Mostrando entradas con la etiqueta DICTADURA ARGENTINA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta DICTADURA ARGENTINA. Mostrar todas las entradas

jueves, 4 de septiembre de 2014

ARGENTINA: JORGE LUIS BORGES Y SU COMENTARIO SOBRE UN JUICIO ORAL A TORTURADOR DE DETENIDOS DURANTE LA JUNTA MILITAR ARGENTINA : "Lunes, 22 de julio de 1985"


















"He asistido, por primera y última vez, a un juicio oral. Un juicio oral a un hombre que había sufrido unos cuatro años de prisión, de azotes, de vejámenes y de cotidiana tortura. Yo esperaba oír quejas, denuestos y la indignación de la carne humana interminablemente sometida a ese milagro atroz que es el dolor físico. Ocurrió algo distinto. Ocurrió algo peor. El réprobo había entrado enteramente en la rutina de su infierno. Hablaba con simplicidad, casi con indiferencia, de la picana eléctrica, de la represión, de la logística, de los turnos, del calabozo, de las esposas y de los grillos. 

También de la capucha. No había odio en su voz. Bajo el suplicio, había delatado a sus camaradas; éstos lo acompañarían después y le dirían que no se hiciera mala sangre, porque al cabo de unas “sesiones” cualquier hombre declara cualquier cosa. Ante el fiscal y ante nosotros, enumeraba con valentía y con precisión los castigos corporales que fueron su pan nuestro de cada día.

 Doscientas personas lo oíamos, pero sentí que estaba en la cárcel. Lo más terrible de una cárcel es que quienes entraron en ella no pueden salir nunca. De éste o del otro lado de los barrotes siguen estando presos. El encarcelado y el carcelero acaban por ser uno. Stevenson creía que la crueldad es el pecado capital; ejercerlo o sufrirlo es alcanzar una suerte de horrible insensibilidad o inocencia. Los réprobos se confunden con sus demonios, el mártir con el que ha encendido la pira. La cárcel es, de hecho, infinita.De las muchas cosas que oí esa tarde y que espero olvidar, referiré la que más me marcó, para librarme de ella. Ocurrió un 24 de diciembre. Llevaron a todos los presos a una sala donde no habían estado nunca. No sin algún asombro vieron una larga mesa tendida. Vieron manteles, platos de porcelana, cubiertos y botellas de vino. Después llegaron los manjares (repito las palabras del huésped). Era la cena de Nochebuena. Habían sido torturados y no ignoraban que los torturarían al día siguiente. Apareció el Señor de ese Infierno y les deseó Feliz Navidad. No era una burla, no era una manifestación de cinismo, no era un remordimiento. Era, como ya dije, una suerte de inocencia del mal.¿Qué pensar de todo esto? Yo, personalmente, descreo del libre albedrío. 
Descreo de castigos y de premios. Descreo del infierno y del cielo. Almafuerte escribió: Somos los anunciados, los previstos si hay un Dios, si hay un punto Omnisapiente; ¡y antes de ser, ya son, en esa Mente, los Judas, los Pilatos y los Cristos! Sin embargo, no juzgar y no condenar el crimen sería fomentar la impunidad y convertirse, de algún modo, en su cómplice.

Es de curiosa observación que los militares, que abolieron el Código Civil y prefirieron el secuestro, la tortura y la ejecución clandestina al ejercicio público de la ley, quieran acogerse ahora a los beneficios de esa antigualla y busquen buenos defensores. No menos admirable es que haya abogados que, desinteresadamente sin duda, se dediquen a resguardar de todo peligro a sus negadores de ayer."

Jorge Luis Borges



10 de Agosto 1985 | Edición impresa | EL PAÍS

miércoles, 23 de marzo de 2011

24 de Marzo 1976 - 24 de Marzo 2011- ARGENTINA


1)

