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viernes, 30 de octubre de 2015

Un cuento excelente de Emilio Baby: ERROR





EMILIO BABY

ERROR



Lo ví en el visor de mi máquina fotográfica. Sin pensar le dije:
-Mire para aquí, maestro.
Se dió vuelta y dijo:
-No se preocupe , amigo.
Reparé en el instante en mi error. No pude evitar sonrojarme y escondí mi cara detrás de la máquina pretextando enfocar.
Creyéndolo atraído por el zumbido de abeja maňosa que caracteriza la apertura del obturador, el gentío agolpado le abrió paso y se acercó a mí. Sus ojos sin luz pero con una mirada tremendamente fuerte estaban clavados en los míos. Entonces me dijo:
- Sí, yo todavía a veces miro pero no se con qué. No se preocupe. Si no la sabe, es fácil averiguar mi dirección. Venga a verme. 
Apenas pude balbucear 
-Si, maestro.
Se me hicieron largas las horas hasta el momento en que con mi máquina y la foto en la misma valija en una mano con la otra apretaba el timbre de la vieja casona del barrio de Belgrano.
Al rato por demás largo apareció una anciana con aspecto de pocas palabras y mucho examen en su arrugada cara.
- Hay un error, dijo. El maestro no invita a nadie sin que yo lo sepa.
Con un dejo de aquí se acabó la cosa, le dije:
- Pregúntele, por favor. 
Agregué con el último aliento:
- Vaya, sea buena.
Hacía ya calor a las nueve de la maňana cuando empecé a viajar hacia mi destino. A mediodía la ropa se había vuelto pegajosa y la luz de ese momento no era buena para un retrato bajo el sol. Da sombras muy duras.
Volvió la anciana. Abrió la puerta mas allá del ángulo de la primera desconfianza. Con la cabeza hizo un gesto corto, seco y desganado. Agregó:
- Pase.
Pasé. 
- Esa es la puerta del escritorio. Dentre nomás - con aire de derrota dijo la vieja.
Dije permiso y entré. El maestro estaba sentado y sonreía levemente.
- ¿ Sabe por qué lo invité? me dijo sin preámbulos.
- No, pero para mí es un honor, le dije.
La sonrisa se borró de sus labios sin color.
- Pensé que hoy no oiría pavadas. Esa ilusión se fue con el primer mate de la maňana. La eclipsó la estupidez nuestra de cada día. La ramplonería se queda ahí por que el río ya no admite mas porquerías. Seňor, lo invité por que usted dice ser fotógrafo. Posiblemente lo sea, pero lo que es seguro es que es un insolente.
A pesar del sentimiento de reverencia que me dominaba había entrado dispuesto a gozar del momento. No obstante cuando abría la boca apenas sin articular todavía ningún sonido, el gesto de su mano imponiendo silencio convirtió en acto mi intención de permanecer callado y no perder palabra.
- Si quiere sentarse por ahí hay una silla. ¿ Quiere un vaso de agua ?
No esperó por la respuesta. Decidido fue hasta la puerta y abriéndola dijo:
- Agua, por favor.
-Usted es un insolente, dijo, volviendo a su sillón. Continuó: - puede ver el brillo del sol en las crestas de las olas, el rojo del amanecer de un día de verano, espiar los ojos de su amada a través de las montaňas nevadas de sus senos. Quizá nació en Buenos Aires y si no, también, habrá visto que las esquinas no son rosadas, ese es un embuste mío que me causa mucha gracia, que las escamas de los bagres del Río de la Plata brillan como espejitos empaňados. Como el sol recorta las nubes y filtra sus rayos para besar la pampa y coagular la sangre de los mataderos. Pero usted no debe haber reparado en que el troley da bufidos y arroja olor a cansada goma quemada. Es posible que solo mire el chispazo en el cable y no entienda que es el quejido de fiera enjaulada aňorando lejanas tierras nativas.
- Sin importarles nada la santidad de la luz - siguió diciendo- los fotógrafos como usted son capaces de apresarla con ese artefacto ahora oriental y ayer alemán, hijo de bastardo padre francés y geisha abandonada, para quedarse con mi gesto que no me importa ni podré ver. Usted y los que son como usted osan convertir en sal la pequeňa e inocente porción de luz que atrapan para ejecutarla cruelmente, degenerándola ¿Cuántas mariposas atravesó usted con ese alfiler de libidinoso coleccionista? Lo que es asqueante y colma cualquier medida, su insolencia le hace decir que hay luces buenas y luces que no sirven. Mire, las únicas luces malas son creación de los peones del ominoso campo argentino, que se asustan de sus propias inocentes fantasías. Toda luz es buena. La luz es un torrente de pureza mancillada por eso que llaman postmodernismo. Así como le digo, si yo pudiera ver con mis ojos jamás diría que la luz hiere mis pupilas. Viviría ese instante como una orgía angelical, por efímero que fuese. Mi sonrisa sería eterna.
Sin dejar de prestar toda la atención de que era capaz, sin dejar de escuchar, recorrí el cuarto con mi mirada como en puntas de pie. No entraba luz por la ventana oculta por una pesada cortina y sobre el escritorio no había lámpara alguna.
Sobre la alfombra yacía mi valija con el equipo fotográfico y la foto del día anterior. No me atreví a tocar ni una ni otra. Habían tomado para mí un significado distinto. Algo las hacía detestables. La cámara instrumento paralizante de la luz y la foto como una afrenta ante la ciega mirada del maestro. 
Una jarra de agua y dos vasos aparecieron sobre el escritorio inadvertidamente. En uno de los vasos se reflejaba un rayo de luz que se reflejó en la cara del maestro. Bebimos en silencio. 
- Ahora, vaya nomás, dijo. Pero venga cuando guste. Estoy seguro que juntos algunas cosas podremos ver. Porque, ¿sabe? Hizo una pausa Los escritores somos mas insolentes que los fotógrafos. ¿ Puede usted con su miserable cámara narrar las andanzas de una mano en un bolsillo ajeno? ¿ O decir algo sobre la sensación de Robespierre oyendo el silbido de la hoja de la guillotina antes de caer sobre su nuca?
Ustedes frenan el movimiento. Los escritores somos padres de la dináminca de cualquier cosa que se nos ocurra. La fornicación de un muerto con un ángel ¿podría usted fotografiarla? ¿Puede usted? 
Me fui. En el camino de regreso, al pasar por una compraventa permuté mi equipo fotográfico por una maquinita de escribir, que muy poco después abandoné por inservible. Antes de entregarla, retiré de la valija la foto del maestro, que todavía conservo. 
Al llegar a casa, sonó el teléfono. Cansado, descolgué el tubo y dije
- Hola.
Del otro lado la voz del maestro que decía:
- Venga a verme. Quiero que me saque una foto.

