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sábado, 31 de mayo de 2014

ARGENTINA Y AMERICA LATINA" La revista “Crisis” y la busca del tiempo perdido

La revista “Crisis” y la busca del tiempo perdido

Una revista escrita por un puñado de tipos reunidos bajo el ala de Federico Vogelius, Fico (uno de esos raros y escasísimos empresarios que creían en la igualdad de oportunidades), y Eduardo Galeano (uno de esos raros y escasísimos intelectuales que creían en la igualdad de oportunidades). La revista se llamaba Crisis, su primer número salió el 3 de mayo de 1973. Podría haberse llamado “nosotros”, pero entonces no habría tenido mucho sentido que los que la leían la llamaran “nuestra revista”. Cuestión de palabras. Y, en mayo de 1973, todo el mundo lo sabe: las palabras se decían o se vivían.
Tapa Revista Crisis


Por Miguel Russo. 

Un recorrido por la mítica revista fundada por Vogelius y dirigida por Galeano. Los cuarenta años de “Crisis”. La mítica revista que fundó Federico Vogelius y dirigió Eduardo Galeano apareció por primera vez allá en la primera quincena de mayo de 1973. Cómo fue su inicio, qué paso en los 40 números aparecidos y por qué cerró. Contrainfo.com
Eduardo Galeano recuerda: “Hoy me entero de que todos los meses, el día que sale la revista, un grupo de hombres atraviesa el río Uruguay para leerla. Son una veintena. Encabeza el grupo un profesor de sesenta y pico de años que estuvo largo tiempo preso. Por la mañana salen de Paysandú y cruzan a tierra argentina. Compran, entre todos, un ejemplar de Crisis y ocupan un café. Uno de ellos lee en voz alta, página por página, para todos. Escuchan y discuten. La lectura dura todo el día. Cuando termina, dejan la revista de regalo al dueño del café y vuelven a mi país, donde está prohibida. –Aunque sólo fuera por eso –pienso–, valdría la pena”.
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En los primeros días de mayo del ’73, la escena se repetía en varios bares de la avenida Corrientes. La Paz, Politeama, Ramos, Ópera. Algunos ejemplares de la revista iban quedando sobre las mesas que, hasta hacía un ratito, ocupaban no pocos uruguayos, mezclados con varios argentinos que cantaban, sonrientes, el consabido “se va a acabar, se va a acabar” cuando alguien les informaba que el costo de vida había aumentado, en lo que iba del año, casi un 30 por ciento.
Algo los unía más allá de un triunfo electoral o de una cercana asunción presidencial. Era la certeza de saber que había palabras que no necesitaban ser definidas con exactitud. “Compromiso”, por ejemplo, “política”. O, más redondamente, “revolución”. Palabras que se respiraban día a día, que se vivían. Y una, básica, elemental, insustituible: “nosotros”. Una palabra que, por paradójico que resultara, acuñó una revista. Una revista escrita por un puñado de tipos reunidos bajo el ala de Federico Vogelius, Fico (uno de esos raros y escasísimos empresarios que creían en la igualdad de oportunidades), y Eduardo Galeano (uno de esos raros y escasísimos intelectuales que creían en la igualdad de oportunidades). La revista se llamaba Crisis, su primer número salió el 3 de mayo de 1973. Podría haberse llamado “nosotros”, pero entonces no habría tenido mucho sentido que los que la leían la llamaran “nuestra revista”. Cuestión de palabras. Y, en mayo de 1973, todo el mundo lo sabe: las palabras se decían o se vivían.
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La cosa, como empezaron muchas cosas, había arrancado unos años antes, terminando la década del ’60. Vogelius quería plasmar un proyecto cultural; Ernesto Sabato andaba con ganas de armar una revista. El cóctel se estaba preparando. Ahora lo recuerda Julia Constenla. “Fico y Sabato armaron un comité de notables que discutía cómo debía ser la revista: Jorge Romero Brest, Ernesto Epstein, Francisco Romero, Víctor Massuh, José Luis Romero. Se habían contratado oficinas y personal administrativo”.
Y lo recuerda, mucho más, Amalia Ruccio, Lita, por entonces esposa de Vogelius. Esa mujer a la que Fico le repetía la necesidad de un sacrificio emocional y personal importante. Tan importante como feliz. “Lita, quiero que me duela –dice, hoy, Amalia, que le decía Fico–. La cosa se acentuó en 1968. Fue un largo proceso, una búsqueda angustiada y dolorosa. Fico anduvo desasosegado, intranquilo, descentrado, era evidente que se trataba de un salto a otra dimensión, donde la dignidad civil, la responsabilidad por el país, su fe en la cultura y el amor eran sus pilares. No creía en nada obtenido por las armas; sí por la cultura, aunque llevara cien años conseguirlo”.
***
Crisis, el nombre con el que el equipo de notables reunido por Vogelius y Sabato se había puesto de acuerdo, ya existía como marca. Las discusiones, inevitables ante la gran pregunta, “qué hacer”, no terminaban de disiparse cuando ya aparecían otras nuevas. Hacía falta alguien que llevara a buen puerto las ideas de “todos” hacia ese “nosotros” que estaba ahí, pero parecía cada vez más lejano.
“Yo era secretaria de redacción de la revista Gente y me habían despedido –cuenta Constenla–. Sabato me pidió que colaborara con el grupo en 1972. Después de tres o cuatro reuniones, ya habían pasado varios meses, les expliqué que necesitaban un director. Fico quería a Sabato. Sabato se negaba a aceptar”.
Entre los tantos nombres que se barajaron, estaban el de Juan Gelman (director del suplemento cultural del diario La Opinión), Tomás Eloy Martínez (que había trabajado en Primera Plana) y Eduardo Galeano (que acababa de publicar Las venas abiertas de América Latina). Mientras todos discutían, Vogelius tenía la certeza de los que ya saben cómo van a ser las cosas. La certeza de los que no se equivocan.
Fico y Eduardo se conocieron, como ocurren las muchas cosas de la vida de Galeano, en un bar. Él mismo lo dice: “En un bar de Montevideo, una noche de fines de 1972, se selló la revista. Yo no sabía quién era Vogelius. Pero hubo un buen enganche y esa noche, cenando, empezó la historia”.
