interesaba.

Consulté a Suárez, asimismo, y ya en otro orden de cosas, si había alguna condición física, alguna anomalía incluso, que generara esa capacidad que Cansino tenía para la gambeta. “A veces se presenta una distorsión congénita -recuerdo perfectamente que me dijo el doctor Suárez, médico del Sparta- que genera una apreciable diferencia entre un hemisferio del cerebro y el otro, lo que produce en el paciente una distinta captación del tiempo y el espacio. Esto, en algunos casos, motiva una distinta relación en el equilibrio, y es por eso que Cansino puede intentar algunas cabriolas, o recuperar la vertical en una forma totalmente imposible para el resto de los mortales”.

Alguna explicación de ese tipo debía de haber porque era insólito lo que hacía este muchacho en la cancha. La ley de gravedad no parecía existir para él y a veces uno sospechaba que tenía un radar de ésos que tienen los murciélagos dada su capacidad para no chocar contra los objetos sólidos. Pasaba entre una multitud de piernas, zigzagueando, sin tocarlas, cambiando el ángulo de su carrera a medida que lo iban bloqueando, modificando incluso su volumen corpóreo como si fuese líquido, como si fuese de mercurio, en procura de evitar los choques.

Era, por supuesto, imprevisible, y por eso le decían “El Loco”. Podía arrancar, de pronto, hacia su propio arco, como si hubiese perdido el sentido de la orientación, como esas tortugas que ante explosiones atómicas han perdido la brújula genética que les indica dónde se encuentra el mar. O, de repente, llegaba hasta la línea de fondo y echaba el centro hacia el lado de afuera de la cancha, estrellándolo contra el alambrado. Para no contar las veces en que, de repente, se iba de la cancha, murmurando cosas, hablando solo, hasta meterse en el túnel.

Nadie se animaba a decirle nada porque, por sobre todas las cosas, Cansino era muy manso, muy buen muchacho, muy dócil. Le digo esto porque un par de veces yo fui a hacerle alguna entrevista a los entrenamientos y me atendió con mucha cordialidad. Pero, eso era cierto, se le notaba que no era un muchacho muy normal. O, digamos, yo ya comencé a percibir que, en él, se estaba desencadenando lo que después terminó como terminó.

La primera vez que le hice un reportaje fue acá en el centro, en el Hotel Italia, donde él paraba. Recuerdo que nos sentamos a tomar un café y me esquivaba la mirada. Otro detalle que recuerdo perfectamente, porque me impresionó mucho, fue que transpiraba. Transpiraba muchísimo, y era pleno invierno. Yo le hice una pregunta y no me contestó, no me contestó nada.

Había empezado a mirarme con cierta molesta fijeza. Pensé que no me quería contestar aquella pregunta que ya no recuerdo pero que, sin duda, era una pregunta absolutamente convencional y tonta, como ser dónde había nacido o cosa así. Intenté entonces con otra, que tampoco me contestó. Opté por una tercera, ya francamente incómodo e inseguro: considere usted que yo era un pibe de poco más de 20 años. A la quinta pregunta, Cansino modificó un poco su postura en la silla, me señaló su oreja izquierda y me dijo: “Hábleme de este lado, porque no escucho nada con el otro oído”. Yo le había estado hablando sobre el oído sordo.

De ahí en más pude hacerle la entrevista y me encontré con la sorpresa de que era un hombre muy culto. Me habló de los inconvenientes que debe superar un joven de clase trabajadora para acceder a los primeros niveles en el orden del deporte, del fino y personalizado trabajo artesanal que hay en la confección de una pelota de fútbol, del elevado porcentaje de lactosa que se encuentra en un litro de leche de vaca y de la reconstrucción de la ciudad de Constantinopla luego de haber sido destruida por la Cuarta Cruzada a los Santos Lugares.

Era un poco errático en materia de conversación, lo admito, pero muy interesante. Lo del oído lo comenté después con el doctor Suárez y él me corroboró que ese tipo de disminución auditiva influía en gran medida en el sentido del equilibrio, tema que ya habíamos tocado en relación con la gambeta. Había algo inconexo en él; debido a eso, había un quiebre del equilibrio o de la inercia que lo hacía imprevisible.