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N.D.E.: El autor es contador público y 
abogado argentino. Tambien es 
abogado israelí. 

Narrador y poeta, reside actualmente 
en Haifa,Israel.
Este cuento lo recibí directamente de
Emillio Baby, al que agradezco y 
felicito , y  fue publicado en mi  
Revista Digital "PAGINA 1",
ejemplar Nro. 40.

domingo, 19 de abril de 2015

EMILIO BABI: Proyecto.


Proyecto.

por EMILIO BABI*

Gastó su pequeňa fortuna en 
eso. 
Quedó sumamente 
comprometido con el banco, 
pidió plata a sus amigos, a su 
familia y se animó hasta con 
su suegra. Todo lo que obtenía lo metió en eso. Rompió el chanchito de su hijo, ni contó las monedas. Pidió adelantos en el trabajo, encontró duramente otro trabajo extra, se tentó de pedir por la calle y se dijo interiormente que pronto lo haría. Dijo hay que comer menos, si, por la salud y por el ahorro de dinero. Sin eufemismos ni circunvenciones. 

El está haciendo algo importante, dijo su mujer a una vecina. No me dice qué, pero yo sé que llegado el momento me lo dirá. Aunque nunca antes lo ví así. 

No, no hacemos el amor, dijo su mujer a su mejor e íntima amiga. Algo falta. Lo veo distante. 

Gastón ya no es el empleado devoto que era antes, dijo su jefe a su subjefe. Le hablo y no me escucha. Quizás esté un poco sordo. Aunque oir me oye. 
Ya no viene a jugar póker, se dijeron sus amigos. Ni contesta el teléfono. Ni lava el auto. 

Error. Lo lavó para venderlo y lo vendió. La plata, la pasta, que era bastante, la metió en eso.
 
Un día se mató. A propósito, con una pistola vieja, un tiro en la sien.
 
De esa forma terminó el proyecto. Y dejó para siempre en su banco su saldo en rojo.
 
Aún después de muerto llegaron facturas por correo. Compra de cristales de radio, condensadores, hierro para chasis, cientos o mas de tornillos, destornilladores, pinzas, hasta un torno y dos prensas y un par de trefiladoras última generación. En conjunto explicaban por qué sus ausencias nocturnas, sus regresos de madrugada, despeinado, con las manos sucias oliendo a aceite y químicos diversos. Su mameluco manchado, sus botines polvorientos.

Pasado el duelo, el llanto, quedaron sus cosas. Cosas en carpetas, biblioratos, anaqueles, todo papel, cartón, lápices, lapiceras, escuadras, relojes, computadoras 
prendidas y apagadas, laptops cerradas y abiertas. 

Las manos de su mujer, que ya no eran las manos de antes, pintadas sus uňas, tersas, perfumadas, ahora arrugadas, blancas de muerte sostenían ante sus ojos irritados una carpeta rotulada “Proyecto de máquina para atrapar al tiempo”.