No bien llegó a Buenos Aires, a la quinta de San Miguel donde vivía con Lita, Fico no pudo contener su entusiasmo: “Lita, Lita tengo al director de la revista”, le decía Fico a su mujer mientras la sacudía para despertarla. Y el diálogo, entre el sueño y la realidad, siguió, más o menos, así:
–¿Cómo se llama?
–Eduardo Galeano.
–¿Aceptó?
–No, él no lo sabe, lo acabo de decidir en el viaje de vuelta de Montevideo.
Pero Montevideo no era una fiesta. Lo afirma Galeano: “Un par de días después me subieron a un auto. Me trasladaron, me encerraron en una celda. Rayé mi nombre en la pared. Por las noches escuchaba gritos. Empecé a sentir la necesidad de conversar con alguien. Me hice amigo de un ratoncito. Yo no sabía si podía estar encerrado días o años, y al poco tiempo se pierde la cuenta. Fueron días. Siempre tuve suerte. Caminé hasta mi casa. Era una noche cálida y serena. En Montevideo empezaba el otoño. Me enteré de que hacía una semana que había muerto Picasso. Pasó un tiempito y empezó el exilio”.
***
En ese exilio porteño de Galeano, un exilio de largas charlas con Vogelius, comenzó a tomar forma la revista. Ante el registro existente de la marca Crisis, Sabato planteó transformarla en Krisis. Dice Constenla: “Para Eduardo, Crisis con ka era una ridiculez. Y dijo que había que completar el título: Ideas, letras y artes en la Crisis”. No había caso: Eduardo y Ernesto no estaban hechos para entenderse. Ni Vogelius podía con ellos.
“Yo proponía una revista crítica de los grandes problemas de entonces –recordó luego, y bastante enojado, Sabato–. Pero, en determinado momento, sentí que no podría hacerse como yo quería: Vogelius quiso llevarla adelante con una dirección marxista que llegó a difamarme a través de los estalinistas de turno. Eso es lo que ellos llamarían dialéctica”. Lita Ruccio también lo recuerda, pero no tan enojada: “El proyecto de Sabato desapareció con la entrada de Galeano como director, a quien Fico le dio libertad total”.
Esa libertad total de la que habla Lita produjo la unión casi imposible de tipos en una redacción. Vicente Zito Lema, uno de ellos, dice: “Había, claro, diferencias. Aníbal Ford, por ejemplo, seguía la línea del nacionalismo revolucionario; Juan Gelman estaba más ligado a las FAR y Montoneros; Galeano tenía un compromiso latinoamericanista; Haroldo Conti traía una lectura marxista de la realidad; yo provenía del peronismo de base. Parecía que nos íbamos a matar, pero había cosas profundas que nos unían, el espíritu de la época”.
Un espíritu que encarnaba la gran apuesta de Vogelius por la cultura. Una cultura que buscaba subvertir el rol y el lugar al que el sistema la había acorralado durante siglos. Como dice Galeano: “La cultura no terminaba, para nosotros, en la producción y el consumo de libros, cuadros, sinfonías, películas y obras de teatro. Ni siquiera empezaba allí. La cultura era, para nosotros, la creación de cualquier espacio de encuentro entre los hombres. Eran todos los símbolos de la identidad y la memoria colectivas”.
Ese “nosotros” comenzó a funcionar en las oficinas del octavo piso del edificio de Pueyrredón 860, con un equipo básico, un título heredado de Sabato y ningún otro compromiso que el de Vogelius por difundir la cultura. “Nuestra” cultura. Para “nosotros”.
***
La idea de la revista era no hacer sectarismo ideológico e idear un amplio campo de expresión en el cual se incluyeran marxistas, nacionalistas, peronistas antiimperialistas. La amplitud para reunir devendría, invariablemente, en amplitud para llegar. Sólo una persona como Federico Vogelius podía aguijonear semejante proyecto. Pero, ¿quién era Federico Vogelius?
Dice Rogelio García Lupo: “Fico era la persona que comprometió su propia libertad y su fortuna de empresario exitoso por la cultura. Está bien que en ese momento había muchos entusiasmos, pero no había tantas personas dispuestas a jugarse como lo hizo Vogelius”. Confirma Julia Constenla: “El periodismo rioplatense señala solamente la presencia de Eduardo Galeano, sin reparar lo suficientemente y con la debida justicia en el hecho de que sin Vogelius no hay Crisis. Es cierto que, sin Galeano, la revista no hubiera sido lo que fue. Pero, sin Vogelius, directamente no habría existido la revista Crisis. El contenido era de Galeano, con absoluta libertad y coincidencia con Vogelius”. Dice Vicente Zito Lema: “Federico era un experto y un amante de las artes plásticas. Una de esas figuras de las que hoy quedan muy pocas, de muy alta posición económica y un profundo costado bohemio, benefactor. Antes que comenzara la revista, yo no tenía amistad con él, pero sí trato. Comíamos bastante seguido y reflexionábamos sobre arte, política y derechos humanos con un grupo formado por Luis Felipe Noé, Ricardo Carpani, León Ferrari, Ernesto Veira, entre otros tantos”.
Como refirió Haroldo Conti en carta a Roberto Fernández Retamar: “Crisis es lo único que sobrevive, Federico Vogelius, su director propietario, piensa realizar una gira por Latinoamérica. Naturalmente quisiera entrar en Cuba y establecer relaciones con la Casa de las Américas. Si bien es un hombre rico, es progresista y ayuda mucho. Se puede contar con él ampliamente. No hace todo esto por dinero, sino que le interesa apoyar toda actividad cultural”.
O como recuerda Lita Ruccio: “Fue un hombre difícil y maravilloso, bueno y malo, exquisito y sencillo. Fascinante siempre, para todo, el mejor. Soy muy consciente que, con él, pasé del amor más puro al odio más cerrado, para luego encontrar y entender su vida y su alma. Como aconseja un viejo maestro, lo entendí con el corazón, extendiendo la mirada, caminando con mi alma”.
Es decir, Federico Vogelius. Fico. El tipo sin el cual no existiría la posibilidad cierta de ese “nosotros”.
