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miércoles, 30 de enero de 2013

Tamara Kamenszain :Los que conocieron a Gombrowicz


 
















  Como los inmigrantes, los aventureros, o los piratas, Witold Gombrowicz llega a Buenos Aires en barco. En un día de 1939 el joven polaco de 35 años, escritor apenas conocido en su país –aunque ya había publicado para esa época su novela Ferdydurke, una pieza de teatro y un libro de cuentos– recala por dos semanas en la ciudad porteña como participante de un crucero polaco que se aventuró hasta las costas de Sudamérica. Paradójicamente, ese corto período se transformará en un largo período de vida: 24 años. '


Mientras el joven Gombrowicz se pasea por las calles de Buenos Aires, estalla la guerra en Europa y se ve obligado, o decide –muchos de sus compañeros de viaje partirán a Inglaterra– permanecer en la Argentina. No se moverá de este país hasta 1963, año en que –ya en el clima de un amplio reconocimiento internacional– viaja a Francia donde morirá en la ciudad de Vence, en 1969.

   Años de miseria y marginación (vive en pensiones, trabaja durante un largo período en un banco polaco, se automargina y lo marginan de los círculos literarios oficiales), estos de Gombrowicz en Argentina son, sin embargo, también años de crecimiento literario (escribe en Argentina la mayor parte de su obra: textos decisivos como Cosmos –premio Formentor 1967–, La seducción, Trasatlántico y el Diario Argentino).
   Rastrear la huella que dejó Gombrowicz en la Argentina por esos años, elegir algunos nombres –algunos de ellos transformados en seudónimos literarios –entre los muchos que menciona como "su amigos" en el Diario Argentino, escuchar las narraciones de esos amigos y después transcribirlas, implica de algún modo trazar las coordenadas de un mapa biográfico siempre parcial, siempre fragmentario. Pero quizás o justamente en ese fragmentarismo, esté una de las claves de la personalidad de Witold Gombrowicz: prismático, multifacético, el genial escritor polaco intentó cubrirse –máscara sobre máscara– del peligro de la personalidad definida, unilateral.


   Jorge Di Paola –novelista autor de Hernán y de La virginidad es un tigre de papel– y Mariano Betelú ("Flor" o "Quilombo") –dibujante–, lo conocen en la pequeña ciudad argentina de Tandil donde Gombrowicz recala para curarse de una enfermedad pulmonar. El escritor Ernesto Sábato y Juan Carlos Gómez ("Goma"), lo conocen en Buenos Aires, uno en plena vida literaria porteña, el otro en un bar donde se jugaba a] ajedrez. Para Jorge Luis Borges, Gombrowicz fue "un amigo de amigos". Testigos, interlocutores, intérpretes, estos cinco argentinos conocieron cada uno de ellos a un Gombrowicz distinto. En sus recuerdos, en la transcripción de esos recuerdos, está el azar de la biografía o –con un grado más de pretensión– las coordenadas de una posible historia.



1. UN LECTOR DE LA PAMPA SALVAJE

   "Aparecieron a las cinco tres muchachitos que no tenían idea de quién era yo y me preguntaban cómo había llegado a la Argentina. El cuarto, menudo, dieciséis años, sonrió al oír mi apellido y dijo:– ¡Ferdydurke!– Lo llaman «Dipi»" (Gombrowicz, Diario Argentino, pág. 126) .


   A principios de 1957 un amigo mío encontró un ejemplar con las páginas sin abrir del Ferdydurke, en la biblioteca de mi pueblo, Tandil. Fui el primer lector tandilense de ese libro; y seis meses después, en septiembre de ese mismo año, dos amigos fueron a despertarme de la siesta porque había llegado un escritor polaco que nos estaba esperando en un bar; era Gombrowicz. Había llegado a Tandil porque se le complicó su asma con una gripe asiática y necesitaba del buen aire serrano. Pero en el pueblecito Gombrowicz se aburrió y no se le ocurrió mejor idea que presentarse en uno de los tres periódicos de allí con la siguiente contraseña: "soy un escritor polaco que se aburre en esta ciudad y busca hablar con alguna persona inteligente". Los del diario lo mandaron a hablar con un escritor tandilense quien se lo sacó de encima derivándolo a nuestro grupo. Éramos para entonces unos cuantos adolescentes que teníamos un teatro independiente y algunos "escribíamos". Así, en la confitería donde siempre nos reuníamos, vi por primera vez a Gombrowicz. Era en realidad muy tímido y los primeros minutos fueron más bien tensos. Uno de los del grupo, un español Magariños, le preguntó; ¿cuál es su gracia?, a lo cual Gombrowicz respondió "mi nombre es muy difícil para criollitos"? y tomando una servilleta garabateó el nombre. Yo recordé súbitamente que ése era el autor del librito encontrado en la biblioteca y exclamé: ¡Ferdydurke! Gombrowicz se sorprendió mucho y evidentemente se conmovió, pero tuvo una salida graciosa, exclamó: "Oh, un lector en la pampa salvaje".


   Nuestras primeras conversaciones fueron sobre la vida cotidiana en el pueblo, con mucha curiosidad de parte de él. Le interesaban, por ejemplo, los nombres de los árboles; estaba convaleciente y salíamos a caminar despacito, a cada rato preguntaba: "Che, viejo, ¿cómo se llama este arbolito?" Yo era fanático de Thomas Mann, hecho que compartíamos, aunque se hablaba muy poco de literatura; a él le interesaba más lo que se creaba en la mesa de café entre la gente Y lo que se creaba era una especie de práctica de estrategias, de seudopeleas y seudodisputas que Gombrowicz sutilmente organizaba. Se trataba de un juego dialéctico donde lograba que cada uno de nosotros terminara defendiendo una idea contraria a la que realmente tenía. Era un juego extraño, una práctica que no resultó tan inocente como podía parecer al principio Con este sistema Witold logró romper la estructura cerrada que tenía el grupo, por medio de desplazamientos y pequeñas intrigas
   Él mismo funcionaba como una especie de adolescente ridículo y avejentado. Cuando lo poníamos en aprietos no tenía empacho en recurrir a su autoridad como adulto, pero en realidad tenía más capacidad payasesca que nosotros. Siempre estaba jugando un papel en el sentido teatral del término –y esto era algo que nunca dejamos de saber. Se sabía que se estaba participando de un juego, pero no de un juego para pasar el rato, sino de una aventura importante donde iba a saltar el resorte íntimo de cada uno; diría que por ser teatral, era al mismo tiempo un juego de desenmascaramientos. Curiosamente este juego perverso no estaba practicado hacia nosotros con perversidad real, los resultados eran, más bien, un aprendizaje acelerado y doloroso de nuestras actitudes mentirosas frente a los demás Nosotros éramos algo así como integrantes de un laboratorio gombrowicziano y lo sabíamos. Intuíamos que estábamos formando parte de uno de los tantos experimentos que hizo Witold en su vida. Más tarde, leyendo una biografía suya, alcancé a reconocer en su conducta en los bares de Polonia antes de la guerra, el mismo comportamiento.
   Me interesa la vida de Gombrowicz en tanto es un aspecto de sus textos, y cuando me pongo a pensar, por ejemplo, en Ferdydurke recuerdo que él la escribió de joven y que el protagonista del texto es un joven que se relaciona –que mira– a los adultos En sus obras posteriores los personajes son adultos y aparecen mirando a los adolescentes, no siendo mirados por ellos. Esto se ve muy claramente en La seducción, curiosamente la obra que estaba escribiendo cuando llegó a Tandil. Entonces, es una sensación rara descubrir entre líneas en La seducción la experiencia que Gombrowicz tuvo con nosotros. Al principio, el libro comienza con una anécdota que le conté yo, de un muchacho de Tandil que tenía una dificultad cerebral y repetía dos veces la misma frase, la segunda vez muy bajito, y de esa segunda vez no era consciente. Pero esto es meramente anecdótico, lo importante es que entre líneas descubrí en esa novela –cuando la leí en español después de años– que esos juegos que hacíamos con Gombrowicz en Tandil eran como prácticas de esa patética aventura que los personajes adultos de La seducción –Witold y Frederich– tienen mientras observan a la pareja de adolescentes. Tengo la sensación de que en esos juegos artificiales servíamos de conejitos de indias para esa nueva actitud de los personajes de Gombrowicz, ese darse vuelta los roles de personajes que son observados como adolescentes a personajes adultos que observan a esos adolescentes
   Es curioso y difícil hacer comprender la absoluta excentricidad de Witold, significativa en cuanto en él era casi como un sacrificio para escribir. Él no podía relacionarse bien con gente de su edad en Tandil, con nosotros tampoco se podía relacionar "bien", simplemente se podía mover cómodo en su excentricidad. Desconcertaba mucho a los adultos, era un tipo que vestía un arrugado traje de poplin y una gorra que llevaba en el bolsillo, casi podría decirse que se parecía a Jacques Tati. Era cómico, pero al mismo tiempo tenía como una especie de dignidad aristocrática, un orgullo. Creo que había asimilado en sus gestos mucho del cine mudo. Un día le pidió prestada la bicicleta a uno de los muchachos y se puso a andar, logró andar cada vez a menor velocidad hasta dejarla casi detenida y como el piso era de arena iba dibujando cuadrados en vez de círculos con una lentitud cercana a la inmovilidad. Era un perfecto corto de cine mudo y nosotros llorábamos de la risa...
   Él vivía en una piecita que alquilaba, escribía todas las mañanas, era muy metódico y se enojaba si no aparecíamos con puntualidad a las citas que nos hacia en el bar, dándonos una grotesca diatriba acerca de la impuntualidad criolla. Pero enojado realmente, lo vi una sola vez y fue precisamente conmigo; fue la única vez que desfacé la confianza que me tenía Recuerdo que él quería dar conferencias sobre existencialismo y como yo era el más formal del grupo me encomendó organizarlas, y acepté, pero con la idea secreta de jugarle una broma. Había en el pueblo una pintora solterona, una de esas típicas solteronas de pueblo que además pintaba muy mal, y no se me ocurre mejor idea que hacerle creer a Gombrowicz que había divulgado lo de la conferencia por todo el pueblo, mientras en realidad había invitado solamente a la solterona. Tuvo que tragarse dos horas hablándole sólo a esa mujer; se agarró una rabieta tan grande que me echó del grupo. Les decía a mis amigos que yo era un traidor y ellos me veían solamente en secreto Pasada una semana de castigo empecé a recibir cartas a través de alguno de ellos. Eran pequeñas misivas en las que Witold me escribía, por ejemplo: "Te perdonaré si apareces en tal lugar"; se trataba de un lugar lejano al que yo fui la primera vez y por supuesto él no apareció. Me di cuenta que era parte del castigo, incluso las misivas seguían llegando y yo me quedaba con la duda de si Witold había ido o no. Esto duró un tiempo hasta que nuevamente fui aceptado en la mesa del bar.
   Dio algunas de las conferencias sobre existencialismo. Una de ellas, recuerdo, fue en los sótanos de la biblioteca del pueblo. Él hablaba con un tono que era la parodia del tono del conferenciante, fingiendo una seriedad que en realidad era muy cómica. Agregando a eso, el acento polaco con que pronunciaba el español, que también era parte del grotesco. Yo estaba sentado en primera fila y de golpe veo que por el asiento de Gombrowicz empieza a subir una cucaracha, él también la vio y no tuvo mejor idea que sacar la gorra arrugada del bolsillo y gritar "Este horrible gusano" mientras la aplastaba Aunque era payasesco y le gustaba que se rieran de él, sus conferencias eran didácticas y claras. Se consideraba afín a Sartre en cuanto al tema de "la mirada del otro". La filosofía le importaba mucho, aunque mostrara despego hacia ella –le reprochaba el no estar encarnada–; pero de hecho dialogaba más con filósofos que con literatos. Incluso en ese juego que practicaba con nosotros era como una especie de Sócrates circense, utilizaba el método socrático. Gombrowicz nunca decía qué era lo que había que hacer, simplemente marcaba lo que estaba mal hecho.


