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domingo, 26 de mayo de 2013

WITOLD GOMBROWICZ Y JUAN CARLOS GOMEZ, 'EL FIEL GOMA'.

El fiel Goma



 Por Juan Forn
Decía Gombrowicz que, cuando un polaco obtiene placer de una pequeña cantidad de bebida y de comida, su reacción instantánea es beber y comer diez veces más, para ser fiel al placer. Decía Gombrowicz que un polaco es una víctima de sus ideales, alguien que hace de la realidad una locura. Así era Juan Carlos Gómez, el fiel Goma. Debajo del pacífico matemático retirado, argentino de toda la vida, había en el fiel Goma un polaco loco que sólo salió a la luz cuando, ya jubilado, creó el club de los gombrowiczidas.
Hay dos hechos decisivos en la estancia de Gombrowicz en la Argentina. Como bien se sabe, Gombrowicz llegó en barco a Buenos Aires en 1939, dispuesto a dar una conferencia, hacerse unos pesos y volver a Polonia, pero vino la guerra y quedó varado acá. Al principio no podía volver; después no quería. Durante esos veinte años le dio la espalda al establishment literario local, y a la vez dejó que una pandilla de amigos tradujera su novela Ferdydurke, de a varios, en una mesa del café Rex, con él de cuerpo presente, porque ninguno sabía mucho polaco. Se peleó con todos después, pero la traducción lo dejó insólitamente conforme. Piglia dice que ese Ferdydurke en castellano es la mejor novela argentina del siglo XX. Otros prefieren pensar que la verdadera obra maestra de Gombrowicz en nuestro país fue su Diario argentino (el efecto de nuestra idiosincrasia sobre la suya, la extraordinaria permeabilidad e impermeabilidad que tenía ese polaco), pero hay quienes piensan que la verdadera carga de profundidad que dejó Gombrowicz para que estallara después de su partida fueron los cuatro discípulos que lo despidieron en el puerto en 1961, los únicos que lo aguantaron de verdad, esos cuatro jovencitos a quienes les gritó desde la borda del barco que lo llevaba a Europa a triunfar: “¡Maten a Borges!”. Ya convertidos en señores mayores, Alberto Fischerman los juntó a los cuatro en 1986, los filmó durante una noche entera y le salió una película extraordinaria sobre el efecto que Gombrowicz había tenido en ellos.
Ninguno había matado a Borges, ni a Gombrowicz, ni a nadie. A ninguno parecía pesarle demasiado: ni a Mariano Betelú, ni a Dipi Di Paola, ni a Alejandro Russovich. Pero al fiel Goma sí. Hizo falta sin embargo que pasara el tiempo, que Gómez se jubilara, que tuviera tiempo de sobra, para que el polaco loco le saliera de adentro. Todo empezó cuando publicó en 1999 las Cartas a un amigo argentino que Gombrowicz le fue enviando desde Europa hasta que murió, en 1969. Gómez se quedó con ganas de decir cosas en el prólogo de ese hermoso libro, así que se sentó a escribir un libro entero sobre Gombrowicz, que tituló Ese hombre me causa problemas. Cuando lo terminó sintió que le seguían quedando cosas por decir y ya se había asqueado de las miserias del mundo editorial, así que inventó los gombrowiczidas: eligió a siete “magníficos”, que luego fueron nueve, once, trece y siguieron creciendo hasta alcanzar un número indeterminado, y empezó a mandarles por mail, todos los días, un fragmento de su nuevo libro, que también iba creciendo de manera ingobernable. El tema excluyente de esos mails era Gombrowicz, cada libro que había escrito, cada palabra que había dicho o que habían dicho sobre él, cada persona que lo había conocido (en Polonia, en Argentina y en Alemania y Francia después), pero sobre todo Gómez practicaba el gombrowiczismo a ultranza: el desafío vitriólico permanente contra el mundo, incluyendo a sus corresponsales.
Durante por lo menos siete años recibí cada día, incluyendo los domingos, un mail (y muchas veces más de uno) de Gómez en mi casilla. Todos los santos días durante siete años. Siempre eran inmoderados, a veces un poco agotadores en su obsesión o su veneno, pero por lo menos una vez a la semana venía uno formidable. Gómez usó a Gombrowicz para explicarse el mundo y el sinsentido del mundo: era su Aleph y su I Ching, su condena y su agujero negro. Gómez fue Gombrowicz: como él, ofendió o hartó a más de la mitad de sus corresponsales con sus diatribas, inevitablemente empezó a repetirse en determinado momento pero siempre había que leerlo porque en el momento menos pensado venía un relámpago. Y de pronto un día, de hace un año o dos, se calló. “Ya no queda jugo que sacar del viejo”, dicen que dijo a su familia. “Sólo me queda esperar la muerte al sol”. Se refería al jardín de su casa, a sus plantas, a sus perros, a sus hijos, a sus nueras y a su inagotable esposa Elida. En el aire de ese jardín fueron esparcidas las cenizas de Gómez la semana pasada. Su familia anunció el hecho con palabras hermosas, que están en Internet, como todo el paquete gombrowiczidas (véase www.elortiba.org).
Hace poco se anunció que el promedio actual de vida en la Argentina es de 78 años. Gómez los cumplió el 26 de noviembre y el 2 de diciembre dijo chau, fiel hasta la muerte al cálculo estadístico y a la joda vitriólica que conformaban su bipolar naturaleza argentopolaca. Por una vez en su larga relación con los gombrowiczidas, el fiel Goma les cedió la última palabra. Sólo queda una cosa por decir: Gombrowicz ha muerto, larga vida a Gombrowicz.


