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sábado, 6 de julio de 2013

MEXICO: MI PRIMERA VEZ - Memorias de Liliana V. Blum, una de las talentosas y renombradas escritoras jovenes de Mexico.


LILIANA V. BLUM

¿Alguna vez te preguntaste qué llevó a tus autores favoritos a convertirse en seres que solo consiguen leer y escribir? ¿Qué sucedió para que una persona común se transformara en un hacedor de palabras y vividor de certámenes literarios? En este espacio son los propios autores quienes rememoran y nos cuentan acerca del momento en que la literatura irrumpió en sus vidas sin pedirles permiso.



Viéndolo en retrospectiva, creo que mi primera vez ya se veía venir desde años atrás. Mi infancia cuasi-solitaria (un hermano mayor, un par de amigas a lo mucho), y unos cinco cambios de ciudad en siete años, además de mi natural timidez e introversión, no contribuyeron a que fuera una niña sociable. Nunca fui el ajonjolí de ningún mole ni la más popular; al contrario, era yo una presencia solitaria en la esquina trasera del salón de clases, la que deambulaba por las orillas del patio durante los recesos y escogía un lugar alejado de todos para sentarme a leer y releer una y otra vez mi libro de español. Era también el blanco de burlas y agresiones por mis trenzas, mis pecas y mi cabello rojo; el ahora llamado bullyingfue una constante de mi existencia infantil, al igual que los terregales que azotaban la ciudad y el miedo a mi padre. Mi otredad me orillaba a la soledad y no sé si también me empujó a la literatura. Mis primeras historias nacieron en esos años, pero como mi tradición oral estaba constituida por mí y nadie más, aquellos cuentos murieron al final de cada día.
Recuerdo que en primer grado, cuando vivía en Aguascalientes, me acuclillaba cerca de una fila de asqueles (pequeñas hormigas negras) que brotaban de un hueco en la pared de la cancha de voleibol. Las nombraba, (Ludivina, la heroína, era una de cientos de hormigas) y les inventaba historias: se aproximaba un huracán y tenían poco tiempo para juntar provisiones, un oso hormiguero rondaba por allí cerca, estaban perdidas y no podían llevar a tiempo la comida que la reina precisaba para sobrevivir. Como eran los tiempos en que los niños podíamos beber de las mangueras y merodear las calles sin supervisión adulta hasta el anochecer, en las tardes yo me subía en mi bicicleta e iba mirando gente y fabricando en mi cabeza alguna historia: aquel hombre venía de enterrar a alguien en su jardín, esa señora malencarada era en realidad una bruja, aquel niño bajito y escuálido era un duende disfrazado de humano, esa niña con hoyuelos y cabello lacio negro era una princesa que tenía exactamente todo lo que yo deseaba.
En casa, formaba familias con todos mis animales de peluche y les confería algunos dramas que no sé si sacaba de la propia familia o de la televisión: el hijo de la familia perro se había enamorado de la hija de la familia gato y era un gran escándalo; la familia oso teddy-bearhabía adoptado un panda que no terminaba por sentirse aceptado; la coneja no tenía familia, pero los otros padres animales la miraban demasiado; el cangrejo era huérfano y vivía debajo de una piedra durante el día, pero por las noches entraba a las casas a robar comida. Otras veces, en las noches, me dormía imaginando que tenía otro padre, otro que era todo lo contrario al mío: cada noche continuaba la historia en donde me había quedado, al perder la conciencia, la noche anterior. Por supuesto, escuchaba extasiada a mi abuelita paterna contarme cuentos siempre que iba a su casa, y acompañaba al abuelo a ver la telenovela de la noche. En casa de los otros abuelos, donde nos abandonaban a veces, me escondía en la biblioteca del abuelo materno y hojeaba libros, fascinada por aquellos de tapas de cuero y hojas amarillas que tenían fechas del siglo anterior.
Fui pues una niña que se hacía acompañar de las historias, las propias, las ajenas y las fantásticas. A pesar de que nunca se me ocurrió escribirlas, supongo que ese afán mío por las historias fue el caldo de cultivo idóneo para que mi bacteria pudiera florecer años más tarde. En el primer año de preparatoria, la maestra de la materia de redacción nos obligó a entrar a un concurso que organizaba la misma escuela entre sus alumnos. “Noche literaria”, le llamaron, porque los trabajos ganadores serían leídos en una casa antigua de Querétaro que fungía de cafetín de intelectuales, en la noche y a la luz de las velas. No existía la opción de no participar: nuestro trabajo concursante contaría como el trabajo mensual.
Recuerdo que pasé horas pensando qué escribir. Hasta entonces, mi única experiencia era el estereotípico diario íntimo de adolescente (mismo que quemé antes de irme de casa a estudiar a Kansas: contenía las historias más honestas de mi vida y el mundo no estaba preparado para ellas). También tenía un cuadernillo lleno de esos poemas que la estupidez, las hormonas y la falta de experiencia le dictan a uno a esa edad. Eran cursis, aberrantes, y su destino también fue la fogata en mitad del patio de servicio. En resumen: no tenía material para el concurso. Así que pasé varios días pensando qué escribir, y el producto de esos días terminó siendo mi primer cuento. Al final lo hice: trataba de un chico que moría por una sobredosis de una droga no especificada, todo el proceso visto por su novia que, a diferencia de su familia, era la única que podía entenderlo. El personaje estaba basado en un hippy rubio quemado por el sol que vendía pulseras tejidas y aretes de plata en el centro de Querétaro.
No recuerdo el nombre de ese cuento y hago bien: era pésimo. Pero supongo que en el universo de lo pésimo era de los “menos peores”, porque ganó el tercer lugar en la contienda. Afortunadamente no fue publicado. A cambio recibí un diploma, algunos aplausos, la lectura entre velas, y una calificación excelente en la clase. Aunque era un mal cuento, seamos honestos, la experiencia me dejó con hambre de escribir más. Ese día decidí que quería ser escritora. Así que busqué un taller literario, me enamoré del maestro (que era hermoso y años después descubrí que prácticamente todas las chicas de la ciudad habían estado enamoradas de él en algún momento), y comencé a escribir, primero para él, después para mí. Al poco gané otro concurso, esta vez nacional, y recibí como premio una Mac Classic II. En ella escribí a morir: creo que nunca fui más prolífica que en esa época. Con el paso de los años escribí menos, pero quiero pensar que un poco mejor. Por su parte, mi computadora-premio se convirtió en un fallido proyecto de pecera, cortesía de mi hermano. Glup.