   ¿Cómo reaccionaba frente a los textos que yo escribía y le mostraba? Bueno, lo que a él más le interesaba era la creación de una forma propia, de un estilo propio en el texto. Nunca dio consejos, simplemente hacía observaciones inherentes a esa forma Cuando leía cosas mías en las que le parecía que yo imitaba a Mann o al propio Gombrowicz –eran mis "imitados" más comunes– me lo marcaba diciéndome que no estaba siendo fiel a mi propia forma. Sus observaciones eran siempre bromeando, se ponía unos anteojitos para hacerse el profesor.


   A Gombrowicz no le interesaba el género, poco le importaba si se trataba de novelas, cuentos o diarios íntimos. Incluso llegó a decir que el género del futuro era el diario porque ya las otras formas no podían contener un paralelo con la estructura del mundo actual. A Borges se lo hice leer yo, aunque no quería.


 Decía ¿Para qué lo voy a leer si no me gusta?; sin embargo, le di Ficciones y vino diciéndome que se trataba de "una cosa seria". Creo que a Borges lo eligió como una especie de enemigo fantasmal, ya que nunca se trataron realmente. En general, Gombrowicz no nos leía lo que estaba escribiendo, pero una vez hizo una lectura memorable del primer acto de su obra teatral El casamiento. Teníamos un local donde nuestro teatro independiente ensayaba, y él llegó riéndose y haciendo bromas a "los artistas". Entonces le dije: Che, viejo, por qué no hacés teatro leído. Le dimos una silla, abrió su libro y leyó durante 20 minutos, su máscara era totalmente dúctil, en mi vida vi un teatro como ése.

   Su partida de Tandil fue también payasesca. Recuerdo que mientras lo saludábamos en el andén él estaba parado majestuosamente en el estribo del tren con su traje, su paraguas y su pipa. Parecía un conde. Tan rara era su imagen, que provocó una situación también rara: se le acercó un hombre que estaba caminando por el andén y sorpresivamente le preguntó: "¿Y usted, qué es?", y se fue.

   (Conversación con Jorge Di Paola)

2. DOS INSTANTÁNEAS DE GOMBROWICZ

   "Si, pero nuestra aproximación fue, como ya se ha dicho, en primer lugar el efecto de un juego de circunstancias... menudas. De no haber sido por la tartamudez y el dramático paso bajo la lluvia (...) A eso se unía la magia de los nombres (...) Eso le confería a nuestras conversaciones distinción y brillo. En una ocasión se me trabó la lengua y de «Colimba» hice «Quilombo». Lo que español significa «burdel» (...) Empleado como nombre propio se vuelve sumamente cómico y traviesamente poético: –Che Quilombo, ¿cómo estás? –le decía yo con amabilidad refinada, y esto marcaba entre nosotros una distancia... que facilitaba el acercamiento)" (Gombrowicz, Diario Argentino, pág 163)


   I)
   Conversación mensual: Gombrowicz me había becado para terminar mis estudios universitarios. Esta charla se repetía todos los meses.

Período: 1959/1960.
Lugar: Calle Venezuela 615, Buenos Aires. Hora: 16:00 horas.


   El viejo dormía "un poquito" de siesta hasta esa hora. Tenía terminantemente prohibido llegar antes y sobre todas las cosas sin avisar mi visita previamente por teléfono: No. 34-8792. Yo llegaba. Me anunciaba la encargada, y entraba la vieja pieza que tenía balcones a la calle Venezuela. Después del protocolo: "¿Qué tal, Flor de Quilombo?"... "¿Cómo te va, viejo?". Los diálogos eran casi siempre así:
   G: "Aquí tengo 500 nacionales para vos, más 500 adicionales extras por mayores costos de la vida... (PAUSA) ¡Viejo, si es indecente lo que yo hago!... Dios mío... ¿por qué?... ¿por qué?... yo aflojo tanto dinero que me cuesta sangre . . . ¿Puedes explicármelo? . . . Por qué esa debilidad mía que me hace gastar la plata con vos tarado"
   F: "Bueno, este, será porque vos querés, además yo no tengo dinero y... este ..." (TARTAMUDEO) .
   G: (CON VOZ AUTORITARIA Y FALSA). "Tartamudear y gemir, eso si sabes, yo no sé por qué aflojo, debo estar loco. ¡La última vez que te di dinero no tuviste mejor idea que comprarte un paraguas y un librito de Ortega y Gasset!... Me parece que la esclerosis me está poniendo algo chocho, pero vos me contagiás la taradez. Tomá estos nacionales antes de que me arrepienta. (PAUSA) Dime, Flor, ¿por qué no le pides a tu tío millonario Marcolín, que vive en Italia, dinero para financiar tu carrera universitaria... por no decir vagancia, o, de lo contrario, pídeselo a tu papá y mamá...?"
   F: "Yo... "
   G: "Yo...yo" (imita mi tartamudez). Un largo silencio. Se pasea por la pieza gesticulando teatralmente. Implora al cielo. Pone una rodilla en tierra. Se sienta en un sillón. Mueve la cabeza que esconde entre las manos, y permanece largo rato. Eso me llama la atención. Como si contuviese algo. Luego se pone de pie y declama como el gran actor que es:
   "¡Qué hermosa es la vida de la juventud ascética!"
   "El dinero les quita el encanto y los pervierte". Y mirándome agrega: "A tu edad, Flor, no hace falta tener dinero. Es nocivo... ¡Claro que tu espíritu de pequeñoburgués lo ansia! Pero ya sabés, si lo deseas sácaselo a tus padres. ¿Acaso no eres el hijo? ¿Es así, verdad?"
   F: "Viejo, es que vos sos para mi como un padre espiritual y yo no se lo podría pedir a nadie más. Sos como un padre potencial..."
   G: "¡Mira Flor, esto es el colmo del descaro... (se ríe). Es curioso que yo que soy –diriamos– impotente, me transforme en un padre potencial, además yo no he tenido, y esto sea dicho con el mayor respeto, el placer con tu mamá". (DE PRONTO INTERRUMPE LA CONVERSACIÓN Y CON TONO SEVERO DICE): "Viejo, ¿te das cuenta de las estupideces que hablamos?. . . Por supuesto que existe un culpable... "
   F: "Witold son las 17 horas ¿No seria conveniente partir al «Querandi» ?"
   G: "Ah, esa mezquindad tampoco se te escapó. No piensas sino en llenar el buche. ¡Corre vos y espérame mientras hago unos llamados por teléfono !... "
   Salgo de inmediato Llego al "Querandi". Esquina Perú y Moreno. A la media hora llega Gombrowicz caminando pausadamente, contoneándose como una matrona militar. Las manos en los bolsillos. El sombrero puesto. Compra el diario La Razón. Sin decirme nada me alcanza la sección de deportes.


   II)
   Periodo: Verano de 1960. Lugar: Tandil. Bar "Ideal", Gral. Rodríguez y Pinto.

   Todas las tardes a las 17 horas Gombrowicz bajaba de su casa de veraneo, situada en el cerro del Parque Independencia, a tomar el té y a leer la correspondencia y los periódicos en el café Ideal. Traía consigo una libreta de anotaciones, un abrigo en el brazo "porque, con los vientos de Tandil nunca se sabe". El bar está en una esquina, frente a la plaza Independencia, en el centro de la ciudad. Palmera, tilos, canteros con flores, una estatua de luchadores griegos "bastante dudosa" y una fuente barroca. Se quita la gorra y marcialmente entra en el bar.