***
“Uno puede ver una tapa de Crisis en Japón y saber de qué se trata”, dice Lita Ruccio. Y es cierto. La idea de ese cuerpo físico fue de Galeano –que es decir, ya se sabe, de Galeano y Vogelius–, pero fue interpretada de forma maravillosa por el hermano de Lita, Eduardo Ruccio, Sarlanga, su diagramador: “Los dos Eduardos se entendieron desde el primer momento y su amistad los hermanó para siempre. La elección de ese ‘papel de almacén’ característico de la revista fue de Fico”.
La razón de ese papel parece demasiado elaborada. Pero, por absurdo que suene, simple, de tan compleja. La dice Constenla: “Como se trataba de una publicación para tiempos de crisis, pero al mismo tiempo culta, la queríamos elegante y sofisticada pero que no fuera cara. Fico eligió el papel más barato, grueso y amarillento, con tapa a dos colores y sin fotos. Del primer número tiramos diez mil ejemplares, agotados en una semana. Antes de imprimir el número dos, tuvimos que reeditar el primero”: un trabajo sobre el escritor argentino-chileno Manuel Rojas, de Julio Huasi; el anticipo de la novela de Sabato Abaddón, el exterminador; un ensayo sobre teatro, de David Viñas; un análisis sobre los dueños de los medios de comunicación en América latina, de Heriberto Muraro; fragmentos del guión del film-reportaje a Juan Perón realizado por Pino Solanas y Octavio Gettino; un poema inédito de Lenin; ilustraciones de Hermenegildo Sábat, y el humor de Kalondi. Crisis era leída y releída. Buscada, anhelada. Coleccionada o dejada de regalo en los bares donde se leía en voz alta.
O como recordó, muchos años después, un muchacho que se acercó a la revista para ofrecer sus conocimientos de portugués. Un muchacho al que Galeano le dio seis páginas y toda la libertad del mundo. Un muchacho que tradujo un poema de otro muchacho, Chico Buarque, prohibido por la dictadura brasileña. Ese muchacho era, es, aunque un poco distinto, Santiago Kovadloff: “Crisis fue el correlato desde la izquierda de lo que significó Sur desde el liberalismo. Sur y Crisis condensaron el espíritu de momentos fundamentales del país. Sur, el de la preguerra, donde América del Sur y del Norte no se veían como antitéticas. Crisis, el de la posibilidad de transformación ideológica, cultural y política del continente hacia una izquierda progresista”. Crisis, el “nosotros” había empezado a funcionar.
***
Dice Julia Constenla: “Toda la revista pasaba por las manos de Eduardo Galeano. Yo fui la primera secretaria de redacción. Luego, se hizo cargo Juan Gelman, después Aníbal Ford. Yo pasé a ocuparme de la dirección de los Cuadernos y de la editorial”. Una editorial que recuerda muy bien Rogelio García Lupo: “Habíamos charlado con Vogelius sobre la producción esquemática de títulos de libros con la marca de Crisis. El primero fue el del dirigente socialista boliviano Marcelo Quiroga Santa Cruz, El saqueo de Bolivia. Se vendieron 20 mil ejemplares”.
Es casi gracioso escuchar a Constenla: “Vogelius no tenía interés en hacer un negocio con la revista. Pero tuvo mala suerte: todo lo relacionado con Crisis se vendió muy bien desde el principio”. O como dice, de primera mano, Lita Ruccio: “Fico me repetía cada noche: ‘Encima voy a ganar plata con esta revista, la única vez que estuve dispuesto a perder guita y mirá, mirá Lita, es una maravilla’”.
Esa maravilla se repetía día a día en el octavo piso de Pueyrredón 860. “Todos éramos escritores –cuenta Vicente Zito Lema–, no éramos nenes de pecho. Eso provocaba un espíritu de armonía y unidad en el que ni Galeano, ni Gelman, ni Haroldo Conti, ni Jorge Rivera, ni nadie trataba de sobresalir. Se pensaba en función de sacar el mejor número posible de la revista. Como cada uno andaba después en la suya (Gelman con La Opinión, Galeano con sus afectos en Uruguay, yo con mi laburo en la universidad), no quedaba mucho tiempo. Por lo general, nos reuníamos todos a almorzar en la revista. Y a jugar al fútbol y comer asados en la quinta de Fico los sábados. No nos juntábamos a hablar de filosofía o de política, eso lo vivía cada uno. La cosa era a puro fútbol y asado”. Jorge B. Rivera, redactor y colaborador en Cuadernos, también recuerda la redacción: “Gran profesionalidad, muchísimo trabajo y un clima de distensión como en pocos medios de comunicación. Existía tiempo de imaginación, pero había una economía de ese despilfarro traducido en los proyectos que se tiraban como puntas. Hasta los boludeos intelectuales funcionaban bien”.
En 1974, apareció por ahí María Esther Gilio. Una mujer que sabía preguntar. Y escuchar para volver a preguntar. A partir de ella, las entrevistas nunca volvieron a ser lo que eran: “Vivía en París, pero cuando Perón volvió al país, yo también volví. Siempre había querido hacer periodismo, y tenía una nota con Pablo Neruda. Cuando murió, corrí a La Opinión: a los pocos días se publicó y les gustó a todos menos a Jacobo Timerman. ‘¡Qué mamarracho esa entrevista que me encajaste!’, me dijo. A Crisis me llevó Galeano y me pidió un reportaje a Borges. Ahí empecé a vivir del periodismo. Viajé al norte para entrevistar a Héctor Tizón y Daniel Moyano. En Buenos Aires, hice una nota con Aníbal Troilo. Cuando la entregué a Crisis, me crucé en el ascensor con Juan Gelman y con esa entonación especial que tiene me dijo ‘recuperaste la voz del Gordo para la historia’. Nunca me lo voy a olvidar”.
***
La muerte de Perón, la asunción de Isabel como presidenta y el poder total para José López Rega y su Triple A no podían traer nada bueno para el país. El globo de ensayo del terrorismo de Estado tenía terreno libre en el país y, sobre todo, en Buenos Aires. Cuenta Galeano: “Suena el teléfono y pego un respingo. Miro el reloj. Nueve y media de la noche. ¿Atiendo, no atiendo? Atiendo. Es el comando José Rucci, de la Alianza Anticomunista Argentina:
–A ustedes los vamos a matar, hijos de puta.
–El horario de amenazas, señor, es de 6 a 8 –contesto.