Liliana V. Blum (México, 1974) es autora de Yo sé cuándo expira la leche (2011), El libro perdido de Heinrich Böll (2008), The Curse of Eve and Other Stories (2008), Vidas de catálogo (2007), ¿En qué se nos fue la mañana? (2007) y La maldición de Eva (2002). Su obra integra antologías como Atrapadas en la madre (2006), El espejo de Beatriz (2009), El crimen como una de las bellas artes (2002) y Óyeme con los ojos: de Sor Juana al siglo XXI, 21 escritoras mexicanas revolucionarias (2010), entre otras. Es también coeditora de la antologíaPerros de agua: nuevas voces en el sur de Tamaulipas (2006). Estudió Literatura Comparada en la Universidad de Kansas y una maestría en Educación en el ITESM. Asimismo, ha obtenido la beca Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA), y ha recibido diversos premios por su obra narrativa.
 

lunes, 11 de junio de 2012

DESDE MEXICO: LILIANA V. BLUM, TALENTOSA Y JOVEN ESCRITORA NOS ACLARA "Usos y costumbres" HOMOFOBIA EN EL MEXICO ACTUAL

 

Usos y costumbres

9 jun
He visto mucha actitud bíblica recientemente. Me refiero a eso de desgarrarse las vestiduras y lanzar la primera piedra con gusto, con la mano embadurnada de corrección moral. Ya se sabe que uno se desgarra las vestiduras ante algo doloroso, injusto, indignante, y que uno lanza la primera piedra sólo cuando se está libre de culpa. 

Mucha gente, justificadamente, ha criticado con fuerza el incidente del infame joven panista, Juan Pablo Castro, que en el parlamento de la juventud organizado por la ALDF llamara “jotos” a los homosexuales y criticara la iniciativa de ley que desde hace dos años permite el matrimonio entre personas del mismo sexo en el DF.

 Por eso hablo de rasgarse las vestiduras: los reclamos se han dejado escuchar en los medios masivos, así como en las redes sociales y en las pláticas de oficina. Me uno a la indignación: es una vergüenza que este chiquillo pretenda imponer su moral personal y prejuicios al resto del país.