fuente: Pagina 12.com.ar
siguiente Viernes, 14 de diciembre de 2012 

LOS SUBRAYADOS DE GOMBROWICZ: Sobre héroes y tumbas” Cía. General Fabril Editora 1961



 

"LOS SUBRAYADOS DE 

GOMBROWICZ"




“Sobre héroes y tumbas”

  de Ernesto Sabato  

Cía. General Fabril Editora  1961


Los subrayados han sido 
publicados en Polonia por 
“Twórczosc” en julio de 1999




Pag.18 –Que no siempre suceden cosas, que casi nunca suceden cosas, (...) tuve la sensación nítida de que acababa de suceder algo (...) ya no era la misma persona que antes. Y nunca lo volveré a ser.

Pag.20 –Ya que no bastan –pensaba– los huesos y la carne para construir un rostro (...) por todo ese conjunto de sutiles atributos con que el alma se revela a través de la carne (...) en el instante mismo en que alguien muere, su cuerpo se transforma bruscamente en algo distinto (...) Pues no son las paredes ni el techo ni el piso lo que individualiza la casa sino esos seres que la viven con sus conversaciones, sus risas, con sus amores y odios (...) ya que el alma no puede manifestarse a nuestros ojos sino por medio de la materia, y eso es una precariedad del alma pero también una curiosa sutileza. Y de esa inevitable manifestación carnal del alma, de esta incapacidad del alma para vivir al estado puro quizá sea posible concluir que es algo esencialmente distinto del espíritu, ya que éste sí, desde su olímpico y ascético reducto, allá arriba, en el mundo de las puras ideas, de la pura belleza y de la verdad pura, eterno y solitario, tiene existencia propia y mira seguramente con desdén nuestra propia carne. Y acaso también con asco y espanto.

Pag.21 –Espanto, desdén y asco que no sólo han de referirse al cuerpo sino, y sobre todo, al alma, pues muy a menudo, por no decir casi siempre, el alma es arrastrada por las tempestades del cuerpo o quizás sea la causa misma de esas tempestades. O, más probable, ambos como cómplices inseparables, son a la vez causantes y actores de esos impuros y generalmente atroces movimientos de los hombres.

Pag.25 –(...) es el resultado de una combinación monstruosa de hechos suficientemente dolorosos como para producir el llanto (y aún el desconsolado llanto) y de acontecimientos bastante grotescos como para querer transformarlo en risa.