Cuelgo y me felicito. Estoy orgulloso de mí. Pero quiero levantarme y no puedo: tengo piernas de trapo. Intento encender un cigarrillo”.
Aníbal Ford, que fue secretario de redacción de la revista y director de Cuadernos, también recuerda esa época: “Toda redacción es un mundo de laburantes y amigos que viene a charlar o a carburar proyectos. Esa vida era intensa, marcada por las amenazas en medio de las que había que producir la revista”.
A las amenazas, continuaron los hechos. En mayo de 1975, el periodista Villar Araujo publicó en Crisis un informe sobre el estatuto colonial de los contratos petroleros del país. Por donde se lo mirara, el petróleo venía con una histórica mochila de infamias y crímenes. Escribió Villar Araujo: “Cuando hay petróleo de por medio, las muertes accidentales no existen”. Y terminaba su nota con una advertencia: “Si usted, lector, se entera de que después de escribir estas líneas, al cruzar la calle, me aplastó un colectivo, piense mal y acertará”. No lo aplastó un colectivo: fue detenido-desaparecido por dos días, sin comer ni beber, con una capucha permanente que sólo le permitía ver los zapatos de los hombres que lo interrogaron sin descanso para averiguar quiénes eran sus fuentes. Lo abandonaron en una ruta cerca de Ezeiza. Unos días después, la policía difundió un comunicado: Villar Araujo había sido detenido por error.
En diciembre de 1975, desapareció Luis Sabini Fernández, jefe de producción de Crisis. “Tenemos la esperanza de que esté preso –escribió, por entonces, Galeano–, pero la policía lo niega. Fico y Aníbal Ford revolvieron cielo y tierra. Hace más de una semana y no tenemos novedades. A veces, por las noches, después del trabajo, Luis se demoraba hablándome del padre, que había llegado a Montevideo desde una aldea de Parma que tenía cien casas y una iglesia”. Luis había caído en manos del Ejército en una redada en Villa Martelli. No sabían que era de Crisis. Cuando se enteraron creyeron que era el capo. “¿Qué capo?, si no escribo ni una línea”, les dijo. Cuando le contestaron “peor, vos hacés que otros escriban”, pensó que palmaba. Su trabajo y el hecho de ser uruguayo (en el diccionario paramilitar, uruguayo es sinónimo de tupamaro) eran su propia condena. Lo llevaron esposado hasta el avión y terminó exiliado en Suecia.
“Casi todas las mañanas teníamos que contarnos para saber si éramos los mismos del día anterior”, evocó hace ya algunos años, otro de los hombres de Crisis, Horacio Achával.
Una mañana, Gelman apareció por la revista y dejó sobre el escritorio de Galeano un paquete envuelto en papel de diario y atado con piolines. “Me tuve que mudar de casa. No sé adónde. Salgo a buscar. Cuidame las pertenencias”, le dijo. El paquete era toda su ropa, todo su mobiliario. Cuenta Galeano: “Se dio vuelta, la mano en el picaporte y agregó: ‘Pero, antes, contame la historia de la gallina, que ando triste’. Era una historia de Paco Espínola, otro uruguayo que se había ido. Juan se la sabía de memoria, pero igual se ahogaba de risa cada vez que yo la repetía. Paco había lavado el honor de la familia degollando a una gallina bataraza que lo había mandado a la puta madre que lo parió”.
Unos meses después, la carta de Gelman llegó de Roma, donde lo dejó el avión que lo salvó raspando de la condena a muerte: “Como ves, soy jodido para querer. La mayor parte del tiempo, me basta con hacerlo. Sé que no es suficiente. Somos muchos los que andamos con el cariño estropeado, pero hay que tener valor para sacarlo de adentro con estropeaduras y todo”.
***
Según el Instituto Verificador de Circulaciones, la revista vendió, en marzo de 1974, 17.468 ejemplares. Según el mismo Instituto, las ventas crecieron hasta un tope de 24.637 en julio, y mantuvo, después de esa fecha, un promedio de 22 mil ejemplares. Federico Vogelius pasó 1974 y 1975 evitando dos cosas: que Crisis fuera financiada por Montoneros y que la Triple A volara el edificio de Pueyrredón al 800 donde funcionaba la redacción.
Mientras tanto, la revista conversaba con la gente, le devolvía la palabra a la gente. “La cultura es comunicación o no es nada –dice Galeano–. Para llegar a no ser muda, una cultura nueva tenía que empezar por no ser sorda. Publicábamos textos sobre la realidad, pero también, y sobre todo, textos desde ella”. Palabras de los indígenas del Alto Paraná acorralados por una civilización que los consideraba esclavos, palabras de presos políticos y de manos anónimas que dejaban su huella en las paredes de toda América, palabras de niños y palabras de internos de los manicomios y palabras de obreros en las fábricas.
En marzo de 1976, el país fue otro. El “nosotros” se había perdido en el terror fundante del “por algo será”. La dictadura militar dictó nuevas normas para los medios de comunicación: “Quedaba prohibido publicar reportajes callejeros y opiniones no especializadas sobre cualquier tema”.
En ese contexto, Eduardo Galeano y Vicente Zito Lema debían entregar las pruebas de galera de la revista en la Casa Rosada. Allí, un militar decía “esto no”, “esto tampoco”. Para esos mismos militares, Haroldo Conti no había desaparecido. Así se los hicieron saber cuando preguntaron por el compañero periodista que no estaba más.
La revista siguió cinco números más después del golpe de marzo del 76, hasta el número 40, salido en el mes de agosto. Cuenta Galeano: “Por la mañana, reúno a los compañeros y les hablo. Quiero mostrarme firme y decir esperanzas, pero se me sale la tristeza por los poros. Explico que ni Fico, ni Vicente, ni yo tomamos la decisión; que deciden las circunstancias. No aceptamos la humillación como epílogo de la hermosa aventura que nos reunió durante más de tres años. A Crisis no la agacha nadie; la vamos a enterrar parada como vivió”.
Entonces, el fueguito de ese “nosotros” comenzó a apagarse.
Fuente: Miradas al Sur
Reproducida por:
http://www.contrainfo.com/9894/la-revista-crisis-y-la-busca-del-tiempo-perdido/