   Las persianas están bajas. Hace calor. Yo lo estoy esperando, tomando una coca-cola. Al amplio salón concurren viejos parroquianos que me saludan con recelo al verme junto a Witold. Ambos esperamos a Dipi que viene del club donde frecuenta en la piscina a las niñas de 14 años.
   Afuera los turistas dan vuelta a la plaza como caballos atados a una noria. Clima aplastante. Seguimos esperando.
   Ferreyra, otro integrante del grupo, llega puntualmente a las 18 horas. Se acerca a la mesa con sus modales orientales. Se sienta, se levanta, sale. Entra, se sienta, se levanta, sale. Esto irrita a Gombrowicz. Cuando Ferreyra entra nuevamente Witold lo mira y con socarrona crueldad le dice: "Profesor, si usted viene tan sólo para irse no venga". El mozo trae tazas y vasos.


   Gombrowicz me contaba de los enfermos mentales de su familia, en especial de un "tío loco incurable que por las noches recorría los aposentos vacíos tratando de ahogar su miedo con discusiones extravagantes que poco a poco se transformaban en cantos extraños para terminar en aullidos inhumanos".
   En medio de la conversación, que se hacia densa y difícil, se escucha un ruido que viene de la calle. Murmullos. Personas que se mueven. Yo no alcanzo a ver por mi ubicación en la mesa. Una columna me lo impide. Veo si que la cara de Witold se contrae. El rictus se tensa, los ojos brillan nerviosos. La mano ha quedado detenida como en una foto instantánea, con la pipa atrapada en ella. Vibra todo. Su libreta de notas a un lado. Un hombre de unos cincuenta años, desaliñado, danza, hace gestos, profiere gritos y dice frases incomprensibles. Estamos frente a un ballet de la desorganización de lo humano. La gente lo rodea, le hace corrillos, pero al mismo tiempo lo esquiva como a un leproso. Gombrowicz en silencio sigue con la mirada todos los detalles. Entrecierra los ojos, apoya sus codos sobre la mesa. Deja su pipa. Observa. 


Después de una larga pausa dice a media voz: "¡Dios mío, qué soledad es la de un loco!" Su mirada perdida en algún punto del espacio acompaña la frase.
   (Dos textos de Mariano Betelú)

http://www.literatura.org/wg/wgcono.htm

domingo, 27 de noviembre de 2011

WITOLD GOMBROWICZ Y LAS CARTAS A UN AMIGO ARGENTINO, por JUAN CARLOS GÓMEZ

Witold Gombrowicz (arriba)





Juan Carlos Gómez



GOMBROWICZIDAS


WITOLD GOMBROWICZ Y LAS CARTAS A UN AMIGO ARGENTINO


por JUAN CARLOS GÓMEZ


Existen algunas casualidades un tanto llamativas. Que Gombrowicz se haya encontrado con Czeslaw Straszewicz en un café de Varsovia unos días antes de la partida del Chrobry, y que a Hitler y a Stalin se les haya ocurrido firmar el pacto de no agresión justo en el momento en que Gombrowicz desembarcaba en Buenos Aires, pueden se tomados como hechos casuales y llamativos.
Pero que Gombrowicz se haya quedado un cuarto de siglo en la Argentina tiene más olor a causalidad que a casualidad. El programa de Gombrowicz sobre el espíritu de contradicción tuvo frutos extraños en la Argentina, despertó la atención de la juventud y una ostensible indiferencia de la intellegentsia. En el año 1960 Gombrowicz figuraba en la lista de los grandes maestros internacionales de la literatura.

Aún vivía en Buenos Aires, acababa de ser traducido al alemán y su fama europea crecía semana a semana, en medio de la más ciega indiferencia argentina. “Pero, hablando seriamente, ¿qué aspecto tendré yo si París me sorprende en uno de esos momentos de debilidad como un admirador? ¡No, debo ser siempre difícil, difícil! Y sobre todo debo ser igual a como era en la Argentina (...)”
“Oh, la, la, si yo cambiara esa modalidad no sería más que un pequeño detalle bajo la influencia de París, ése sería el efecto. No, así como yo era con Flor en el Rex, así debo ser ahora, ¡tengo que estampar mi sello en la cúpula de los Inválidos o en las torres de Notre-Dame tal como era con Flor en la Argentina. ¡Con Flor o también con la vieja Polonia aristocrática!”

De la contradicción entre la juventud inferior y la intelligentsia despreciativa surge un amor extraño.“Escríbeme, mis lazos con la Argentina se aflojan y no se puede remediar, cada vez menos cartas, pero es casi seguro que apareceré un día por Buenos Aires, porque experimento una curiosidad casi enfermiza; es realmente extraño que no me atraiga en absoluto Polonia, en cambio, con Argentina no puedo romper”
Gombrowicz le daba a la correspondencia una importancia especial relacionada con el carácter mismo de la literatura. Las cartas que me escribió desde Europa han recorrido un camino sinuoso y contradictorio. En el año 1993 la revista L’Infini de Philippe Sollers publicó trece de las cuarenta cartas que Gombrowicz me había escrito desde Europa.

Un cuarto de siglo antes Gombrowicz le había mandado al Hasídico unas líneas sobre Sollers. “Me he limitado a echarle un vistazo a Sollers, sólo por curiosidad, pues me hallo en pleno galope. Su Sollers es muy venenoso, aunque usted lo haga objeto de sus alabanzas, innecesarias en mi opinión, y el capítulo dedicado a mí parece algo que recorre el espacio como un bólido, diría yo, arrebatado, rugiente y como furioso”
Philippe Sollers es uno de esos hombres que difícilmente suscitan la indiferencia. Omnipresente en la escena literaria francesa desde hace cincuenta años, sus enemigos apuntan un dedo acusador contra ese Judas hacedor y demoledor de destinos, frívolo, superficial y esnob. François Mauriac bendijo su primera novela, pero también lo promovió el poeta comunista Louis Aragon.

“Hay que reconocer que ese doble padrinazgo del Vaticano y del Kremlin fue suficiente para comenzar mi carrera provocando celos y envidias de todo tipo”. La carrera literaria de Gombrowicz, contrario sensu, fue desdeñada por el Vaticano y por el Kremlin, especialmente por el contenido de algunos pasajes de su “Diario”, donde ni le iglesia ni el comunismo quedan muy bien parados.
Yo vengo sometiendo a los editores, a los escritores y a los embajadores a lo que podríamos llamar las ordalías de los tiempos modernos para poder explicar los cambios, mutaciones y metamorfosis que sufren mis relaciones con ellos con el transcurso del tiempo. Una característica común que tienen estos juicios de Dios es que los acusados son sometidos a pruebas invasivas pero extra corporales.

Con este procedimiento me propongo encontrar la causa de esos cambios, mutaciones y transformaciones. La repetición de este fenómeno se ha convertido para mí en un objeto decisivo. La historia de las cartas que me escribió Gombrowicz desde Europa me recordó por su carácter obsesivo a una noche del café Rex. Estábamos dialogando sobre un problema que tenía cierta importancia.
De repente yo tomé la palabra y empecé a hablar apasionadamente de una cuestión que carecía por completo de interés: –Gómez, no veo por qué usted habla con tanto entusiasmo de un asunto insignificante; –Vea, Gombrowicz, si hablara sin entusiasmo nadie me escucharía. Gombrowicz no era muy entusiasta que digamos pero se obsesionaba frecuentemente con temas laterales.

Se ponía a esperar, por ejemplo, la primera cosa que se le aparecería en la ventana de un café por la que estaba mirando. Pero mientras yo trataba de despertar la atención de los demás con el entusiasmo, Gombrowicz lo despierta con la maestría que tiene para sacarle jugo a las piedras. Las transformaciones que sufren mis relaciones con algunos gombrowiczidas son extrañas.
Tienen un cierto parecido con las mutaciones que observa Gombrowicz sobre la mano de un mozo del café Querandí, una mano que pasa de una inocencia absoluta a una posesión diabólica. La transformación que sufrió mi relación con Philippe Sollers tiene algo de esta locura. No creo que haya habido presentación más rimbombante de libros que la que le hicieron a “Cartas a un amigo argentino”.

Esta presentación se la hicieron en el Centro Cultural de España. Lo presentaron el finado Pterodáctilo, que además había escrito el prólogo, y el Buey Corneta en una celebración a la que asistió tout Buenos Aires. Resultó ser un acontecimiento tan importante que entusiasmó al Bucanero, tanto que me invitó a un encuentro en la Casa de América de España.
Lamentablemente para mí el viaje fracasó, Íñigo Ramírez de Haro lo mandó de paseo al Bucanero, le manifestó que yo era un don nadie y que sólo le daría el visto bueno al proyecto si también lo invitaba al Pterodáctilo. Este ilustre hombre de letras hispanohablante, que ya tenía a cuestas el Premio Cervantes de Literatura, pidió una suma considerable de dólares que Íñigo no pudo soportar.

Eróstrato era un pastor del Éfeso que, queriendo hacerse célebre, incendió el templo de Diana, una de las siete maravillas de la antigüedad. Gombrowicz tenía una intención parecida a la del griego, pero en vez de incendiar templos se dedicó a desmontar todas las posiciones de la cultura para hacerse escuchar. Y tanto se hizo escuchar que aún las cartas privadas que nos escribió dieron la vuelta al mundo.
La de la homosexualidad y la inmundicia es inolvidable, pero no sólo ésa. En el año del centenario de Gombrowicz el diario “Clarín” publicó, en el suplemento literario, “Cartas Memorables”: de Jorge Luis Borges a Estela Canto; de Franz Kafka a Milena; de Witold Gombrowicz a Juan Carlos Gómez; de Cristóbal Colón a su Alteza el Rey de España; de Hannah Arendt a Mary MacCarthy; de Charles Baudelaire a su madre.