No olvidemos tampoco al gobernador panista de Jalisco, Emilio González, con su “asquito” a los homosexuales, al cultísimo Esteban Arce que comparó la homosexualidad con la “demencia animal”, o al ocurrente Hugo Valdemar, vocero de la Arquidiócesis de México, que aseguró que los matrimonios gays dañaban más que el narco. Todas esas afirmaciones son terribles, dan vergüenza, provocan coraje y expresan harta ignorancia y odio de parte de quienes los profirieron.


Pero no oigo a quienes despepitan en contra del joven Castro decir nada sobre el hecho en que el diputado del PANAL, Héctor Alonso Granados llamara “señorita” y “homosexual discriminado” a un trabajador del Congreso del Estado de Puebla. ¿Eso no estuvo tan mal? Tampoco escucho a los mismos que vociferan contra el niño homofóbico decir ni pío sobre la postulación que hará el Movimiento Progresista al senado de Nuevo León, de Malaquías Aguirre López, cuyas expresiones homofóbicas le valieron el año pasado una reconvención por parte del Conapred, luego de que calificara como “maricones” a los diputados que se abstuvieron de emitir su voto durante una discusión hacendaria. ¿Eso no es homofóbico?


A pesar de nuestras posturas ideológicas, las que sean, en México, como sociedad, todos cojeamos de la misma pata, nos guste aceptarlo o no. Me incluyo en este plural de la primera persona, porque no soy de las que tira la piedra y esconde la mano. Hay personas abiertamente homofóbicas, y otras, por “usos y costumbres”. 

 Quizás no del tipo que cometería un crimen de odio y que quiere negarle a este grupo de personas sus derechos humanos, pero sí del tipo que propicia, propaga y promueve, sin que sea su intención, la homofobia como un estándard de nuestra sociedad.


Por supuesto que al leer esto, muchos levantarán la ceja con indignación y dirán: No, yo no soy homofóbico. Yo estoy a favor del matrimonio gay. Mis mejores amigos son gays. Pero seamos honestos, lector. ¿Ha contado o reído ante una broma sobre judíos, mujeres, homosexuales, negros, gringos, indígenas, personas con discapacidad mental?

 Después de todo, es sólo una broma, ¿no? A ver, sinceramente: ¿No alardean los hombres constantemente de no ser homosexuales, desmentir lo que hiciera falta para que nadie pudiera pensar lo contrario? Hombres, ¿no han  llamado “de broma” a un amigo con alguna de las tantísimas palabras que tiene nuestra lengua para referirse de forma florida a los homosexuales, jugando, retándolo a hacer algo, tal vez? ¿No ha usado como insulto, como sinónimo de cobarde, esas mismas palabras?


El lenguaje es el único medio que tenemos para saber lo que otros piensan y expresar lo que pensamos. Cuando manejamos un lenguaje homofóbico, cuando entramos en esa dinámica que sugiere que ser homosexual es negativo, un ser inferior o abominable: de allí que pueda funcionar como insulto llamarle a otro hombre así, cuando no cuestionamos el lenguaje; al contrario, cuando lo usamos sin más y lo aceptamos, cuando lo propiciamos y lo trasmitimos a las nuevas generaciones, somos cómplices. 

En otras palabras, podremos estar totalmente a favor del matrimonio gay y sin embargo, podemos contribuir a la discriminación contra los homosexuales al fomentar el lenguaje que los violenta, usando sin cuestionar toda la serie de palabras peyorativas contra los homosexuales, haciendo y riendo con los chistes o insultando a otros. 

Podemos escudarnos en “es sólo un dicho”, o “así se dice, pero yo no tengo nada en contra de los homosexuales”. Pero no desestimemos nunca el poder de las palabras, pues las palabras son ideas, son pensamientos, y las acciones derivan de lo anterior.
Decían las abuelas: entre broma y broma, la verdad se asoma. 

Freud estaría de acuerdo con la abuela. Para Michael Billig, profesor de Ciencias Sociales en la Universidad de Loughborough, el humor funciona como un muro de contención; esto es, el humor tiene su propia estética, moralidad y política. Por eso nos reímos de ciertas cosas o bien, no nos parece correcto burlarnos de otras. El humor, pues, refleja las políticas de una sociedad. 