(*) EMILIO BABI, 
 contador público nacional 
 y abogado (ambos en
 Argentina. Reválida en Israel: 
 Abogado. Tres títulos 
 academicos.

 Escritor aficcionado y 
 talentoso. 
 Reside en Haifa, Israel.


viernes, 18 de julio de 2014

JULIO CORTAZAR- 'CASA TOMADA'- cuento

















Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.

Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.
Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.

Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.

Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.

Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:

-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.

Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.

-¿Estás seguro?
Asentí.

-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.

Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.

Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.

-No está aquí.

Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.

Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.

Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:

-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?

Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.
(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.

Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. 

Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)

Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. 

Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.

No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.

-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. 

Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.

-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.

-No, nada.

Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.

Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.

FIN

fuente: CIUDAD SEBA- cuento completo
ilustración: Nora Borges (la hermana de Jorge Luis Borges)

domingo, 10 de enero de 2010

Mónica Russomanno: Historias versas y perversas




INOCENCIA



El siempre ha habitado el bosque. Este bosque. Este bosque que es, precisamente, lo que la palabra bosque nombra. Le mot juste, la palabra precisa.
Ha deambulado largamente por la foresta frondosa de gacelas de patas temblorosas y de almendrados ojos titilantes; ha transitado los senderos de pájaros de plumaje fantástico. Ha visto virar las hojas desde el espléndido verde al rojo ígneo, en atardeceres que fueron ocasos y también otoños de ardiente puesta del día.


Solo es. La dulzura del aire se ofrece a sus pulmones limpios, la soledad no es una jaula estrecha. La soledad es este bosque interminable que se ofrece en sonidos y en imágenes de sólida belleza, intacta belleza. Cada día es el primer día. La lluvia limpia el universo cada vez.


No conoce la pérdida del acostumbramiento. Cada erguido árbol, cada arbusto retorcido le brinda nuevos deleites en insectos que danzan el aire, en frutos de esférica alegría, en tiernas raicillas que dibujan evanescentes formas fundidas a la perfecta simetría de las telas de araña.


Ah la alegría de las gotas de rocío capturando la primera luz, la última luz.
Solo es. La soledad no le aferra el pecho, no estrecha sus costillas. La soledad no lo abraza con su estrangulamiento de enredadera. No sabe que está solo, y ello lo mantiene salvo de su oscuro veneno.


Siente el gozo de la tierra debajo y del firmamento curvo que dibujan su mundo de capullo cóncavo.


Solo es. Nada lo requiere con premura. Puede demorarse y fluir, puede transcurrir mansamente. Nada lo inquieta.


El ojo de agua en la espesura espeja el mundo. Mira la superficie y se ve a sí mismo como si no se viera. La presencia del otro no lo inquieta. Ve su imagen y es su imagen. No existe la obligación de hallar compañía en el espejo, no lo aferra la bíblica promesa, la bíblica maldición del apareamiento. Solo es.
Único y completo, solo es.

En su universo habita hasta ahora. Este ahora que le ofrece una muchacha casi niña entredormida, entrevista, entresoñada en su lecho de trébol húmedo.
Súbitamente una muchacha casi niña, ingenuidad de melodía sin semitonos en la súbita muchacha entrevista, entredormida, entresoñada.
Súbita muchacha en el lecho de trébol húmedo.

Jóvenes brazos de luna nueva, blancas curvas, tierna postura sedente.
El bosque expone el secreto de la niña clara, aliento de helecho matutino, escultura blanda. De pronto el bosque expone su secreto.


Es la doncella florida, la arcilla dócil, la forma exacta. De pronto el bosque halla su expresión en una criatura que lo resume.
Se acerca con pasos breves.


La recorre tocándola con la mirada, y allí están los anocheceres oscuros, las promesas de la fronda susurrante, la convergencia de los caminos y las aves aleteantes. Todo en ella está. Cada gesto suave de los largos tallos ondulados, cada aroma de fruta madura. Todo en ella se manifiesta.

El bosque es esta figura extendida, y lo contiene como un minúsculo camafeo.
Se acerca con pasos breves. Descansa la cabeza en el regazo de miel y nido. Siente por primera vez que ha estado solo, siente que esta niña le falta, que la añora desde ahora, cuando su cabeza reposa en un estrecho contacto que ya es separación y lejanía.


Ha recibido la amarga revelación de que él es un ser entre los seres, la demorada maldición de saber su individualidad. La condenación lo alcanza en este instante en que ya no es el bosque sino que increíble, atrozmente está en el bosque.
Decir que los hombres mataron al unicornio es acaso un agregado innecesario.

MONICA RUSSOMANNO


del Libro: Historias Versas y Perversas, Edit. ATE, SANTA FE, 2009, Argentina


Monicarussomanno@hotmail.com