Las más rutilantes de estas cartas son la de Witold Gombrowicz a Juan Carlos Gómez y la de Charles Baudelaire a su madre. Vamos a transcribir un fragmento de la de Baudelaire. “Y no obstante, en las circunstancias terribles en que me encuentro, estoy convencido de que uno de nosotros matará al otro y de que terminaremos de matarnos mutuamente (...)”
“Después de mi muerte, tú no podrás seguir viviendo, eso está claro. Yo soy el único motivo que te hace vivir. Después de tu muerte, sobre todo si murieses a causa de un choque causado por mí, me mataría, eso es indudable”. En cuanto a la que Gombrowicz me escribió a mí podría decirse que es todo lo contrario de lo que Baudelaire le escribió a la madre.

“Yo le estoy suplicando, Goma, desde que dejé las costa sudamericanas que no me mande certificadas. Bueno, su última, además de ser certificada expres, es la más estúpida que hasta la fecha recibí. 1º ¿Acaso no sabe que Ferdy ha sido editada en Italia hace 4 años? 2º Se imagina, tontamente, que no he recibido su penúltima con la carta yugoslava y ¡da la casualidad que la recibí! (...)”
“3º No venga haciendo líos con Arnesto cuyo prefacio me resulta lleno de brillos y hechizos, además de ser muy talentoso como todo lo que escribe él. Va a ver, Goma, que terminará por sembrar entre nosotros desconfianza y recelo, ya verá, la gente lo repite todo, no sea pavo 4º Como si fuera poco Vd., en vez de mandarme noticias, trata, según parece, en 5 carillas de enseñarme la filosofía de Sartre (...)”

“¡Jua, jua, jua! Lo de que el dolor o el placer cobran valor dentro de la perspectiva del existente, de su mundo, de su situación, de su finalidad, de su futuro, de su proyecto, esto lo sabe cualquier niño. Lo que no saben algunos adultos recién iniciados es que en Sartre (como en todo cartesianismo) el ser se funda en la conciencia, es decir, que si Vd. es consciente de este vaso, el vaso es (aunque no procuraría ni placer, ni dolor) (...)”
“Esto es lo que yo condeno, tarado, pues lo sé hondamente que la existencia no es una relación suelta, tranquila, sino una relación convulsa –y no una libertad (igual en que sentido) sino una tensión. Todas las estupideces de Sartre provienen del hecho que se relacionó con el dolor con una tranquilidad doctoral típica de los cartesianos. No comprendió ni el cuerpo, ni el dolor (...)”

“Por lo tanto le sugiero Goma amistosamente que les diga a todos los amigos que lo considero a Vd. bastante tarado. Salú”. Gombrowicz, cuando se refiere a su vida personal e íntima, casi siempre recurre a fórmulas, anécdotas o generalidades poéticas, evitando casi siempre los detalles. Otra cosa ocurrió en sus cartas a los amigos cercanos, especialmente en los últimos años cuando le escribía a sus amigos argentinos.
En ellas se manifestaba más libremente y sin tantas restricciones, pero esta indecente confesión tardía sonó como una broma. Si bien es cierto que el contenido de las cartas que me escribió Gombrowicz es entonces más o menos conocido, no son tan conocidos los originales de esas cartas, y es aquí donde interviene el Gran Ortiba www.elortiba.org en una publicación que se ha puesto a disposición de Gombrowicz.

En esta versión digital, sin limitación alguna, es donde aparecen escaneadas en su versión digital. Este conjunto de cartas forman una correspondencia que empezó en 1957, un año después de haberlo conocido, y termina a comienzos del 1965 por razones qué sólo Dios conoce y que yo intento explicar en “Gombrowicz, y todo lo demás”, un libro que se ocupa largamente de este intercambio epistolar.
Las razones que nos llevaron a la separación fueron muy distintas. Yo temía en verdad que nuestra relación cayera en el aburrimiento, me sentía amenazado por la posibilidad de que el nivel y la frecuencia de nuestra correspondencia decayeran, no le tenía confianza al arma que me había quedado entre las manos para combatir estas amenazas: la palabra escrita.

Mi última carta fue un tanto desagradable, pero muy fácilmente podía haberla salvado con una más cordial, no lo quise hacer, desde que decidió no volver me fui enredando cada vez más con el presentimiento de la decadencia, y me quedé quieto, ahí. La separación se fue convirtiendo para mí, poco a poco, en una espada con la que le pude cortar las cabezas a esa Hidra que me amenazaba desde el horizonte.
Gombrowicz, en aquellos tiempos, estaba muy ocupado con la administración de su gloria y con sus enfermedades, me hizo un verónica, como hacen los toreros cuando dejan pasar de largo al toro, y me respondió con el silencio. Mientras yo me debatía con mis dudas y con mis especulaciones metafísicas de segundo grado, Gombrowicz se colocó en un plano mundano.

Finalmente se vio obligado a considerar mi actitud como la de una persona de modales descuidados. Todavía caminamos en el plano de las cartas escaneadas, nos falta todavía un paso máspara llegar a las cartas originales. El porqué un original vale más que una copia es una cuestión bastante intrincada. En el caso de la pintura el asunto es para Gombrowicz bastante claro pues le encuentra un parecido con las joyas.
Las joyas son pequeños guijarros cuyo efecto estético es casi nulo, sin embargo, se han gastado millones para tenerlas. La prueba de que esos cristales no representan la belleza es que un diamante artificial, absolutamente idéntico al diamante auténtico, sólo vale unos céntimos. Esto mismo pasa con las copias de los cuadros, el original puede valer una fortuna, en cambio la duplicación no vale nada.

De esta manera se fue formando un mercado de cuadros, como también se había formado uno de joyas y metales preciosos. Aunque a mí no me resulta del todo clara cuál sea la diferencia entre el valor de una carta manuscrita y su versión en letras de molde, quizás podríamos hacer una excepción. Esto ocurre cuando el editor, como en el caso de “Cartas a un amigo argentino”, mete la mano y modifica palabras.
No lo hace con mala voluntad, lo hace para hacer más comprensible el texto. Sea como fuere hay que admitir que existe un mercado para los originales de las cartas de los hombres de letras eminentes. La historia de estas cartas es increíble, la viuda nunca quiso que yo las publicara. Cuando Emecé publicó “Cartas a un amigo argentino” casi le hace un juicio a la editorial.

Finalmente se conformó con prohibirle que vendiera el libro fuera de la Argentina. No le autorizó a Lisowski su publicación en Twórczosc. Cansado de la actitud de la viuda decidí donar las cartas. Se las ofrecí a la Biblioteca Nacional de Polonia y al Museo de Literatura Adam Mickiewicz. La única condición que les puse fue la de que las exhibieran también en versión polaca.
Cuando me enteré que ésta era una condición que sólo podía cumplirse con la autorización de la viuda supe que esa puerta estaba cerrada. Pasó el tiempo. Hace un año, aproximadamente, me puse en contacto con Tomasz Tyczynski, director del Museo Gombrowicz de Wsola, le ofrecí en venta las cartas de Gombrowicz y nos pusimos de acuerdo enseguida.
A medida que pasaba el tiempo mis nervios se ponían tensos. Cuando Tyczynski me dijo en una de sus cartas que el conjunto de las cartas de Gombrowicz pesaba menos que el conjunto de los dólares, a mí se me ocurrió apodarlo Arquímedes, pues sólo por la aplicación del principio de Arquímides el podía hacer esta deducción pues esas cartas nunca las había tenido en sus manos.

En efecto el principio asegura que los cuerpos pierden, cuando se los sumerge en un fluido, un peso igual al peso del volumen del fluido que desalojan. Sea como fuere mi intranquilidad crecía todos los días. A esta altura de las negociaciones ya había entrado en contacto con Edyta Kwiatkowska (Madame de Lespinnase), Agregada Cultural de la Embajada de Polonia en Buenos Aires.
Con Anna Szczepanek (Madame Curie), museóloga del Museo Adam Mickiewicz, y con Dominika Switkowska (George Sand), museóloga del Museo Gombrowicz Wsola. Dudaba si dirigirme a ellos para contarles mis últimas tribulaciones. Ocurre que a medida que nos acercamos al 21 de noviembre, el día de nuestro encuentro en mi casa, tenía pesadillas cuyo verdadero significado no lograba descifrar.

En una de ellas, mientras departíamos cordialmente en mi escritorio sobre la importancia del significado de la repatriación de las cartas de Gombrowicz un artefacto infernal estalló sobre la mesa mientras volaban por los aires las cartas, que a juicio de Arquímedes pesan menos que los dólares, y los dólares. Las cartas caían al suelo hechas trizas mientras los dólares caían al suelo conservando su integridad.
George Sand, Madame Curie y yo tomados por el pánico corrimos por el jardín hacia el fondo donde unas habitaciones se habían transformado en una caballeriza. George Sand y Madame Curie montaron unos caballos briosos y salieron galopando de la casa perdiéndose por las calles de José C. Paz. Aterrorizado y muy apesadumbrado volví al escritorio para escribir un gombrowiczida y relatar los infaustos acontecimientos.

Allí me encontré con Madame de Lespinnase recogiendo rápidamente los últimos dólares caídos en el suelo mientras presurosa los metía en una valija; se despidió de mí y desapareció. Las pesadillas no cesaban, a medida que se hacía más próximo el momento de nuestro encuentro los sueños sobre Gombrowicz se me volvían más indescifrables.
Las recientes invitaciones que me habían hecho los Embajadores de Polonia y Francia a un cóctel al que no podré asistir por mis problemas de salud aumentaron mi actividad onírica hasta lo indecible. En sueños se me aparecía un pájaro cuya verdadera naturaleza no alcanzaba a precisar, pero es seguro que estaba actuando sobre mí la presencia de las cartas y los dólares que fueron también el motivo de mi pesadilla anterior.