Pag.29 –(...) pesimista en cierne como corresponde a todo ser purísimo y preparado a esperar Grandes Cosas de los hombres en particular de la Humanidad en general.

Pag. 30 –(...) sufren en silencio y con dignidad suprema su muerte de auténticos desdichados. Como esos hombres silenciosos y solitarios que a nadie piden nada y con nadie hablan, sentados y pensativos en los bancos de las grandes plazas y parques de la ciudad (...) que meditan y a su manera acaso replantean los grandes problemas (...) En virtud de ese notable atributo que tiene el universo de independencia y superposición, de modo que mientras un banquero se propone realizar la más formidable operación (...) un pajarito, a cien pasos de distancia de la Poderosa oficina, anda a saltitos sobre el cesped del parque Colón.

Pag.31 –(...) resulta milagroso que tantas especies de seres puedan nacer, desenvolverse y morir sin conocerse, sin odiarse ni estimarse, en las mismas regiones de universo...

Pag.32 –(...) que el absoluto no existe (...) y su propia soledad ante la muerte.

Pag.35 –(...) en ese presente prematuro (como si el tiempo se divirtiese presentándose antes de lo debido), para que la gente haga representaciones tan grotescas.

Pag.42 –(...) ésos son los que sufren por el resto. Y el resto son nada más que hichapelotas, hijos de puta o cretinos ¿sabés?

Pag.52 –Su memoria está compuesta de fragmentos de existencia, estáticos y eternos: el tiempo no pasa, en efecto, entre ellos, y cosas que sucedieron en épocas muy remotas entre sí están unas junto a otras vinculadas o reunidas por extrañas antipatías y simpatías...

Pag.97 –Me gusta la gente fracasada. El triunfo... tiene siempre algo de vulgar y horrible.

Pag.109 –(...) casi feliz. Pero inmensamente.

Pag.132 –(...) pues nunca (sostenía) somos la misma persona para diferentes interlocutores, amigos o amantes.

Pag.137 –(...) ¿cómo saber quién va a encarnarse en el cuerpo de nuestros hijos?

Pag.138 –Pero que raramente las palabras pronunciadas responden con exactitud a lo que sentimos en lo más recóndito de nuestro espíritu.

Pag.139 –La verdad, se decía, sonriendo con ironía La verdad... Bueno, digamos : Una verdad.

Pag.140 –(...) y pensando enseguida, como ante un abismo, qué poco, qué miserablemente poco restaba de aquella marcha hacia la nada. Y entonces ¿para qué? Y cuando llegaba a ese punto y cuando parecía que ya nada tenía sentido, se tropezaba a caso con uno de esos perritos callejeros, hambriento y ansioso de cariño, con su pequeño destino (tan pequeño como su cuerpo y su pequeño corazón que valientemente resistirá hasta el final de aquella vida chiquita y humilde como desde una fortaleza diminuta), y entonces recogiéndolo, llevándolo hasta una cucha improvisada donde al menos no pasase frío, dándole algo de comer, convirtiéndose en sentido de la existencia de aquel pobre bicho, algo más enigmático pero más poderoso que la filosofía parecía volverle a dar sentido a su propia existencia. Como dos desamparados en medio de la soledad que se acuestan juntos para darse mutuamente calor.

Pag.154 –Porque hay veces que los amantes no se quieren... o en que uno de ellos no quiere al otro, o lo odia, o lo menosprecia.

Pag.155 –(...) pero yo soy nada más que eso: un hombre de puros proyectos (...) En la vida es más importante la ilusión, la imaginación, el deseo, la esperanza (...) Y si no digo todo, absolutamente todo, estoy mintiendo. Pero decir todo es imposible (...) ¿Somos, acaso, siempre la misma persona?

Pag.163 –¿Qué quieren, una originalidad total y absoluta? No existe. En el arte ni en nada. Todo se construye sobre lo anterior. No hay pureza en nada humano (...) Todo lo demás es desarrollo (...) Los verdaderos ateos son los indiferentes, los cínicos...