domingo, 10 de noviembre de 2013

Eduardo Galeano, el gran escritor uruguayo y universal, nos cuenta las aventuras de ser Abuelo

 
   








Un día con mi nieta...

Eduardo Galeano


- Mañana te dejo a tu nieta por un rato -dijo muy suelta de lengua mi hija.

Y me lo dijo así, como si yo hubiera parido una nieta y me la vinieran a devolver.

No es que me moleste, más bien me muero por ella pero... ¿así?...¿cómo si yo hubiera abandonado a algún niño en una canasta?

Me la trajo tempranito envuelta en camperas, bufandas, guantes, gorras y todas esas cosas que les ponen las madres a nuestros nietos y que nosotros les poníamos a ellas y ahora nos damos cuenta de que era un disparate.

No hay como cambiar de lugar del mostrador para avivarse de algunas cosas.

- No me le des chicles que el dentista lo pago yo, ni Coca Cola, nada con colorante, fijate la fecha de vencimiento de lo que le das, que no se desabrigue que acá adentro está muy frío, si ves que transpira sacale el gorro, que no coma chupetines porque se ensucia y con esta

lluvia no se me seca la ropa con nada, si van a salir, tapale bien la boca, si se aburre, en la mochila trajo unos jueguitos para la playestation -dijo cerrando la puerta y continuó dando órdenes por el pasillo.

- Sí, mi amor, tengo un chicle de banana, y para después tengo un chupa chup de cocacola.

- Siéntese por acá que le voy a enseñar a jugar al ludo, ya tiene cuatro años y tendría que saber. Usted juega con las fichitas rojas, si saca seis..., no, mi amor, el dado no se tira así, ¿su mamá no le explicó que no gana el que lo tira más lejos?

Ya van tres veces que tengo que correr la heladera para sacar el dado.

¿No le gusta el ludo mi amor? ¡¡¿Ya se aburrió del ludo mi amor?!!

Bueno..., le voy a enseñar a jugar al robo montón... Si tiene una sota..., la sota es la señora de... ¿tampoco le gusta? Entonces de la escoba de quince ni hablamos ¿no?

Mijita..., yo a su edad jugaba con tres palillos de ropa y dos chapitas durante horas y horas y usted ya me cambió de juego tres veces en dos minutos.

¿Sabe una cosa? Nos vamos a las hamacas y al arenero ¿Cómo que su madre la reta si se ensucia con arena?

En la esquina nomás le saqué la bufanda, los guantes, el abrigo y todo lo que le había puesto la madre para que se moviera poco. ¡Ay Sofía! ¡Faltó que le pusieran un ombliguero nada más!

Pise..., pise ese charco..., déle, déle que nadie nos ve.

Sí, agarre ese palito y vaya pasándolo por la pared y por las rejas..., dele..., que yo lo hacía y no me morí...., patee esa lata..., pise solo las baldosas blancas..., gire alrededor de esa columna..., corte esa flor para llevarle a su madre..., no pise la sombra..., déle..., tírele una piedra a ese perro que se quiere comer al abuelo..., cuélguese de esa rama que está bajita...

¿Al shopping? ¡¡¿¿¿AL SHOPPING???!!! ¡Noooooo! ¡¡Nuncaaaaa!! ¡¡Yo a ese antro de perdición no entro aunque me lo pida mi nieta!!!

- Buenas tardes... ¿Ropería tienen...? Ah..., bueno.

Metí el mate y el termo en la matera porque no tenía claro si dejan tomar mate en el shopping.

Cargué con la ropa que le había sacado a Sofía y le agregué mi campera porque había 15 grados de diferencia entre la placita y ese lugar maldito.

Mi nieta empezó a moverse como si hubiera nacido allí.

Yo estudiaba cada paso que daba por temor a equivocarme.

Sofía llamó por el nombre de pila a la vendedora de pororó y me hizo comprarle una caja de las grandes.

Cuando yo estaba pagando enfiló corriendo para la escalera mecánica y a mí casi me da un ataque.

Corrí lo más rápido que pude cargando con la ropa, la matera, desparramando el pororó por el piso al grito de: ¡¡Sofíaaaa!!!! ¡¡¡¡Cuidadooooo, esa escalera te puede mataaaar!!!!!!

Detengan a esa niñaaa!!! ¡¡Paren la escalera!!!! ¡¡Se va a tragar a mi nieta!!!! ¡¡¡Alguien que pare la escaleraaaa!!!

Un guardia de seguridad me quiso llevar detenido mientras mi nieta me hacía adiós con su manita abierta subiendo lentamente hacia la zona de restaurantes.

Regresó solita por la otra escalera y le explicó al guardia que yo era su abuelo y que me había traído al shopping.

- "Es mi abuelo, nos vamos al cine Pablo".