El golpe militar de 1976: 35 años después


Por Atilio A. Boron


Es importante, al cumplirse 35 años del golpe, continuar ejercitando la memoria. El olvido o la negación sólo servirían para facilitar la repetición de tan atroz experiencia. Recordar y actuar, pero sin limitarnos a las manifestaciones políticas del terrorismo de Estado y sus políticas de exterminio. Hay que llegar al cimiento sobre el cual éstas se construyeron: el proyecto neoliberal, que para prevalecer requiere de una dosis inaudita de violencia y de muerte. Gracias a la anulación de las leyes de punto final y obediencia debida algunos de los tenebrosos ejecutores del plan genocida están entre rejas, pero hasta ahora sus instigadores han logrado evadir la acción de la Justicia. Hoy, veintiocho años después de recuperada la democracia, ya no es mucho lo que se puede hacer teniendo en cuenta la edad de los principales responsables. Esta es una de las lecciones para recordar: se juzgó a los responsables del terrorismo de Estado, y en ese sentido es importante destacar que en esta materia la Argentina se ubica indiscutiblemente a la vanguardia en el plano internacional. Pero los instigadores y beneficiarios del terrorismo económico y sus cómplices, en los medios, en los partidos, los sindicatos, la Iglesia, la cultura y las universidades, han disfrutado, hasta ahora, de total impunidad. Se ha juzgado y condenado a quienes fueron su instrumento, pero dejando de lado el enjuiciamiento a quienes pusieron en marcha un plan que sabían muy bien sólo lograría imponerse mediante la más brutal violación de los derechos humanos. El proceso llevado a cabo en el caso de Papel Prensa es un avance, así como algunas causas en las cuales se ha involucrado a Martínez de Hoz; pero siendo importantes son insuficientes. Esta es una de las asignaturas pendientes que debe ser aprobada cuanto antes. Ojalá que la discusión suscitada por este luctuoso aniversario pueda servir para profundizar la investigación sobre los instigadores y cómplices antes de que sea demasiado tarde.



La experiencia internacional de países como Alemania, Italia, España y Portugal demuestra que los legados autoritarios no son de fácil o inmediata asimilación. Son procesos de largo plazo y, en nuestro caso, se impone averiguar cuáles son las herencias que ha dejado una experiencia tan traumática como la de la última dictadura militar. Es razonable suponer, por ejemplo, que algunos de los crímenes más estremecedores de los últimos tiempos como los asesinatos de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki, del maestro Carlos Fuentealba, del joven Mariano Ferreyra, de los aborígenes qom en Formosa, o el de los ocupantes del Parque Indoamericano, amén de las desapariciones de Julio Jorge López y Luciano Arruga, son ecos luctuosos de aquel desgraciado período de nuestra historia. Otros legados, como la impunidad castrense, fueron metabolizados y superados, pero los absurdos privilegios de que goza la renta financiera, anclados en la Ley de Entidades Financieras de Martínez de Hoz, insólitamente vigente luego de tantos años, continúan ejerciendo su perniciosa influencia, al igual que la extranjerización de los principales sectores de la vida económica, la inequidad del régimen tributario y el despojo de las riquezas nacionales. Una herencia particularmente gravosa de aquel aciago período es la destrucción del Estado nacional, obra en la cual lo iniciado por la dictadura –recordar su consigna: “achicar el Estado es agrandar la nación”– adquirió inédita profundidad y ribetes escandalosos durante el decenio menemista. Los gobiernos sucesores sólo tímidamente emprendieron la urgente y necesaria tarea de reconstruir al Estado, misión imposible sin una reforma impositiva que asegure el adecuado financiamiento del aparato estatal. De ahí la paradoja, que no pasa inadvertida para nadie, de una economía que crece aceleradamente en convivencia con un Estado muy pobre que, por ejemplo, debe confiar en las declaraciones de los oligopolios petroleros o mineros para saber cuál es el monto o la cuantía de sus exportaciones, porque ni el Estado nacional ni los estados provinciales disponen de los recursos humanos y técnicos para dicha tarea; o que depende de otro país para imprimir el papel moneda que necesita su población. Acabar con este deplorable legado es una de las tareas más urgentes: sin un Estado reconstruido y dotado de los recursos que exigen sus múltiples y esenciales funciones, difícilmente la bonanza económica podrá traducirse en progreso social.


fuente: pagina12.com- 24 de Marzo 2011


2)



De qué hablar



Por Eduardo Aliverti



Hay que dejar de hablar del golpe, únicamente, como la instancia más trágica de la historia argentina. Hay que animarse, de una buena vez por todas, a opinar que en algunos o varios aspectos pasamos a ganar. Pero por favor: no confundir esa apreciación con los juicios de quienes estiman que ya están podridos de que (les) hablen de la dictadura. Porque se trata justo de lo contrario.