Al mismo tiempo, el humor crea lazos, pero también brechas: nos reímos con los que consideramos nuestros iguales (bajo el parámetro que sea), y nos reímos de los que son distintos a nosotros: sea la familia política, los niños del sexo opuesto, los del equipo de futbol contrario, o los que practican una sexualidad distinta a la propia.


El peligro de la risa en las bromas racistas u homofóbicas promueve el antagonismo y la distancia entre quien odia y el sujeto odiado. De acuerdo con Freud, hay un conflicto fundamental entre lo que demanda de nosotros la vida social y las urgencias del instinto. 

La sociedad exige que lo sexual y lo agresivo sean suprimidos: en otras palabras, nuestro entorno social nos obliga a ser políticamente correctos ante los amigos, los parientes, los compañeros de trabajo, los correligionarios, etc. Pero, dice Freud, lo reprimido se termina disfrazando para así poder salir a la luz. Las bromas, al igual que los sueños y los “deslices de la lengua”, son todos deseos reprimidos. Por eso, cuando reímos de algo, a veces ni siquiera podemos explicar por qué lo hacemos. 

Freud decía que el auto-engaño subyace a nuestro disfrute del humor: nos gusta pensar que nuestro humor es moral al igual que nosotros mismos; nos gusta pensar que estamos inocentemente disfrutando de un chiste gracioso, pues después de todo, es “sólo una broma”. Sin embargo, la carcajada socarrona tiene un sonido agresivo que permite un placer momentáneo derivado de algo cruel. No es tan inocente.


Tal cual, las bromas tendenciosas nunca son “solamente una broma”. El ridiculizar a una minoría en un chiste (sean los homosexuales, las mujeres, los judíos, los indígenas, los obesos, etc.) tiene el rol de mantener un orden.

 Nadie quiere estar del lado de los ridiculizados, de los burlados. Así, el que rompe los códigos sociales (y en una sociedad como la nuestra, la norma es ser heterosexual) se expone al ridículo. De allí que el temor a ser ridiculizado y objeto de burla ayude a mantener el orden actual de las cosas. Por eso, para Freud, el humor, lejos de ser un acto rebelde, juega una función muy conservadora en la sociedad. Nos reímos de los otros para que no nos confundan con ellos, para dejar claro que entre ellos y nosotros hay una gran diferencia, que no somos iguales.


Podemos estar o no de acuerda con esta visión freudiana de las bromas. Podemos admitir o no el ser partícipes de bromas que hacen mofa de ciertas minorías, como la homosexual. 

 Podemos o no reconocer que hemos usado el lenguaje homofóbico, de juego o como insulto. Podemos decir que estamos tan imbuidos en la cultura y el lenguaje que no lo notamos, pero que nuestra intención es buena. Lo cierto es que la sociedad la conformamos todos y la homofobia se aprende, no sólo de las sotanas y los púlpitos, sino desde casa, desde los medios, desde los amigos y la gente cercana. Las ideas se transmiten a través del lenguaje. Las ideas se mimetizan. Dice la controversial Camille Paglia que el cambio social no es revolucionario, sino evolucionario.

 Los cambios sociales profundos toman tiempo, pues la cultura sólo puede cambiar poco a poco. Evolucionemos para mejorar: empecemos entonces a limpiar nuestro lenguaje para que no se nos cuele la homofobia ni por la puerta principal ni por las rendijas más pequeñas.

LILIANA V. BLUM 

fuente:http://lilianablum.wordpress.com/2012/06/09/imgres/

NOTA DEL EDITOR DE ESTE BLOG:
 
Conozco personalmente a la autora
desde hace varios años, cuando
llegó a Israel a recibir el Primer Premio
Internacional del Concurso de Narrativa
Breve de 'CICLA'. 

La considero mi amiga, mi 'sobrina'.

La admiro como persona fuerte, 
inteligente, talentosa, libre de prejuicios
y simpática, aunque ella a veces niega
lo de 'simpática' .

Este texto me pareció que debía ser
reproducido aquí, para que llegue al
máximo de lectores.

Este BLOG ya superó los 291.600
visitantes en casi 4 años de 
existencia.

FELICITACIONES MI QUERIDA AMIGA
LILIANA POR LA CLARIDAD DE TU
TEXTO .!!!!

Tío JOSE PIVIN
HAIFA, ISRAEL.