- En la corta historia de la comunidad judía de la Argentina hay algunas personalidades notables que han dejado su impronta, un sello que ha perdurado por años y en muchos casos, han delineado la fisonomía comunitaria, han determinado su camino e incluso su destino. Esas personalidades se han destacado en diversos campos de acción, conformando una galería heterogénea y diversa, de educadores, líderes espirituales, líderes políticos, ideólogos, periodistas, escritores, poetas, maestros. Uno de ellos, y por cierto no de los menores, es el autor de Lo judío del judío, Iehoshua Faigón. Este libro es el resultado de los esfuerzos de discípulos y familiares de que se han unido para recordarlo, cada uno desde su óptica y para hacer una breve y sucinta antología de algunos de sus numerosos escritos, ya no sólo como homenaje sino como legado de un pensador lúcido, valiente, osado y polémico.
Por Moshé Korin *
Iehoshúa Faigón pertenece a lo que podríamos denominar la aristocracia o la alcurnia del judaísmo argentino si existiere tal cosa. Nacido en la colonia judía Clara (Entre Ríos) en 1924 (falleció en Israel, en el 2011), hijo de colonos, es ya de nacimiento entrañablemente argentino de “campo adentro” y profundamente judío, creciendo en un medio que es totalmente judío en su cultura, en su idioma y en su educación. Como si fuera poco, al casarse con Celia quedó emparentado con una de las familias llegadas en el Wesser, el Myflower del judaísmo argentino, valga la comparación y salvadas las enormes distancias. El compromiso judío y argentino es, en este caso, casi de nacimiento. Prueba de ello es que también a su hermano, Gregorio, le cupo un descollante rol en el liderazgo comunitario.
Diez años más tarde, Faigón fundó el movimiento de mayor relevancia en el espectro sionista de América Latina: la Jativá Mordejai Anilevich. Era novedoso en varios aspectos y hasta cierto punto fue un reflejo de la personalidad de su creador, estaba hecho a la medida de Faigón. Eminentemente ideológico, reflexivo y polemista, con compromiso a asumir a posteriori. Resultado de esa ideología, son innumerables los que a través de la Jativá Anilevich concretaron, finalmente, su Aliá y llegaron al kibutz.
Este excelente libro nos permite a todos, a quienes lo conocimos y con más razón a quienes no tuvieron ese privilegio, un acercamiento al ideario de Faigón, a sus definiciones y redefiniciones de los fenómenos que le eran cercanos e importantes y a los que conocía en profundidad: el judaísmo, el sionismo, ellos dos juntos y por separado en la realidad latinoamericana en general y argentina en particular; la tensión, similitudes y diferencias entre Israel y la diáspora y el diálogo entre ambos.
Después de pasar revista a una serie de intentos de otros para redefinir el sionismo y de enumerar las transformaciones, dice algo que goza de una lamentable actualidad aquí y ahora: “Al lado de las corrientes renovadoras subsisten posiciones conservadoras que se niegan a aceptar lo evidente y que, curiosamente, hallan sus más tenaces reductos en los movimientos que otrora fueron los más revolucionarios. En esas condiciones, no es de extrañar que el movimiento sionista haya perdido su brújula. El amor que perdura se hace fidelidad, pero esa fidelidad, que aseguró la continuidad del pueblo judío, tiene también un efecto fosilizante al eternizar concepciones e instrumentos obsoletos. Quienes se creen dirigentes claman ‘No me toquen a Borojov’, o ‘Hay que liquidar la diáspora: la única verdad sionista es la Aliá’, y quienes tienen miedo de pensar aceptan ser así dirigidos. En las aguas turbias de ese movimiento estancado, los no sionistas y los ‘sionistas’ (entre comillas) se entronizan en la dirección”.
Para Faigón el sionismo y la relación entre Israel y la diáspora, derivan de la tensión permanente y exclusivamente judía que se establece entre lo que él denominaba (con una hermosa licencia que le permitía el idioma castellano) el ser y el estar.
En general, y como era de esperar, indagó permanentemente en ese enigma constituido por lo que se da en llamar “la condición judía”. A Faigón no le interesaban, o le interesaban muy poco, las especulaciones filosóficas acerca de “lo que debe ser” el pueblo judío de acuerdo a los manuales o a las fórmulas existentes. Él hablaba del pueblo judío real, que se define como judío y es percibido como judío por el medio gentil, pese a que vive y se comporta aparentemente como un integrante de la comunidad no judía que lo rodea. Era esa entidad aparentemente sin forma lo que él pretendía asir.