La bestialidad de lo parido hace 35 años, o un poco antes, es precisamente lo que hace resaltable cierto aspecto del presente. En lo personal, incluso, quien firma se pasó la mayor parte de estas tres décadas y media, en casi cada uno de estos aniversarios, dedicando sus columnas a advertir más que nada sobre la sobrevivencia de lo que la dictadura dejó. La destrucción del aparato industrial; el ninguneo masivo a participar o comprometerse en política, por fuera de aquella primavera alfonsinista que en verdad fue un veranito; la profundización del desprecio ideológico, racista, hacia la actividad sindical y ante los desesperados llamados de atención de los excluidos; la discursividad facha de una vasta clase media (¿Macri no es acaso el hijo civil perfecto de los milicos?); el deterioro de la movilidad social ascendente, quitadas las fantasías patéticas del uno a uno de la rata; la precarización laboral. Puestos en el orden que se quiera, esos y otros componentes son inescindibles del punto de inflexión que significó la dictadura. Aun ahora cabe tener la seguridad o la certidumbre de que en el ámbito educativo en general, por las fallas objetivas y subjetivas que fueren, permanece potente –en el mejor de los casos– la idea y traslación de que hace 35 años aparecieron, desde la nada misma, asesinos lunáticos y capaces de esparcir una de las carnicerías humanas más alucinantes del siglo XX. ¿Cuántos y cómo son hoy los docentes (y comunicadores, y periodistas, y referentes “culturales”, y etcétera) que no saben o no quieren explicar que la mayor tragedia de nuestra historia fue producto de la necesidad y vocación de la clase dominante, para acabar por medio del terror y de raíz –creyeron– con todo signo de rebeldía que anidara en las entrañas y en la militancia activa de una porción de esta sociedad?



Como habíamos propuesto al comienzo: esa bestialidad de los mandantes de los milicos, de los grandes grupos económicos que pusieron todo el gabinete del golpe, y toda la jerarquía eclesiástica para bendecir las torturas, y toda la complicidad directa de los emporios de prensa (que viene ser todo lo mismo), obliga a animarse no solamente a la pregunta de cuánto de aquello sigue vivo sino –por fin– a la de cómo fue y es probable que tenga tanto de muerto. Y la respuesta directa es que apareció una normalidad o anomalía, susceptible de sacar de quicio a quienes, durante 200 años, se acostumbraron a la victoria final e inevitable de sus intereses. De sus ganancias fáciles de país agroexportador, y listo. De sus estratagemas comunicacionales. De su seguridad de tenerla más larga, siempre. Nadie dice que al final (¿qué es el final?) no vuelvan a tener razón. Pero por lo pronto, alguien, algo, les metió una baza después de tanto tiempo. Alguien, algo, les produjo diarrea. Habrá sido que se les fue la mano en su canibalismo de clase parasitaria, en su impericia dirigencial para heredarse, en su exceso de confianza. En no darse cuenta de que había espacio para la aparición de un outsider que leyera la realidad mejor que ellos. Como sea, algo (les) pasó como para que, a “nada más” que 35 años, lo persistente del golpe que dieron conviva poco menos que en desventaja con lo que cambió.



Tantos milicos a quienes ya no tienen como última reserva de la Patria. Tantos pibes que no les tienen miedo. Tanto que dependen de unos medios y unos periodistas en los que se cree cada vez menos. Tanto que el enamoramiento de las astronómicas tasas de interés de la etapa neoliberal empieza, de a poco, a compartir novia con un modelo que privilegia el mercado interno, al punto de quebrarles varios de sus frentes corporativos (la UIA, la Mesa de Enlace). Tanto problema para encontrar dirigentes políticos que les obren de gerentes: hay, pero no convencen a la sociedad. También disponen de caudillos sindicales del viejo aparato burocrático que se resiste a morir, pero que carece del peso de otrora.



Y tanto boludo ideológico, por ser en extremo suaves, que dice que todo eso que cambió, o va cambiando, compele a dejar de hablar de la dictadura, cuando precisamente se trata de hablar más que nunca para tener noción de por qué cambian las cosas.




FUENTE: Pagina12.com
24 de Marzo 2011

lunes, 15 de marzo de 2010

Una investigación indaga el rol de la comunidad judía de Buenos Aires en la Dictadura Militar argentina




"Zikaron-Memoria. Judíos y militares bajo el terror del Plan Cóndor´", de Guillermo Lipis, revisa cómo las Fuerzas Armadas apuntaron contra esa comunidad y la eventual complicidad de su dirigencia.