Eran sueños confusos, como lo suelen ser los sueños; me atreví entonces a consultar al doctor Cesar Rodríguez-Moroy Porcel, un terapeuta de gran renombre entre los hombres de letras, a ver si con su ayuda los podíamos precisar. Después de un par de sesiones tuve un sueño en el apareció un pájaro que se posaba con suavidad sobre la mesa donde conversaba con George Sand, Madame Curie y Madame de Lespinnase.
Antes de que atináramos a realizar algún movimiento defensivo El Pájaro Tabernil se empezó a devorar rápidamente todas las cartas y los dólares, a digerirlos y a eliminarlos posteriormente sobre la misma mesa. Quizás en el aspecto de ese pájaro esté develado todo el misterio de mis pesadillas. Y llegó el día del encuentro. Madamme de Lespinnase cuidando a la perfección la armonía del grupo.

Después de intercambiarnos algunos regalos George Sand tomó la batuta y se dispuso a reportearme con una filmadora muy bonita y un micrófono impresionante. Anhelaba, como la novia de Chopin con el músico, sacar de mí las mejores ideas y las más brillantes palabras, pero las cosas no ocurrieron así. Para controlar el dolor de mi nervio ciático y mi estado de alteración nerviosa yo había tomado un Tramadol, un analgésico opiáceo.
Brillaba en mí la exaltación pero no la inteligencia, de modo que por no poder hacer mejor cosa me puse a engullir a dos manos unos exquisitos emparedados que mi esposa Élida había servido, conducta que disminuyó notablemente la calidad de mis palabras y de mis ideas. Quizás desencantada por las respuestas que le daba George Sand también se puso nerviosa y con la mano del micrófono le dio un golpe seco a un pocillo de café.

El pocillo se volcó sobre la carpeta de las cartas, de la que asomaba por sus vértices la correspondencia de Gombrowicz. A pesar del Tramadol no pude resistir el dolor, pensé que todo estaba perdido, y que las pesadillas de destrucción que había tenido sólo presagiaban lo que en realidad iba a ocurrir. Pero aquí aparece la mano maestra de Madame Curie.
Ella se da cuenta enseguida de que las cartas no habían sido alcanzadas por el café porque cada una de ellas estaba protegida con un sobre transparente. Con una meticulosidad científica les va quitando el sobre a una por una mientras sonríe bondadosamente. George Sand, un tanto compungida, se sienta al lado de ella y entre las dos controlan si las cartas que están viendo son las que figuran en el contrato.

Para ello se valen del cotejo de las dos palabras iniciales y finales de las cartas comparando la de las cartas con las de un lista que traían preparada de antemano. Finalmente George Sand, con unos dedos largos y elegantes, cuenta los dólares sobre la mesa bajo la mirada atenta de mi esposa Élida. Y se cierra el telón. Unas cartas que estuvieron conmigo más de medio siglo se van para Polonia. Estoy un poco triste.




NOTA: PARA IDENTIFICAR A CIERTOS PERSONAJES
MENCIONADOS EN LOS TEXTOS:



BANDERADO; Eduardo Belgrano Rawson; escritor
ABEJA REINA; María Esther Vázquez; editora de la Fundación Victoria Ocampo
ACTRIZ; Fernanda García Lao; escritora y actriz
ALEMÁN; Enrique Wendt; amigo de Gombrowicz
ALEMANA PSICOPÁTICA; Karin Ranitzsch; psicóloga
ACEITOSO; Marcelo Damiani; escritor
ALFAJOR; Juan Forn; escritor
ALTER EGO; Carlos Mastronardi; escritor
ASEADO; Enrique Lynch; escritor
ASIRIOBABILÓNICO METAFÍSICO; Jorge Luis Borges; escritor
AVECHUCHO; Omar Ospina García; editor de Búho
ASNO; Jorge Di Paola; escritor
BEDUINO; Leopoldo Allub Mansur; sociólogo
BENEVOLENTE; Noé Jitrik; escritor
BESTIA CATALANA; Beatriz de Moura; editora de Touquest
BIBLIOTECARIO; Michal Jagiello; bibliotecario
BOXEADOR AMATEUR; Abelardo Castillo; escritor
BOXITRACIO; Juan Terranova; periodista
BUCANERO; José Tono Martínez; tutti frutti
BUEN SAMARITANO; Daniel Gigena; tutti frutti
BUEY CORNETA; Alan Pauls; escritor
BUHONERO MERCACHIFLE; Miguel Grinberg; periodista
BURÓCRATA; Tomasz Pindel; director del Instituto del Libro de Polonia
BURRO; Pablo Gasparini; escritor
CACATÚA; Héctor Manjarrez; escritor
CAGAMÁRMOLES; Francesco Cataluccio; escritor
CAMALEÓN; Eugeniusz Noworyta; embajador de Polonia
CARA DE ÁNGEL; Pablo Chacón; escritor
CASANOVA; Daniel Guebel; escritor
CASTOR; Araceli Otamendi; escritora
CEBOLLITA; Rafael Cippolini; editor de Ramona
CIENTÍFICO FASCISTA; Zdzislaw Jan Ryn; embajador de Polonia
COCOT; Beatriz Sarlo; escritora
COLIFATA; Beata Fabjanska; diplomática
CONDESA; Cecilia Benedit de Debenedetti; editora musical
CONSIGLIERE; Ana Quiroga; la seductora del MALBA
CONTRAHECHO; Pablo Urbanyi; escritor
CORIFEA; Klementyna Czernicka; escritora
CORIFEO; Louis Soler; tutti frutti
CORNELIO; Guillermo Saavedra; editor de Losada
CORTESANA; Justyna Myszkowska; bibliotecaria
CRUCIFICADA; Mirta Bogdasarián; actriz
CUADRUMANO; Santiago Vega (Washington Cucurto); escritor
CUENTAMUSAS; Nicolás Hochman; editor de Prometheus
CULPABLE; Czeslaw Straszewicz; escritor
DALÍ SELVÁTICO; Carlos Yusti; escritor y pintor
DANDY; Adolfo Bioy Casares; escritor
DOLCE; Gabriella D’Ina; editora de Giangiacomo Feltrinelli
DON NADIE: Pablo Miravent: bloggero
DRAMATURRO; Humberto Riva; dramaturgo
ENCANTADORA PRINCESITA; Ada Lubomirska; amiga
ESPERPENTO; Alejandro Rússovich; discípulo de Gombrowicz
ESQUIZOIDE; Rodolfo Rabanal; escritor
FARSANTE AMBULATORIO; Juan Pablo Correa; periodista editor de Negra
FILÓLOGA; Silvana Mandolessi; filóloga
FILÓSOFO PAYADOR; Juan José Saer; escritor
FINADA: Alicia Giangrande; pintora
FLAUTA TRAVERSA; Juana Emilia Molina; escritora
FLOR DE QUILOMBO; Mariano Betelú; pintor y amigo de gombrowicz
FRANCOTIRADORA; Laura Estrin; escritora
GALLEGA MICIFUZA; Agata Podemska; filóloga
GANSO; Gabriel Báñez; escritor
GATH Y CHAVES; Milton Eugenio Rodríguez; escritor
GEMELOS PIMENTONES; Lech y Jaroslaw Kaczynski; presidente y primer ministro de Polonia
GNOMO PIMENTÓN; Germán García; tutti frutti
GOMA; Juan Carlos Gómez; escritor
GRAN ORTIBA; Horacio Sacco; tutti frutti
GUITARRÓN; Luis Chitarroni; escritor y editor de Sudamericana
HÁBIL DECLARANTE; Christopher Domínguez Michael; escritor
HASÍDICO; Dominique de Roux; editor y escritor
HERRERO; Jorge Herralde; editor de Anagrama
HIERÁTICA; Mercedes Güiraldes; editora de Emecé
HIJA DEL DUEÑO; Soledad Costantini; directora de “El hilo de Ariadna”
HOMBRE QUE CAZABA MARIPOSAS; Bohdan Zadura; editor de Tworczosc
HOMBRE UNIDIMENSIONAL; Rodolfo Fogwill; escritor
HOMÚNCULO; Alejandro Vaccaro; empresario
HORMIGUITA VIAJERA; Gabriela Franco; editora de Norma
IDIOTA; Víctor Coral; escritor
INDIECITO; Roberto Santucho; jefe del ERP
INGENIERO FIREIRE; Juan Carlos Ferreyra; ingeniero
INICIÁTICO: Sergio Chejfec; escritor
LADRÓN DE GALLINAS; Álvaro Mata Guillé; tutti frutti
LARGUIRUCHO; Grzegorz Pacek; cineasta
LECHUGUINO; Juan Carlos Vidal; director del Instituto Cervantes
LENTEJA; Piotr Sommer; editor de Literatura na swiecie
LICENCIADO VIDRIERA; Enrique Butti; escritor y periodista
MADAME DU PLASTIQUE; María Swieczewska; química
MAESTRO CIRUELA; Carlos Roberto Morán; escritor y periodista
MAFIOSO; Cristián Costantini; sociólogo
MALQUERIDO; Guillermo Matínez; escritor
MALTRATADO; Rafael Toriz; escritor
MANCO; Guillermo Saccomanno; escritor
MARIPOSÓN; Nestor Tirri; periodista
MEDUSA; María Elena Lorenzin; escritora
MEJILLONA; Guadalupe Salomón; tutti frutti
MENTECATO; Hugo Savino; escritor
MONO RELOJERO; Patricio Burbano; escritor y cineasta
MORO; Manuel Ramos Montes; escritor
MUDA; Malgorzata Nycz; editora de Wydawnictwo literackie
MUDO; Jorge Panesi; crítico literario
NEGROIDE PIQUETERO; Damián Ríos; escritor y editor de Interzona
NÉMESIS; Ewa Zaleska; traductora
NIÑO RUSO; Sergio Pitol; escritor
ODALISCA; Anieszka Babicz; filóloga
ORATE BLAGUER; Enrique Vila-Matas; escritor
OSO; Jerzy Lisowski; editor de Tworczosc
PACIENTE; Eduardo González Lanuza; escritor
PADRE; Rodolfo Alonso; poeta
PADRINO; Eduardo Costantini; capo de tutti capi del Malba
PATO CRIOLLO; César Aira; escritor
PATRIARCA DE LOS PÁJAROS; Osvaldo Bayer; escritor
PAVO; Ricardo Nirenberg; escritor
PEGAJOSO; Franco de Peña; cineasta
PEQUEÑO K; Rajmund Kalicki; traductor, escritor y editor de Tworczosc
PERDULARIA; Izabela Kaluta; tutti frutti
PEROGRULLO; Carlos Brück; psicoanalista
PERVERSO; Edgardo Russo; editor de El cuenco de plata
PERRO UNO; Daniel Rojas Pachas; escritor
PERRO DOS; Conrado Arranz; escritor
PIADOSO; Czeslaw Milosz; escritor
PÍCARO; Marcelo Cohen; escritor
PITECÁNTROPO; Stanislaw Stefan Paszczyk; embajador polaco
PITOLINA; Adriana Astutti; editora de Viterbo
POETISA PIQUETERA IMPENITENTE; Tamara Kamenszain; escritora
PONCIO PILATOS; Carlos Echinope; editor de Letras Uruguay
PORCUS HUNGARICUS; Mihály Dés; editor de Lateral
PRETEXTO; Manuel Borrás; editor de Pre-textos
PRIMA; Krystyna Rodowska; escritora
PRIMER CÓMPLICE; Jeremi Stempowski; tutti frutti
PRÍNCIPE BASTARDO; Konstanty Jelenski; tutti frutti
PROHOMBRE; Hugo Beccacece; periodista
PROTOSERES; los editores
PTERODÁCTILO; Ernesto Sabato; escritor
PULGÓN; Santiago Alonso; lector
RÉGISSEUR FANFARRÓN; Jorge Lavelli; régisseur
REINA DE LA ONOMATOPEYA; Muriel Bellini; tutti frutti
REVÓLVER A LA ORDEN; Tomás Abraham; escritor
ROSADO; Nicolás Rosa; escritor semiótico
SECRETARIO; Arnol Kremer; escritor
SEDUCTORA IMPENITENTE; Adriana Fernández; editora de Emecé
SOCIALISTA; Alberto Díaz; editor de Planeta
TERRORISTA; Adrzej Czub; cónsul de Polonia
TIMBRE; Zdzislaw Jan Ryn; embajador de Polonia
VACA; Jerzy Jarzebski; tutti frutti
VACA SAGRADA; Rita Gombrowicz; viuda
VASCA; Sylvia Iparraguirre; escritora
VATE MARXISTA; Ricardo Piglia; escritor
VIEJO VATE; Henryk Bereza; crítico poeta
ZORRA; Laura Isola; periodista
ZORRO; Slawomir Ratajski; embajador de Polonia