En aquel campeonato regional del año 37, gracias a Cansino, Sparta se prendió en las primeras posiciones, cosa que nunca había conseguido. Pero a medida que se acercaba la definición del campeonato, la conducta de Cansino se hizo más y más extraña. Nunca se mostró agresivo o violento, pero siempre daba la nota con algún detalle fuera de lo común o medio raro. Salía a la cancha, por ejemplo, con una toalla rodeándole el cuello, como si recién se hubiera bañado. Había referís que se la hacían quitar, otros se hacían los distraídos, pero no era un detalle que pasara desapercibido pese a que le estoy hablando de una época en que los árbitros dirigían con saco y, a veces, los arqueros usaban sombrero, pero sombrero de fieltro, funyi.

Por esa época, Cansino empezó a escuchar voces, afirmaba que escuchaba voces que le hablaban en otros idiomas. Y lo que era más raro, las escuchaba en el oído sordo. En Sparta lo tenían entre algodones, preservándolo para la final, especialmente el ingeniero Wernicke, el presidente del club. Wernicke, muy preocupado, me decía: “Yo fui el que lo traje al club. Y cuando lo contraté sabía que le decían “El Loco”, como se les dice a tantos wines derechos, pero no sabía que era loco de verdad”.

Hacía bien en preocuparse Wernicke, quien además quería mucho a Cansino. En la semana previa al partido final contra Deportivo Federación, Cansino empeoró. Lo encontraron una noche caminando desnudo por las terrazas en la manzana de la pensión donde vivía. Dijo que estaba entrenando. O caminaba por calle Córdoba señalando con dedo índice hacia el cielo, vocalizando como si hablara pero sin emitir sonido. La gente no le decía nada porque lo reconocían. Lo reconocían porque andaba siempre con la camiseta de Sparta puesta, debajo del saco y la corbata.

Dos días antes del partido me enteré que lo habían llevado a un manicomio. Una cosa muy mesurada, hecha bajo cuerda para que no tomara estado público, pero con la intención de que lo trataran, lo sedaran, procurando que para el domingo estuviera bien. Un tratamiento rápido, por supuesto, de shock se diría ahora.
El sábado lo fui a ver, con una curiosidad más humana que periodística. Le estoy hablando de una época en que había menos canibalismo periodístico, no existía esa compulsión hacia los escándalos y las noticias rimbombantes. De ser así… ¿cuántos periodistas hubieran dado lo que no tenían para disponer de una primicia como la que yo sabía, revelada por el propio presidente del club?

Me fui a Oliveros, entonces, donde había por entonces, una pequeña casa de reposo, de salud. Y ahí estaba Cansino. Le habían hecho un tratamiento de electroshock que le había chamuscado casi todo el pelo. Él tenía un pelo bastante mota, renegrido y, cuando yo llegué, todavía le humeaba. Se imagina usted que, por esos años, no había un cabal conocimiento del manejo de la energía eléctrica y esos tratamientos se hacían un poco a lo bestia. Le conectaban unos alambres, le humedecían la ropa para que hubiera una mejor transmisión de la corriente y ahí le sacudían. Cuatro, cinco veces, las que fueran necesarias. El doctor que estaba a cargo del establecimiento me dijo que también le habían suministrado unas inyecciones de láudano, tilo y mercurio, para tranquilizarlo. También me contó que indudablemente la práctica del fútbol había empeorado la disfunción mental de Cansino, aquella descoordinación entre un hemisferio cerebral y el otro, de la cual me había hablado Suárez.

“Cada vez que este muchacho va a cabecear, y cabecea -me dijo-, el cimbronazo del impacto descoloca un poco más la armonía entre un hemisferio y el otro, haciendo más grande la grieta entre ambos”.
De todos modos, la verdad es que Cansino lucía tranquilo, calmo. Se paseaba entre los otros pacientes con una sonrisita por esa especie de parque que tenía la clínica. Me reconoció enseguida y fue muy cordial conmigo. Me dijo que iba a jugar al día siguiente, que estaba perfecto. Me preguntó si yo sabía idiomas, porque creía reconocer la voz mía entre las voces que solía escuchar, habiéndole en portugués. Le dije que no, que lamentablemente sólo hablaba castellano. Incluso en un rasgo de sensatez me consultó cuál sería la formación del equipo de Sportivo Federación al día siguiente, y si había llegado al país en el dirigible Hindenburg. Ahí la pifiaba feo porque Federación era un club de acá nomás, de Roldan. Pero no lo encontré mal, dentro de todo.

Al día siguiente, el domingo, fui a la cancha. Había un gentío impresionante. Era la final, creo que ya le dije. Y el Loco Cansino salió con el equipo, lo que provocó una algarabía enorme entre la hinchada de Sparta porque algo había trascendido sobre su internación y había rumores de que no iba a jugar. Humeaba un poco, todavía, o al menos así me pareció a mí, pero también es posible que haya sido ese vapor que se desprende de los jugadores cuando están transpirados por el calentamiento previo y salen al frío del invierno.