Datos como que algunos sectores de la comunidad judía de la Argentina estaban sindicados como una "organización terrorista y/o política de otro país" en apoyo a grupos que operaban en la zona del Plan Cóndor; que la dirigencia de la DAIA estaba enterada del golpe de Estado que se perpetraría en 1976, desde fines de 1975 por un encuentro sostenido con el almirante Massera; o la lista de nietos de ascendencia judía apropiados por los militares son algunos de los datos reveladores que se presentan en el nuevo libro 'ZIKARON-MEMORIA. Judíos y militares bajo el terror del Plan Cóndor', que acaba de lanzarse en el mercado local.

Estas y otras informaciones -que se conocen gracias a esta investigación periodística realizada por Guillermo Lipis y que editara Ediciones del Nuevo Extremo- se enmarcan en la propuesta del autor que destaca la sobre- representación de argentinos de origen judío y afirma que "esas desapariciones perpetradas durante la dictadura no fueron una mera casualidad".

El número de jóvenes judíos desaparecidos se estima entre 1800 y 2000 sobre un total de 30.000, por lo que se considera que fue la minoría comunitaria más golpeada en términos de desapariciones.

"Existen múltiples testimonios en los que la dirigencia judía de aquella época especificaba que la colectividad estaba floreciente, que habían logrado sostener las actividades de las instituciones y que nadie era secuestrado por judío sino que una vez que era detenido y se conocía su perfil identitario entonces recién recibía una mayor dosis de torturas", explicó el autor.

"La dirigencia de esta colectividad hacía referencia a bolsones de antisemitismo enquistados en las fuerzas de seguridad, pero no tildaba estructuralmente de antisemita a los gobiernos de facto", agregó Lipis.

Recorriendo algunos documentos desclasificados de aquella época Lipis observó, por ejemplo, que la DAIA expresó, en una reunión con ex combatientes judeo-americanos, el 3 de noviembre de 1977 en la embajada de los Estados Unidos, que "el antisemitismo no es una política de gobierno".

¿Qué pasó que mientras la comunidad desarrollaba una vida aparentemente normal, la dirigencia no supo ver a las desapariciones como el emergente antisemita de los gobiernos militares?, se interroga en el libro.

Algunos observadores y sobrevivientes de la época aportaron sus pareceres al respecto. Para Leonardo Senkman, investigador de la Universidad Hebrea de Jerusalén, "la dirigencia manejaba conceptos clásicos de antisemitismo y las desapariciones o la estadía en los centros clandestinos no revestían formas tradicionales. Para ellos antisemitismo era el de Tacuara, López Rega o las notas de la revista Cabildo".

Marcos Weinstein, padre de Mauricio -uno de los dos israelíes desaparecidos- y cofundador de la Asociación de Familiares de Desaparecidos Judíos, expresó que "se comportaron como una estructura de poder que pensó que si los grupos represivos del Estado no atacaban a las instituciones, entonces no podía hablarse de antisemitismo".

El volumen editado incluye la "Carta compromiso de la DAIA entregada a los familiares de detenidos-desaparecidos judíos argentinos" en la que reconocieron "desaciertos" en la gestión institucional durante la dictadura.

"Sin duda -dijeron entonces- que en épocas o circunstancias difíciles es probable que los errores resulten más evidentes o frecuentes, particularmente si se los analiza retrospectivamente. ...Sentimos la obligación -continuaba el escrito- de dirigirnos a los familiares de los judíos desaparecidos durante la última dictadura militar para hacerles saber que, de nuestro análisis crítico, surge que... más allá de la predisposición para asumir cargos de conducción comunitaria en esa época y de la dedicación de los dirigentes que tuvieron tales responsabilidades en DAIA durante la dictadura militar, tanto en relación a dichos desaparecidos como respecto de sus familiares, la política institucional, más allá de buenas intenciones y de salvaciones que impidieron desapariciones, tuvo variados desaciertos...".

Los familiares de los desaparecidos nunca respondieron sobre aquel frágil intento reparatorio.

¿Qué hubo entre esas 2000 desapariciones y la idea de que todo estaba "floreciente"? se pregunta el autor.

"Entre las 2000 desapariciones y esa comunidad 'floreciente' -explicó el autor- posiblemente haya habido un espacio de laxitud política provocada por la inacción, la parálisis, el temor o una mala lectura de la realidad que produjo que entre una punta y la otra se colaran esas almas, que no fueron otra cosa que 2000 oportunidades perdidas de salvar vidas y tomar otro tipo de conciencia o actitud ante la tragedia que padecía la Argentina y la comunidad judía en particular".

fuente:http://www.clarin.com/diario/2010/03/15/um/m-02159952.htm