-¿De Walt Disney dan alguna? -pregunté a una chica igualita a la que me dijo que no había guardarropa.

Seguro que ya se lo habían preguntado muchas veces, porque se rió y me miró como diciéndome... "No, de Walt Disney hoy no damos".

No habíamos dado ni tres pasos cuando tuve que comprar otra caja de pororó y dos vasos de Pepsi de los grandes.

Nunca pensé que podría ser tan largo el recorrido hasta la butaca.

Le pedí a mi nieta que se agarrara de mi campera porque me quedé sin manos para ella.

Un vaso llenito hasta el borde en cada mano, la caja de pororó llevada con los dientes, la matera colgada, los guantes, la bufanda, las camperas y la gorra sobre mis brazos a modo de un bebé.

Cuando vi el escalón a lo oscuro, mi instinto de abuelo no consiguió frenarse y grité:

- "¡Cuidadooo Sofía!"

Cualquier idiota sabe que cuando uno abre la boca para hablar se le cae lo que esté agarrando con los dientes.

Yo también lo sabía, pero mi cabeza piensa más lento que mi corazón.

De cualquier manera lo que más me molestó fue la risita de algunos padres piolas, la patada que me dio el tipo al que bañé con pororó y los insultos de la señora que limpia.

El resto, bien.

Necesité diez minutos más para acomodar en la oscuridad todo lo que había llevado al santo botón.

- Abuelo... -dijo casi en secreto mi nieta - ¿no quedó pop?

- ¿Pochoclo? -le pregunté.

- ¿Pocho qué?- dijo mi nieta y tuve que ir a buscar más.

Como no me animé a dejarla sola en lo oscuro y como vi a un par de nenes con cara de delincuentes sentados allí cerquita, resolví agarrar todas las cosas (incluyendo a Sofía) y repetir la operación otra vez.

Tomé un trago bien grande de ambos vasos para que no se me volcara y allá fuimos otra vez de excursión.

Nos perdimos el principio de la película.

-Esta ya la vi, abuelo -dijo mi nieta con absoluta seguridad.

- ¿Cómo que ya la vio?!! ¡Es Robot!! ¡Es un estreno!

- Ya la vi abuelo. ¡El papá de una compañerita del colegio las baja por Internet.

- Bueno, mi amor, no importa..., vamos a verla otro poquito que me gasté 250 pesos en las entradas.

- Ahora ese robot se va a desarmar..., ¿viste abuelo? Ahora agarra su cabeza con la mano. ¡Te lo dije! ¡Vamos a los jueguitos, abuelo, vamos a los jueguitos!

¡No, no y no! No es que me molesten las maquinitas, directamente las odio. No puedo ver como pasan horas y horas enfrente a las pantallas donde se cruzan autos o aparecen monstruos disparando.

- No mi amor, discúlpeme, pero eso es lo último que haría.

- ¿Me das 4 fichas, por favor? -le dije a una chica igualita a la que vendía Pepsi, pochoclo y entradas de cine.

El ruido me perforó los oídos..., en una máquina un tipo tiraba con una ametralladora hacia una pantalla y el que parecía su hijo se le colgaba de los pantalones llorando para que le dejara hacer un tirito.

En otra máquina un niño de 8 o 9 años trataba de embocar una pelota de básquetbol en un aro, le pregunté por que no iba a la placita y me dijo algo de mi mamá.

Dos niños que parecían sus hermanitos lo aguardaban en unos changuitos. Les pregunté por la madre y me dijeron que estaba al lado, en las maquinitas para grandes.

Contra el pool, cuatro niños de 10 o 12 años pasaban tiza a los tacos y solo faltaba el humo de los puchos subiendo hacia la luz tenue que se balanceaba sobre el paño azul.

No pude encontrar ningún juego para mi nieta, así que dejé más de 200 pesos en fichas tratando de agarrar con una pinza unos ositos de peluche que no salían más de 30 pesos.

No es lo mío..., no consigo coordinar en ese juego, cuando quiero abrir la pinza, suelto la campera. Cuando quiero largar la pinza tiro la matera.

Sofía por suerte sacó un caballito azul y me lo regaló.

- Dale abuelo -me dijo - llevame a comer algo, tengo hambre.

- Bien..., seguro que a la vuelta encontramos un frankfrutero.

- No, abuelo, llevame a Mac Donald's.

- ¡Nooooooo! ¡No, no, no y no! Nunca entraré a ese lugar en que muelen desperdicios y los transforman en comida, cortan pedacitos de plástico y los ponen en bolsitas de papas fritas ¡Noooo! ¡Ni siquiera por vos, Sofía!

- Un happy meal, sin ketchup, sin queso y una coca -le dije a una chica igualita de la del cine, las maquinitas y el pororó...

- No -me contestó- a Sofía le gusta con queso. ¿Y para usted?

- Ehhh..., un chorizo con picantina, hongos y criolla.

Algo que no entendí pasó en ese momento, porque se rió igual que la de Walt Disney y me dio solo el pedido de Sofía.

Mi pequeña "nieta zapping" no había terminado de comer cuando se metió en el pelotero y en unos tubos enormes junto a una manga de foraj... de niños que disfrutaban del sábado.

Cargado de mi equipaje, más los jueguitos que traía la cajita y el caballito azul me asomaba de a ratos a unas ventanitas de vidrio en las alturas para ver si todavía respiraba.

Dos veces me tuve que meter en los tubos (sin largar la ropa) porque Sofita no se animaba a tirarse.

- ¿Qué le parece si nos vamos? El abuelo está cansado, con frío y transpirando.

- ¿Al baño? ¿No aguanta hasta llegar?

Yo temía este momento, sabía que me podía pasar.

- Sofiita, escúcheme un poquito, mi amor, yo no puedo entrar al baño de las niñas, aguántese hasta llegar.

-No, abuelo -me dijo- no aguanto más.

-Bien..., ¿qué va a hacer en el baño? -pregunté y me preparé para la peor respuesta.