fuente: recibido directamente del autor, al que
agradezco y
felicito por su labor de continuar
difundiendo la vida y obra del
gran escritor polaco-
argentino WITOLD GOMBROWICZ,
quien en 1939,
poco antes de comenzar la SEGUNDA GUERRA

MUNDIAL, llegó al puerto de Buenos Aires como
invitado de
una Compañia Naviera de Polonia que
inauguraba un nuevo
servicio de transporte
marítimo transatlático desde un puerto
polaco a Sud
America, siendo Buenos Aires
el último puerto.



En Buenos Aires permaneció veintitrés
años .

El escritor argentino Juan Carlos Gómez fue el
amigo más cercano que tuvo Gombrowicz
durante su estada en Buenos Aires.


Lic. Jose Pivín

frente al puerto de Haifa


frente al Mar Mediterráneo




viernes, 6 de agosto de 2010

Witold Gombrowicz y los Cafes




"GOMBROWICZIDAS"


por JUAN CARLOS GÓMEZ



WITOLD GOMBROWICZ Y LOS CAFÉS


“El arte es aristocrático hasta la médula de los huesos, como un príncipe de sangre. Es negación de la igualdad y adoración de la superioridad. Es cuestión de talento o incluso de genio, es decir de supremacía, de eminencia, de excepción; es también una jerarquía severa de los valores, una crueldad ante lo mediocre, una elección y perfeccionamiento de lo excepcional e insustituible (...)”
“Es finalmente el cultivo de la personalidad, de la originalidad, de la individualidad. Cuando a veces aguzo el oído hacia el lado polaco escucho solamente verborrea. Son terriblemente charlatanes. Sus libros son como su prensa literaria, y su prensa literaria es como los cafés, todo revienta de charlatanería. No conozco ninguna una obra suya que haya nacido del silencio (...)”

“Al escuchar atentamente el murmullo de café que padecen, se puede constatar que todas las voces tiene más o menos la misma intensidad; también tienen el mismo color, como dicen los músicos. Se ve perfectamente que sus verdades se han creado frente a un café”. A pesar del menosprecio que Gombrowicz manifiesta por los cafés en este pasaje, se pasó buena parte de su vida charlando en ellos, especialmente en el Ziemianska de Varsovia.


Sin embargo nunca escribió una sola línea sobre las mesas de los cafés, Gombrowicz quería que sus obras nacieran del silencio. “El café Ziemianska tenía su jerarquía; era una especie de edificio espiritual compuesto de varios pisos, donde no resultaba fácil pasar de un piso más bajo a otro superior. La planta baja estaba ocupada por unos jóvenes variopintos, debutantes aún desconocidos, generalmente sin derecho a voz (...)”


“También la ocupaban otros admiradores provenientes sobre todo del medio de la pequeña intelligentsia, a quienes su falta de educación y de carácter mundano impedía participar activamente en los simposios, estaban de antemano condenados a un silencio que provenía de su situación social. Una especie de coro griego, pero mudo, importante por su misma presencia (...)”

“Cuando unos cuantos de esos catadores silenciosos se acercaba a uno de los grupos y se sentaba a su mesa sin decir nada, eso significaba que allí iban a ocurrir cosas dignas de atención, ya que eran unos expertos a quienes no se les escapaba ningún valor cotizado en esa bolsa literaria”. Poco a poco, en el café Ziemianska, Gombrowicz fue encontrando su lugar en el mundo.

Escribiendo y frecuentado los cafés Gombrowicz consiguió un prestigio considerable. Su mesa, a la que concurría un gran número de admiradores, era testigo de sus bromas, sus gestos, sus dichos, su dialéctica, sus elevaciones líricas, sus razonamientos filosóficos y psicológicos, sus declaraciones artísticas, sus ataques arrolladores y sus provocaciones taimadas que electrizaban a sus oyentes.

“Cuando se dieron cuenta que mi mesa tenía una tendencia marcada a prosperar, gente con cara de sentarse en la primera fila del teatro empezó enseguida a acercarle sus sillas; noche tras noche se repetía la misma escena en un silencio absoluto interrumpido sólo a veces por una tos o una risotada. En el primer piso se encontraban sobre todo los poetas del proletariado (...)”

“Esta denominación abarcaba no solamente a los cantores de la clase obrera, sino aquellos que, descendientes de clases sociales inferiores, se convirtieron en adoradores de surrealismos, dadaísmos y otros ultramodernismos por el estilo, que servían para disimular sus primitivismos y oscurantismos más esenciales. Estos poetas del proletariado tomaban parte en discusiones pero no sin grandes dificultades (...)”

“Generalmente no tenían más que un solo caballo para montar, por ejemplo el marxismo, o la estética poética, o bien el psicoanálisis, mientras todos los demás caballos de la humanidad eran para ellos totalmente desconocidos. Es necesario reconocer, además, que en esa misma situación poco confortable se hallaba la mayoría de los que frecuentaban el café Ziemianska (...)”

“La ignorancia de esos intelectuales era algo increíble: de un lío de lecturas y conceptos, de unos párrafos y fragmentos asimilados a tontas y a locas, nacía un saber fantástico y proteiforme como la nube de Falstaff. En el piso superior estaban ya los ‘grandes nombres’, autores y artistas cuyas acciones se cotizaban en la bolsa literaria, aunque todavía no podían pretender la gloria (...)”

“Y arriba de todo, incluso en el sentido físico de la palabra, puesto que era un piso que se hallaba en un entresuelo, elevado por encima de la muchedumbre, irradiaba su esplendor la musa de los skamandritas”. En las vísperas de la primera guerra mundial, Europa estaba arrastrada por la vanguardia, el proletariado, el surrealismo, el social realismo, el ocaso de la burguesía y del feudalismo.

En ese tiempo Gombrowicz maniobraba distraídamente en una mesa del café Ziemianska con su abolengo. “Mi abuela es prima de los Borbones españoles”. Realizaba también actos de servidumbre, por ejemplo, le alcanzaba el azúcar a un poeta de clase social alta, y no al mejor poeta que era de familia pobre. Apoyaba la opinión de otro porque era de una familia de terratenientes.

“La poesía es muy importante pero ante todo te aconsejo que no seas provinciano”. Aparecían algunas protestas en el curso de estas provocaciones. “No, señores, el arte es un fenómeno esencialmente heráldico. Y así durante semanas, meses, años, con la imperturbable lógica del absurdo. Los otros chillaban y vociferaban pero, poco a poco, sucumbían. Una ya decía que su abuelo era terrateniente (...)”