Eso sí, lo noté algo descoordinado en los movimientos. Se hizo la señal de la cruz -yo no sabía que era tan católico- tocándose la frente, un hombro, una cadera, la rodilla derecha y el otro hombro. Luego se le producía un estremecimiento facial, una contracción como la que ocurre cuando uno bebe algo muy ácido. Pero estaba bien.

La cuestión es que empezó el partido y Federación metió un gol, así nomás, de arranque. Y, por supuesto, curado o no curado, contenido o no contenido, el Loco se largó a llorar, lo que produjo la burla, la cargada, el sarcasmo de la hinchada rival que había llegado en buen número.

Era algo contradictorio porque, como ya le he contado, Cansino lloraba y metía pierna como el que más, trababa más fuerte que ninguno y gambeteaba a cuanto rival se le cruzara. Sin embargo, todo su esfuerzo fue en vano. Cerca del final del primer tiempo, Federación metió el segundo gol. Era más equipo, buscar otras explicaciones sería faltar a la verdad. Más equipo. Empieza el segundo tiempo y el Loco estaba desatado.
Lloraba y metía centros, lloraba y pateaba al arco, lloraba y eludía a los adversarios. Cerca de los 20 minutos hizo una jugada bárbara y se metió en el arco con pelota y todo: 2 a 1.

En eso, yo, que estaba agarrado al alambrado, cerca de los palcos para la prensa y las autoridades, entre el griterío de la gente escucho una sirena. Me doy vuelta y veo llegar, por detrás del estadio, una ambulancia, a toda velocidad. Enseguida entran al estadio un par de enfermeros, con el médico que yo había conocido en la casa de salud de Oliveros y se dirigen corriendo hacia el palco del ingeniero Wernicke. Me acerco, entonces, a riesgo de que me consideraran un entrometido. Y escucho que el médico le cuenta al ingeniero que Cansino había matado a uno de los pacientes de la clínica. Se suponía que lo había degollado con un vidrio durante la noche, pero había escondido el cuerpo bajo la cama de su propia habitación y los enfermeros recién lo encontraron al mediodía, cuando a Cansino ya le habían permitido volver a Rosario para jugar el partido. Según el médico, había que encerrarlo de inmediato porque era muy peligroso.

Yo vi la cara del presidente y comprendí de inmediato el intenso conflicto emocional que lo invadía en esos momentos. Cansino era fundamental para alcanzar el empate que les permitiría consagrarse campeones. Le pidió, entonces, le rogó, al médico, que le diera a Cansino diez minutos más de libertad. El médico accedió, en parte porque le gustaba el fútbol, y en parte porque estaba esperando la llegada de la policía para dominar a Cansino.
Diez minutos después, exactamente diez minutos después, Cansino hizo otra jugada extraordinaria y le sirvió el gol al Valija Molina, un nueve grandote que era muy bruto pero que siempre la empujaba adentro. Molina hizo el gol y, automáticamente, toda la hinchada de Sparta invadió la cancha, para festejar.

Fue lo que aprovecharon la policía y los enfermeros, junto con nosotros, para correr hacia donde todos los jugadores de Sparta celebraban apilados: una decisión providencial, creo. Cuando llegamos hasta la montaña de jugadores, debajo de dos o tres de ellos, Cansino, rojo, desencajado, estaba estrangulando a Sturam, al petiso Sturam, el cuatro de su propio equipo con un alambre de enfardar.

Se le tiraron encima los enfermeros, los policías y hasta el presidente mismo para contenerlo. Después la prensa, desinformada, acusó a la policía de parcialidad manifiesta por unirse en el festejo de la conquista. Lo cierto es que, en el remolino de gente, lo agarraron a Cansino entre muchos y se lo llevaron para el túnel.
El partido no pudo reanudarse, había mucha gente dentro de la cancha y en realidad faltaban nada más que dos minutos. Entre la algarabía de la hinchada, yo escuché las sirenas de las ambulancias y de la policía alejándose. Fue la última vez que pude ver a Cansino. El club notificó luego que lo habían vendido a Montevideo, hubo trascendidos de que se había retirado del fútbol. Pero lo cierto es que nadie supo nada más de él.