- Caca, abuelito.

Volvimos al shoping y cuando nadie me vio me metí en el baño de las mujeres y me escondí atrás de una puerta esperando que mi nieta me avisara.

- Ya está abuelo, limpiáme -gritó mi nieta.

-Voy Sofiita -le dije y me topé con una vieja que salía subiéndose la bombacha desde una de las puertas.

Lo que siguió fue muy triste, me golpeó fuerte con un paraguas al grito de de-ge-ne-ra-do.

Así, una sílaba, un golpe de paraguas: ¡De-ge-ne-ra-do!!

Y me pegó hasta que llegó el guardia que por radio pidió ayuda a sus compañeros.

Ayuda precisaba yo.

Mi nieta se la tuvo que arreglar sola una vez más y mientras se acomodaba el pantalón les dijo:

- Es mi abuelo otra vez Pablo..., ya me lo llevo.



Eduardo Galeano


fuente: llegó en un mensaje. no se si fue publicado y donde. 

sábado, 15 de septiembre de 2012

CITAS CITABLES: LA UTOPIA- FERNANDO BIRRI




"La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para que sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar"
 Fernando Birri
 
Dice Eduardo Galeano que dice Fernando Birri

jueves, 28 de enero de 2010

Eduardo Galeano: Historia de Haití



por Eduardo Galeano


La democracia haitiana nació hace un ratito. En su breve tiempo de vida, esta criatura hambrienta y enferma no ha recibido más que bofetadas. Estaba recién nacida, en los días de fiesta de 1991, cuando fue asesinada por el cuartelazo del general Raoul Cedras. Tres años más tarde, resucitó. Después de haber puesto y sacado a tantos dictadores militares, Estados Unidos sacó y puso al presidente Jean-Bertrand Aristide, que había sido el primer gobernante electo por voto popular en toda la historia de Haití y que había tenido la loca ocurrencia de querer un país menos injusto.


El voto y el veto Para borrar las huellas de la participación estadounidense en la dictadura carnicera del general Cedras, los infantes de marina se llevaron 160 mil páginas de los archivos secretos. Aristide regresó encadenado. Le dieron permiso para recuperar el gobierno, pero le prohibieron el poder. Su sucesor, René Préval, obtuvo casi el 90 por ciento de los votos, pero más poder que Préval tiene cualquier mandón de cuarta categoría del Fondo Monetario o del Banco Mundial, aunque el pueblo haitiano no lo haya elegido ni con un voto siquiera. Más que el voto, puede el veto.

Veto a las reformas: cada vez que Préval, o alguno de sus ministros, pide créditos internacionales para dar pan a los hambrientos, letras a los analfabetos o tierra a los campesinos, no recibe respuesta, o le contestan ordenándole: -Recite la lección. Y como el gobierno haitiano no termina de aprender que hay que desmantelar los pocos servicios públicos que quedan, últimos pobres amparos para uno de los pueblos más desamparados del mundo, los profesores dan por perdido el examen. La coartada demográfica A fines del año pasado cuatro diputados alemanes visitaron Haití.

No bien llegaron, la miseria del pueblo les golpeó los ojos. Entonces el embajador de Alemania les explicó, en Port-au-Prince, cuál es el problema: -Este es un país superpoblado -dijo-. La mujer haitiana siempre quiere, y el hombre haitiano siempre puede.

Y se rió. Los diputados callaron. Esa noche, uno de ellos, Winfried Wolf, consultó las cifras. Y comprobó que Haití es, con El Salvador, el país más superpoblado de las Américas, pero está tan superpoblado como Alemania: tiene casi la misma cantidad de habitantes por quilómetro cuadrado.

En sus días en Haití, el diputado Wolf no sólo fue golpeado por la miseria: también fue deslumbrado por la capacidad de belleza de los pintores populares. Y llegó a la conclusión de que Haití está superpoblado... de artistas. En realidad, la coartada demográfica es más o menos reciente.

Hasta hace algunos años, las potencias occidentales hablaban más claro. La tradición racista Estados Unidos invadió Haití en 1915 y gobernó el país hasta 1934. Se retiró cuando logró sus dos objetivos: cobrar las deudas del City Bank y derogar el artículo constitucional que prohibía vender plantaciones a los extranjeros. Entonces Robert Lansing, secretario de Estado, justificó la larga y feroz ocupación militar explicando que la raza negra es incapaz de gobernarse a sí misma, que tiene "una tendencia inherente a la vida salvaje y una incapacidad física de civilización".

Uno de los responsables de la invasión, William Philips, había incubado tiempo antes la sagaz idea: "Este es un pueblo inferior, incapaz de conservar la civilización que habían dejado los franceses".

Haití había sido la perla de la corona, la colonia más rica de Francia: una gran plantación de azúcar, con mano de obra esclava. En El espíritu de las leyes, Montesquieu lo había explicado sin pelos en la lengua: "El azúcar sería demasiado caro si no trabajaran los esclavos en su producción. Dichos esclavos son negros desde los pies hasta la cabeza y tienen la nariz tan aplastada que es casi imposible tenerles lástima.

Resulta impensable que Dios, que es un ser muy sabio, haya puesto un alma, y sobre todo un alma buena, en un cuerpo enteramente negro". En cambio, Dios había puesto un látigo en la mano del mayoral. Los esclavos no se distinguían por su voluntad de trabajo.

Los negros eran esclavos por naturaleza y vagos también por naturaleza, y la naturaleza, cómplice del orden social, era obra de Dios: el esclavo debía servir al amo y el amo debía castigar al esclavo, que no mostraba el menor entusiasmo a la hora de cumplir con el designio divino. Karl von Linneo, contemporáneo de Montesquieu, había retratado al negro con precisión científica: "Vagabundo, perezoso, negligente, indolente y de costumbres disolutas".