“Otro, que la hermana de su abuela era del campo, otro más empezaba a dibujar su blasón en la servilleta. “¿Socialismo? ¿Surrealismo? ¿Vanguardia? ¿Proletariado? ¿Poesía? ¿Arte? No. Un bosque de árboles genealógicos y nosotros a su sombra. Una tarde me dijo el poeta Broniewski: –¿Qué está haciendo usted? ¿Qué sabotaje es éste? ¡Usted ha logrado contagiar de heráldica hasta a los mismísimos comunistas! (...)”

Gombrowicz no se sentaba a la mesa los skamandritas en el café Ziemianska, él actuaba casi únicamente en la planta baja de los cafés, mientras las plantas más altas prácticamente las ignoraba. “Oiga, dicen que es usted quien reina en el café Ziemianska, y que no admite en su mesa a ninguno de nosotros. Efectivamente, era así, no los admitía, yo era profeta, charlatán y payaso (...)”

“Sin embargo sólo lo era entre seres iguales a mí, aún no del todo formados, sin pulir, inferiores..., a los otros, a los honorables, a los pretenciosos, a los skamandritas con quienes no me podía permitir una broma, una mofa, una provocación, una tontería, a quienes no podía imponerle mi estilo, prefería no tratarlos; ellos me aburrían a mí y sabía que yo también los aburría a ellos (...)”

“Los poetas de Skamander eran conscientes de su lugar sólo hasta cierto punto, conocían su lugar en el arte, pero no sabían cuál era el lugar del arte en la vida. Conocían su lugar en Polonia, pero ignoraban el lugar de Polonia en el mundo, ninguno de ellos se elevó tan alto como para ver la situación de su propia casa. Cada tarde me encaminaba hacia el café Ziemianska (...)”

“Me sentaba en una de sus mesas, pedía un café y esperaba a que se reuniera el grupo de mis compañeros de café. Frecuentar un café puede convertirse en un vicio, igual que el vodka. Para un verdadero adicto, el no acudir a su café a una hora determinada significa sencillamente sentirse enfermo. Hay que decir que los cafés de Varsovia, y el café Ziemianska en particular, no se asemejaba a los demás cafés del mundo (...)”

“Se entraba directamente de la calle a la oscuridad, a una especie de terrible sopa de humo y de tufo, desde cuyo fondo se asomaban unos semblantees estrafalarios ululando y haciendo gestos en un intento de hacerse entender en medio del bullicio general. Mi actitud en el café Ziemienska se caracterizaba por una desenvoltura que demostraba claramente que no tenía necesidad de ganarme la vida con la pluma (...)”

“Por otra parte no quería apresurar nerviosamente mi carrera de escritor. Supongo que la cantidad de tonterías, absurdos e idioteces proferidas por mí en el Ziemianska debía alcanzar unas cifras astronómicas y, sin embargo, a través de todas esas locuras, se transparentaba mi natural sentido común y esta lucidez, este realismo que siempre ha estado alerta en mí (...)”

“Necesitaba víctimas. Me sentía feliz cuando caía en mis manos un interlocutor cándido y apasionado con el que podía jugar como el gato con el ratón. Hoy en día, al leer algunas de las obras polacas, tropiezo a veces con fragmentos que probablemente no habrían nacido sin aquellas conversaciones. Relacionarse conmigo siempre ha sido y sigue siéndolo hoy, bastante difícil (...)”

“Por principio tiendo a la discusión, al conflicto, intento llevar la conversación de modo que sea arriesgada, a veces incluso desagradable, incómoda, indiscreta, ya que eso atrae al juego y pone en entredicho a las personalidades. Una conversación afable, serena, delicada, como suelen ser las que se mantienen en los círculos literarios, me han parecido siempre algo mortalmente insípido e indigno de la gente un poco despierta espiritualmente”

Cuando uno cree haberlo ubicado en algún asunto, por ejemplo en el de su afición por los cafés, Gombrowicz toma la palabra y cambia de rumbo. Sartre pasa gran parte de su vida y escribe la mayoría de sus obras en la atmósfera impersonal del humo del cigarrillo, el olor de café, el entrechocar de tazas, los fragmentos de conversaciones, y el ir y venir de un café parisiense.

El Café Flore y el Café Pont Royal se convirtieron con el tiempo en la Meca de la filosofía existencialista. La atmósfera del café está tan arraigada en la mente de Sartre que incluso explica las teorías de la metafísica en el más erudito de sus libros con ejemplos tomados de la vida de café. Doscientos años antes ya decían que en París sabían como preparar esa bebida de tal manera que engendrara el ingenio en aquellos que la tomaban.

Por lo menos cuando salían de allí, todos ellos se consideraban cuatro veces más inteligentes que cuando entraban. Los cafés vendrían a ser algo así como la Palas Atenea era para los griegos, entonces, Gombrowicz, prepara las armas y empieza a cañonear a los cafés. Según su parecer algunos escritores son terriblemente charlatanes, las obras de estos autores no nacen del silencio, se escriben en los cafés.

Sus escritos tienen el rasgo particular de la sociabilidad, una característica de las personas que no tienen su propio hogar espiritual. El hombre se siente diferente según esté en un bosque sombrío, en un jardín podado a la francesa, o en el piso cuadragésimo de un rascacielos. Los escritores que escriben en los cafés tienen los límites de su personalidad a la distancia que los separa de las mesas vecinas.
No hay en ellos ni rastros del empeño dramático de un pensador solitario, les falta la angustia metafísica nacida del silencio, el método y la disciplina de los laboratorios científicos. Cada uno de ellos acaba allí donde comienza su vecino; muy cerca. Algunos se dan cuenta y hacen lo posible para no parecer escritores de café, pero sus convulsiones espirituales sólo van dirigidas a no parecerlo.

Es por esto que se convierten de nuevo en escritores de café, pero al revés. Un verdadero círculo vicioso. Hay un solo remedio para esto, partir espiritualmente sin moverse del sitio. Para cultivar el arte los hombres de letras deben apoyarse en el arte, deben partir en busca del arte más alto para encontrar en su naturaleza la propia naturaleza. Yo he criticado con dureza algunas de las reflexiones que se han hecho sobre Gombrowicz.

Me he detenido con amargura en las de algunos hombres de letras hispanohablantes connotados, pero no se me ocurrió pensar en qué lugar las habían escrito. Para tomar unos pocos ejemplos, a mi me gustaría saber dónde las han escrito el Niño Ruso, el Orate Blaguer, el Vate Marxista, el Pato Criollo y el Buey Corneta. Si las escribieron en los cafés, es como si las hubieran escrito con una mano atada, un capiti diminuti.

Sin ir más lejos, estoy seguro que las últimas concepciones del Buey Corneta se le ocurrieron en un café. Este hombre de letras ha declarado recientemente que la gran enfermedad del mundo actual es el alzheimer, uno se va olvidando de todo, salvo que lo escriba. “Pornografía” es una novela en la que Gombrowicz introduce como protagonista al café Ziemianska, un representante de la ex-Varsovia.

“Voy a contarles otra de mis aventuras, y justamente una de las más fatales. Por entonces, era en el año 1943, me encontraba yo en la ex-Polonia y en la ex-Varsovia, en lo más hondo del hecho consumado. Silencio. El desmantelado grupo de mis compañeros y amigos del ex-café Ziemianska, se reunía todos los martes en cierto pisito de la calle Krucza, y allí, reanudábamos nuestras viejas conversaciones, nuestro ex-debates sobre el arte (...)”

“Dale, dale, dale, todavía hoy nos veo sentados o tumbados, en el cuarto lleno de humo, todos charla que charlarás y grita que gritarás. Uno chillaba: Dios, otro: arte, un tercero: nación, un cuarto: proletariado, y así discutíamos ferozmente y venga darle vueltas y vueltas. Dios, arte, nación, proletariado, pero un día llegó Fryderyk, un hombre de mediana edad, oscuro y reseco, de nariz aguileña (...)”

“Se presentó a todo el mundo con todos los requisitos de la cortesía”. Gombrowicz y Fryderyk se van a la casa de campo de Hipolit para escaparse del drama colectivo de la ex-Polonia, de la ex-Varsovia y de las discusiones interminables sobre la nación, Dios, el proletariado, el arte. En el primer domingo de misa Gombrowicz observa con atención a su compañero.

Fryderyk arrodillándose y actuando de una manera particular le va quitando importancia a la ceremonia religiosa. Con una mirada obsesiva y penetrante Fryderyk establece un contacto sensual entre las nucas de dos jóvenes, ese hombre se volvía temible y, de repente, esa misa celebrada en un lugar de la Polonia abandonada a los alemanes, cayó fulminada por un rayo, como si el absoluto de Dios hubiera muerto.

Pero cada nuca estaba sola, no estaban juntas, eran la nucas de Henia, la hija de Hipolit, y de Karol, un auxiliar de la finca. Y la novela termina a lo Shakespeare, en una verdadera tragedia. Cómo es que se pasa de la descomposición del ritual religioso y de las nucas a semejante carnicería, sólo Dios lo sabe. El estallido de las monstruosidades señoriales y campesinas confluyen en el gesto del sacerdote celebrando la misa.

La nihilización de la iglesia prepara el camino para el reemplazo de Dios por una nueva deidad. Las nucas de Henia y Karol se asocian en la conciencia de Gombrowicz de una manera lasciva, le nace el pensamiento de que los jóvenes deben consumar con el cuerpo la atracción que él había descubierto, y es alrededor de este elemento erótico cómo se empieza a desarrollar la historia.