Quedó como un héroe, eso sí. Vaya usted y pregunte a los viejos hinchas de Sparta por el Loco Cansino y todos se van a llenar la boca de elogios hablándole de él. Yo estuve tentado un par de veces de irme para Oliveros porque tenía la sospecha de que lo habían vuelto a encerrar allí. Pero vio cómo son estas cosas, va pasando el tiempo, uno se ocupa de otras cosas, y al final no va nunca. Pero… qué wing derecho era el Loco… Qué wing derecho.
-Roberto Fontanarrosa


viernes, 20 de julio de 2007

"FONTANARROSA, EL MEJOR"











El mejor

Por Juan Sasturain

Entonces uno se anima –con todos estos paraguas abiertos– a decir que el Negro Fontanarrosa era, simplemente, el mejor. En todos los sentidos. Pero sobre todo, muy buena gente. De buenísima leche. Estoy hablando de vida social, de vida profesional, de colegas y de amigos. De una sanidad invulnerable al halago y a las miserias del celo. En él, como en otros, se intuye que es cierta la idea del humor –que en él era un reflejo, una manera, un tic personal– como una forma superior de la inteligencia, de la sabiduría. El se cagaría de risa ante esto. Pero es cierto. No tomarse en serio es la única forma seria de tomar las cosas. Y así iba, con naturalidad de la gracia a la desgracia. Contaba, hace un tiempo, ya muy jodido: “Uno lo primero que se pregunta es ¿por qué a mí? Pero después pensás: ¿Y por qué no?” Era el mejor: en los últimos tiempos se prestó (literalmente) para lo que quisieran hacer de él, con él o sobre él. Siempre estaba ahí. Se hizo cargo del embarazo ajeno, de lo que podían sentir los demás ante su enfermedad manifiesta, y en los últimos años –tan jodido y dependiente como estaba– era capaz de hacer que todo el mundo se sintiera casi “cómodo” en su presencia, sin una queja, con humor imperturbable, laburando al filo del final, haciendo como si nada. Era el mejor, digo, como tipo.

Y del escritor, del humorista y del dibujante sólo cabe lo mismo: era el mejor de nosotros. De nuestra generación, seguro, me animo a decir. Probablemente, alrededor de estas líneas habrá muchas que se dediquen al elogio de Fontanarrosa en cada rubro, y va a estar bien. Sólo cabe subrayar un par de cosas.

Primero, el increíble nivel de calidad que fue capaz de sostener con una producción de semejante volumen. No es fácil; es casi imposible, si no se es un genio. Más de treinta años y otros tantos tomos del Inodoro son la evidencia de que el Negro lo era. Y los cuentos. La cantidad y calidad de sus cuentos. Isidoro Blaisten –que sabía de esto– suponía que toda una obra literaria (la suya, por ejemplo) se justificaba con haber logrado dejar un par de textos perdurables. En el caso del Negro, son una docena los relatos rigurosamente antologables (cada uno tiene los suyos) dentro de una producción vastísima. El último libro, El rey de la milonga, que escribió ya cachuzo, es extraordinario.

La otra cosa para señalar –y terminar– es el “lugar” de Fontanarrosa. El Negro es, sin salvedades de ningún tipo, uno de los grandes narradores argentinos de todos los tiempos. Se podría considerar, desde la perspectiva de aquellos que conciben la producción literaria o la tarea artística en general como una competencia o carrera, que nuestro amigo –como decía el Gordo Soriano en famoso artículo sobre Stan Laurel y Oliver Hardy, el Gordo y el Flaco– cometió “el error de hacer reír”. Es decir: el prejuicio respecto del tono –y de los temas, agregaría– de muchos de sus relatos hicieron que, hasta no hace mucho, algunos no lo vieran como escritor, no lo registraran como tal. No había casillero habilitado para él en el sistema de la literatura argentina. Eso le (nos) importaba un carajo. Nunca miró a los costados cuando escribía (cada vez mejor) y siempre tuvo y le sobró de eso que hace que un escritor lo sea: lectores. Después de su talento, es lo que más le envidiamos.

En los últimos tiempos recordé y cité con frecuencia una definición suya de la amistad: “Un amigo –decía el Negro– es alguien con el que no te tenés que cuidar ni reprimir (seguro no eran ésas las palabras pero sí el sentido). Hay una base de confianza que nada puede conmover. Por eso, si un amigo viene y te dice No sabés la película iraní que acabo de ver, vos le podés decir: No me empieces a romper las pelotas...”

Eso es precisamente lo que me gustaría que me dijera ahora, después, en algún momento, cuando lea estas pelotudeces fruto de la tristeza y de la impotencia.

FUENTE: 'PAGINA 12", BUENOS AIRES- 20 DE JULIO DE 2007.