Más generosamente, otro contemporáneo, David Hume, había comprobado que el negro "puede desarrollar ciertas habilidades humanas, como el loro que habla algunas palabras". La humillación imperdonable En 1803 los negros de Haití propinaron tremenda paliza a las tropas de Napoleón Bonaparte, y Europa no perdonó jamás esta humillación infligida a la raza blanca. Haití fue el primer país libre de las Américas.


Estados Unidos había conquistado antes su independencia, pero tenía medio millón de esclavos trabajando en las plantaciones de algodón y de tabaco. Jefferson, que era dueño de esclavos, decía que todos los hombres son iguales, pero también decía que los negros han sido, son y serán inferiores. La bandera de los libres se alzó sobre las ruinas.

La tierra haitiana había sido devastada por el monocultivo del azúcar y arrasada por las calamidades de la guerra contra Francia, y una tercera parte de la población había caído en el combate. Entonces empezó el bloqueo. La nación recién nacida fue condenada a la soledad. Nadie le compraba, nadie le vendía, nadie la reconocía. El delito de la dignidad Ni siquiera Simón Bolívar, que tan valiente supo ser, tuvo el coraje de firmar el reconocimiento diplomático del país negro.

Bolívar había podido reiniciar su lucha por la independencia americana, cuando ya España lo había derrotado, gracias al apoyo de Haití. El gobierno haitiano le había entregado siete naves y muchas armas y soldados, con la única condición de que Bolívar liberara a los esclavos, una idea que al Libertador no se le había ocurrido. Bolívar cumplió con este compromiso, pero después de su victoria, cuando ya gobernaba la Gran Colombia, dio la espalda al país que lo había salvado. Y cuando convocó a las naciones americanas a la reunión de Panamá, no invitó a Haití pero invitó a Inglaterra.

Estados Unidos reconoció a Haití recién sesenta años después del fin de la guerra de independencia, mientras Etienne Serres, un genio francés de la anatomía, descubría en París que los negros son primitivos porque tienen poca distancia entre el ombligo y el pene.

Para entonces, Haití ya estaba en manos de carniceras dictaduras militares, que destinaban los famélicos recursos del país al pago de la deuda francesa: Europa había impuesto a Haití la obligación de pagar a Francia una indemnización gigantesca, a modo de perdón por haber cometido el delito de la dignidad. La historia del acoso contra Haití, que en nuestros días tiene dimensiones de tragedia, es también una historia del racismo en la civilización occidental.



Eduardo Galeano: algunos datos


Eduardo Germán María Hughes Galeano, conocido como Eduardo Galeano, es un periodista y creador de libros literarias uruguayo, una de las personalidades más destacadas de la literatura latinoamericana.

Sus libros literarias han sido traducidos a varios idiomas. Sus libros más conocidas son Memoria del fuego y Las venas abiertas de América Latina, que han sido traducidos a veinte idiomas. Sus trabajos trascienden géneros ortodoxos, combinando documental, ficción, periodismo, análisis político e historia. Galeano niega ser un historiador: "Soy un creador de libros literarias que quisiera contribuir al rescate de la memoria secuestrada de toda América, pero sobre todo de América Latina, tierra despreciada y entrañable".

Galeano nació en Montevideo, Uruguay, en el seno de una familia descendiente de europeos, de clase media y católica. En su juventud trabajó como obrero de fábrica, pintor, mensajero, mecanógrafo, entre otros oficios. A los 14 años vendió su primer caricatura política a un semanario "El Sol" del Partido Socialista. Comenzó su carrera de periodista a inicios de los 60 como editor de "Marcha", un semanario influyente que tuvo como colaboradores a Mario Vargas Llosa, Mario Benedetti, Manuel Maldonado, Denis y Roberto Fernández Retamar. Editó durante dos años el diario "Época".

En el golpe de estado militar de 1973, Galeano fue encarcelado y obligado a dejar Uruguay. Su volumen Las venas abiertas de América Latina fue censurado por los gobiernos militares derechistas de Uruguay, Argentina y Chile. Se fue a vivir a Argentina donde fundó el magazine cultural "Crisis". En 1976, se casa por tercera vez, al tiempo que es añadido a la lista de los condenados del escuadrón de la muerte de Videla, quien tomaba poder ese año. Vuela a España, donde escribe su famosa trilogía: Memoria del fuego, en 1984.

A inicios de 1985, Galeano retorna a Montevideo. En 2004, Galeano apoya la victoria de la alianza Frente Amplio y de Tabaré Vázquez. Escribe un artículo en el que menciona que la gente votó finalmente utizando el sentido común. En 2005, Galeano, junto a intelectuales de izquierda como Tariq Ali y Adolfo Pérez Esquivel se unen al comité consultivo de la reciente cadena de televisión latinoamericana TeleSUR.

En enero de 2006, Galeano se unió a figuras internacionales como García Márquez, Mario Benedetti, Ernesto Sábato, Thiago de Mello, Carlos Monsiváis, Pablo Armando Fernández, Jorge Enrique Adoum, Luis Rafael Sánchez, Mayra Montero, Ana Lydia Vega y Pablo Milanés, en la demanda de soberanía de Puerto Rico. Además firmaron en la proclamación de independencia de Puerto Rico.

El febrero de 2007, Galeano supera una operación para el tratamiento del cáncer de pulmón. En Noviembre de 2008, Galeano dice sobre la victoria de Obama "La Casa Blanca será la casa de Obama pronto, pero esa Casa Blanca fue construida por esclavos negros. Y me gustaría y espero que él nunca lo olvide". En abril de 2009, el presidente venezolano Hugo Chávez entrega una copia de "Las Venas Abiertas de América Latina" al presidente estadounidense Barack Obama durante la 5aCumbre de las Américas, celebrada en Puerto España, Trinidad y Tobago.

En mayo de 2009, en una entrevista declaró que "no sólo Estados Unidos, sino algunos países europeos han sembrado dictaduras por todo el mundo. Y se sienten como si estuvieran capaces de enseñar lo que es democracia".

fuente: http://espaciolibros.com/libros/