Henia y Karol son representantes de la tentación y del pecado; Waclaw, el prometido de Henia, y su madre Amelia, de la corrección y de los principios religiosos. De qué son representantes Fryderyk y Gombrowicz es más difícil saberlo. Por ahora digamos que son dos adultos mirones y lascivos que planean, en principio, que los dos jóvenes se presten atención y consumen una atracción que grita al cielo, salvo para los jóvenes mismos.

Karol es atractivo con una juventud violenta que lo arroja en los brazos de la brutalidad y la obediencia. Sensual, carnal y con una sonrisa que lo ata a una inferioridad superficial, Karol no puede defenderse. Esta mezcla explosiva en la conciencia de Gombrowicz se le echa encima a Henia como si fuera una perra, arde por ella, un deseo que nada tiene que ver con el amor, un enamoramiento becerril con toda su degradación.

Pero la joven señorita tiene con el muchacho un diálogo desembarazado y confiado, los jóvenes no se comportan según el contenido de la conciencia de Gombrowicz. En este punto Gombrowicz se pregunta cuánto sabe Fryderyk de todo esto: de la descomposición de la misa, de la atracción de las nucas, del llamado del cuerpo de los jóvenes a la consumación. Henia es una colegiala cortés, cordial y muy atractiva.

Cuando Fryderyk tenía apartes con Henia a solas Gombrowicz pensaba: se la lleva para hacer cosas con ella o ella se va con él para que él le haga cosas. A partir de ese momento Fryderyk se convierte en el operador del drama mientras Gombrowicz le sigue los pasos y trata de interpretar el significado de sus maniobras. Fryderyk maniobra con los pantalones de Karol cuando le pide a ella que se los remangue.

Parece como si les estuviera diciendo: vengan, háganlo, gozaré, lo deseo. Gombrowicz quería averiguar cuánto de ingenuos eran los jóvenes respecto de los propósitos de Fryderyk. Pensaba más o menos así: Henia remangaba los pantalones para que Fryderyk gozara, de modo que estaba de acuerdo con que él gozara con ella y también con Karol, ella se daba cuenta de que entre los dos podían excitar y seducir.

También Karol lo sabía porque había colaborado en aquel juego. No eran tan ingenuos, entonces, conocían su propio sabor. La situación no tenía vuelta atrás, los cuatro eran cómplices en el silencio pues el asunto era inconfesable y vergonzoso. Después de que Karol le levantara la falda a una vieja fregona y asquerosa haciéndole brillar la blancura del bajo vientre y la mancha de pelo negro, le dice a Gombrowicz que le gustaba Henia.
Le gustaba Henia pero le gustaría más hacerlo con doña María, la madre de Henia. El joven estaba actuando para los adultos porque quería divertirse con ellos, y no con Henia, porque los adultos, aún dentro de su fealdad, podían llevarlo más lejos al ser menos limitados. Pero esto no es lo que quería Gombrowicz, Karol era demasiado joven para Dios y para las mujeres, era demasiado joven para todo.

El sueño de los dos adultos de que los jóvenes consumaran su atracción innegable se venía abajo. Era una pareja adulta de enamorados en la frustración, desdeñada por la otra pareja de amantes, el fuego de su excitación no tenía nada en qué descargarse. Llameaba entre ellos, estaban asqueados el uno del otro y se juntaban en una sensualidad irritada. Pero Fryderyk continuaba con sus maniobras calculadas para juntarlos.

Los estaba obligando a pisar una misma lombriz hasta partirla. Quería que Henia y Karol causaran tormentos con sus suelas, con toda calma Fryderyk había transformado en un verdadero infierno la existencia de esa pobre lombriz. Un pecado común cometido para los adultos que penetraba la intimidad fundiendo a unos con otros. En la virtud los jóvenes se le presentaban a Fryderyk y a Gombrowicz cerrados, herméticos.

En cambio en el pecado podían revolcarse con ellos. Era un sistema de espejos, Fryderyk lo miraba a Gombrowicz y Gombrowicz lo miraba a Fryderyk, hilaban sueños por cuenta del otro y de ese modo llegaban hasta la idea que ninguno de ellos se habría atrevido a dar por suya. Por su parte Henia les hacía saber que era creyente, que si ni lo fuese no se confesaría ni comulgaría, que sus principios eran los mismos que los de su futuro marido.

Su futura suegra era como si fuera su madre, era un honor para ella entrar en esa familia, era seguro que si se casaba con Wlacaw no haría nada con ningún otro. Un comentario de Henia que parecía severo pero que era también una confiada y seductora confesión de su propia debilidad, excitaba, precisamente, por su virtud y no por su pornografía. Y también les decía que Karol no quería a nadie.

Lo único que le interesaba a Karol era acostarse un poquito, que ella ya lo había hecho con un guerrillero, que sus padres lo sospechaban porque los habían sorprendido juntos, pero que no querían sospecharlo. Amelia, la madre de Waclaw, era cortés, sensible y espiritual, sencilla y de una rectitud ejemplar. En Amelia regía el Dios católico, absoluto, desprendido de la carne.

Ese Dios era un principio metafísico, incorpóreo y majestuoso que no podía atender a todas las majaderías que tramaban los adultos con Henia y Karol. Amelia parecía enamorada de Fryderyk, estaba subyugada con ese ser terriblemente reconcentrado que no se dejaba engañar y distraer por nada, un ser de una seriedad extrema. En la finca de Amelia tiene lugar la segunda caída de Dios después del derrumbe de la misa en la iglesia.

Un ladronzuelo de la edad de Karol entra en la casa para robar, según todo lo hace parecer la señora descubre al ladrón, toma un cuchillo y lucha con Joziek, transcurren unos minutos y llega a la mesa donde están su hijo y los invitados, se sienta y cae muerta con el cuchillo clavado mirando un crucifijo. La situación no estaba clara, nadie sabía lo que había pasado en realidad. Amelia no pudo contar nada y Joziek decía que sólo se habían revolcado.

Había sido un accidente. Fryderyk era mal psicólogo porque tenía demasiada inteligencia y por lo tanto era capaz de imaginarse a doña Amelia en cualquier situación. Una sospecha terrible flotaba en el aire de la casa de campo. Sospechaban que esa mujer tan espiritual y guiada por los principios de Dios había prologado demasiado la lucha con Joziek revolcándose en el suelo de puro placer y, por accidente, se le había clavado el cuchillo.

Si esto fuera así no podían entregar a Joziek a la policía. A la casa de Hipolit llega Semian, un jefe de la resistencia que se había vuelto cobarde. Sus compañeros temen que se convierta en delator y le piden a Hipolit que lo mate. Semian actualiza el sentimiento de que todos estaban atados a la patria, todos eran instrumentos de todos los demás, y a cada cual le estaba permitido servirse del instrumento con la mayor temeridad.

La presencia del recién llegado convirtió a Karol en un soldado, preparado a dispararse como un perro al oír la orden. Pero no era sólo él, la miseria romántica tan repelente unos instantes atrás cedió de pronto, y todos en la mesa, como si fueran una patrulla, esperaban la orden para entregarse a la lucha. Mientras tanto Fryderyk seguía maniobrando para juntar a Henia con Karol, esta vez utilizando al prometido.

Les dio unos papeles en un teatro escrito por él y los hacía actuar en el parque, participaban de una escena extraña. Los jóvenes, según desde dónde se los mirara, recitaban con ademanes poéticos o caían en el pasto para revolcarse. Lo único que atinó a decir el pobre Waclaw, que observaba la escena desde el lugar en que lo había puesto Fryderyk, es que eso de caer tan pronto y luego levantarse era raro.

Así no se hacía, le parecía que ella no se había entregado a él. Esto le resultaba peor que si hubieran vivido juntos, que si se le hubiera entregado él podía defenderse, pero así no, porque entre ellos ocurría de otro modo, y al no habérsele entregado Henia era todavía más de Karol. Llegando al final de la novela hay un intercambio de mensajes escritos entre Gombrowicz y Fryderyk, es un intento que hacen los adultos por saber qué pasa.

Fryderyk confiesa que no tiene un plan determinado, que actúa siguiendo las líneas de tensión y del apetito. Él piensa que los jóvenes no se juntan porque sería demasiada plenitud para los otros, que se les acercan y flirtean porque quieren hacerlo gracias a los otros, a través de los otros y también de Waclaw, por los otros. Lo peligroso de todo esto es que Fryderyk siente que ha caído en manos de unos seres frívolos.
Unas manos apenas crecidas empujaban, en la plenitud de su desarrollo intelectual y moral, a su propio pensamiento y pasión a hacer todo lo que estaba haciendo, se sentía como un Cristo crucificado en una cruz de dieciséis años. Y llegamos al final. Los adultos no se animan a matar a Semian y le piden a Karol que lo haga con la irresponsabilidad de la juventud para quitarle gravedad a un crimen tan siniestro.

Waclaw, que está preparando su propia muerte entra al cuarto de Semian y lo mata. Apaga la luz y se enmascara con un pañuelo para que no lo reconozca Karol y lo confunda con Semian cuando le abra la puerta. Karol no lo reconoce y lo mata creyendo que es Semian. Queda un cabo suelto, Joziek, el joven al que no se lo puede entregar a la policía porque es inocente, entonces, Fryderyk lo mata.

Y no se sabe si lo mata para guardar sin mancha la memoria de doña Amelia que había caído en el pecado original, o para ponerle el punto final a la no consumación de los jóvenes. Hania y Karol sonríen. “Sonríen como sonríe la juventud cuando no sabe cómo salir de un apuro. Y durante unos segundos, ellos y nosotros, en nuestra catástrofe, nos miramos a los ojos”.

fuente:
Texto y foto recibidos directamente del Autor, a quien agradezco.