Una de las indagaciones más originales y contundentes acerca de esa condición judía es la que hace Faigón buscando “esencias judías” en el idioma hebreo. Para dar significado a los hallazgos se impone la comparación con otros idiomas y él lo hace con el español. Los resultados resultan reveladores, veamos un caso:
“En el diccionario [hebreo] de Even-Shoshán aparecen las palabras y locuciones de raíz jajam (sagaz, sabio, inteligente, persona moral, sabiduría) con 53 acepciones. Las de raíz iada (saber, conocimientos, sabiduría) con 56 más. Las de lamad (para enseñar y aprender), suman 86. Una de las particularidades del idioma hebreo está en la estrecha relación que siguen manteniendo entre sí racimos enteros de palabras originados en una misma raíz. Demos un ejemplo. En español distinguimos entre los verbos estudiar, enseñar y aprender. En hebreo, los verbos correspondientes, lelamed y lilmod, por ser de idéntica raíz aparecen bajo un mismo vocablo [en el diccionario de Even-Shoshán]. Para tener una visión comparativa, recurrimos al Diccionario de la Lengua Española. Este contiene más de 100.000 palabras, que son tres veces más de las que hay en Even-Shoshán. Saber y sus derivados son palabras extensamente tratadas por la Academia. Sus acepciones y locuciones suman 39. Las relativas a estudiar, 39; las de enseñar, 24; y las de aprender, 9. En total, para esos verbos con sus palabras derivadas, 111 acepciones. En Even-Shoshán, casi el doble: 195”.
Pertenecimos en nuestra juventud a diversos movimientos militantes, yo era partícipe del “Dror” y Iehoshúa del “Hashomer Hatzair”, pero de todas formas nos cruzábamos, por aquel entonces, en innumerables conferencias que él gentilmente nos ofrecía. Además yo conocía a su hermano Gregorio que fue el ingeniero que construyó los primeros edificios de la escuela Scholem Aleijem de la que fui alumno, docente y luego director. Con Gregorio quien llegó a ser parte importante de la DAIA (vocal y luego presidente) y con Iehoshúa compartimos muchísimas amenas charlas y veladas sobre política y cultura en la casa de Jaime Finkelstein, por aquel entonces, director de la escuela y líder político de nuestra comunidad, con quien Gregorio consultaba e intercambiaba opiniones.
Recuerdo de aquellos encuentros, que Iehoshúa tenía dos debilidades. Una era cantar o pedir que se cantaran canciones en ídish y la otra su sentido del humor.
De las canciones en idish que juntos hemos cantado, recuerdo dos que siempre estaban presentes en las veladas: Der kremer (El pequeño comerciante) y Zol zain (Aún si fuese). Las cantaba con emoción y creo que perfectamente entendía que se correspondía con el espíritu de aquellas estrofas; la primer canción (Der Kremer) cuenta la historia de un judío soñador acerca de un país judío que surgirá como modelo de justicia; y la segunda (Zol Zain) afirma, que lo fundamental no es haber alcanzado la meta, sino saber que estamos en camino hacia ella.
“Zitzt zij a kremer in kreml,
er zitzt un er shoidert far kelt.
Er zitzt un er vart oif a koine,
un trajt zij mekoiaj der velt:”
tzi Kent ir dos grintlej farshein,
a meluje fun gole gueoinim,
a meluje fun melojim alein.”
“Zol zain, az main tzil vel ij keinmol derlanguen,
zol zain, az main shif vet nit kumen tzum breg;
es gueit nit in dem ij zol hobn derganguen,
es gueit nor in gang, oif a zunikn veg.”
Otra marca imborrable que ha dejado en mí, es su singular humor. No creo equivocarme al decir que Faigón ha sido exponente de ese maravilloso humor judío que sabe combinar la risa con una reflexión. El humor, el arma y fortaleza del débil, del cual los judíos, como víctimas de las peores violencias, hemos sabido hacer un fecundo uso, era trasmitido por Faigón en cada ocasión propicia. Aquí compartiré uno de sus relatos humorísticos.
Antes de relatarlo quisiera mencionar aquello que nos repetía Faigón “este es el chiste judío perfecto. Hay aquí de todo: dolor, alegría, tristeza, risa, acusación de crimen ritual, ´mikve´ (casa de baños rituales). ´Beit midrash´ (templo – casa de estudio), ´minjá´ (oración del atardecer), ´ma´ariv´ (oración del anochecer) e incluso un ´shamash´ (bedel de la sinagoga). Quiero verlos contando el mismo chiste, pero con un aldea en el sur del Perú como escenario…”:
“Poco antes de Pesaj, fue encontrado detrás del patio de la mikve del pueblo, el cadáver de un niño. Los judíos fueron presa de pánico, pensando que ahora vendría la nueva acusación antisemita de que habían cometido un crimen ritual y los gentiles dirían que habían matado al niño. Se congregaron entonces en el sótano del templo y permanecieron deliberando, qué hacer. De pronto, entre ´minjá´ y ´ma’ariv´, apareció el bedel de la sinagoga y exclamó con alegría: - judíos pueden salir y alegrarse, ¡El niño es judío!”
“Ko Lejai!” - ¡Por la vida!