Pag.169 –Pues a medida que nos acercamos a la muerte también nos acercamos a la tierra (...) Y entonces recordamos un árbol, la cara de algún amigo, un perro, un camino polvoriento (...) No grandes cosas sino pequeñas y modestísimas cosas.

Pag.177 –Porque si prevaleciese la desesperación, todos nos dejaríamos morir o nos mataríamos, y eso no es de ninguna manera lo que sucede (...) la poca importancia de la razón, ya que no es razonable mantener esperanzas en este mundo en que vivimos.

Pag.178 –Y si la angustia es la experiencia de la Nada, algo así como la prueba ontológica de la Nada ¿no sería la esperanza la prueba de un Sentimiento Oculto de la Existencia, algo por lo cual vale la pena luchar?

Pag.185 –Es curioso que uno pueda fijarse en cosas así, indiferentes, en momentos tan decisivos.

Pag.191 –Pero ¿qué máscara nos ponemos o qué máscara nos queda cuando estamos en soledad...?

Pag.227 –(...) análisis y conceptos que valen para nosotros (...) pero en realidad todos estos conceptos tiene un valor relativo, pues estamos aplicando conceptos y valoraciones humanas a entes inconmensurables con nosotros; del mismo modo que es imposible para los hombres imaginar dioses que no tengan ciertos caracteres humanos, hasta el punto grotesco que los dioses griegos se metían los cuernos.

Pag.228 –Tuve de pronto la revelación de que la realidad podía empezar a deformarse si no concentraba toda mi voluntad para mantenerla estable.

Pag.229 –¿Acaso Parménides no había probado que la verdadera realidad no es la que vemos sino una esfera inmóvil y que toda esta fantasmagoría que nos rodea no es, en efecto, más que una perversa fantasmagoría? (...) como una garantía de que soy “algo” (...) sino por algo más profundo de índole espiritual (...) ¿qué impide que en ese cuerpo tabulado en mi libreta de enrolamiento no pueda de pronto, en virtud de algún cataclismo, habitar el alma del portero o del espíritu de Sade? ¿Hay alguna inviolable relación, acaso, entre mi cuerpo y mi alma? Siempre me pareció portentoso que alguien pueda crecer, tener ilusiones, sufrir desastres, ir a la guerra, deteriorarse espiritualmente, cambiar sus ideas, transformar sus sentimientos y sin embargo seguir recibiendo el mismo nombre.

Pag.230 –(...) “algo” entre mi cuerpo y mi voluntad se interpone.

Pag.232 –(...) ese tipo de enemigo de la sociedad que siempre me atrajo (...) (por la repugnancia de vivir de la muerte de un ser viviente) y tenía ese género de fantástica esperanza de que el mundo iba a ser alguna vez una cariñosa comunidad de libres y fraternales cooperadores.

Pag.234 –(...) cuando uno se propone enérgica y sistemáticamente un fin (...) se termina por crear un campo de fuerzas telepáticas (...) y hasta se producen episodios que en apariencia son casuales pero que en rigor están determinados por esa invisible potencia de nuestro espíritu.

Pag.235 –(...) del universo en que nacen y crecen nuestras más turbias obsesiones.

Pag.251 –Como si ese defecto pudiese ser motivo de elogio. Ya que como le expliqué a Norma (que se enfurecía) elogiar a un militar porque no lo parece, o porque no lo es tanto, es como encontrar méritos en un submarino que tiene dificultades para sumergirse, y creer que es una virtud el que pueda andar en la superficie casi tan bien como un barco de carga.

Pag.298 –¡Delirio de persecución! Siempre los realistas, los famosos sujetos de las “debidas proporciones”. Cuando por fin se quemen, recién entonces se convencerán; como si hubiera que medir con un metro el diámetro del sol, para creer lo que afirman los astrofísicos (...) la vanidad es tan fantástica , tan poco “realista” que hasta nos induce a preocuparnos de lo que pensarán de nosotros una vez muertos y enterrados. ¿Una especie de prueba de la inmortalidad del alma?

Pag.335 –(...) que nada de lo que se refiere a seres humanos debería causar jamás asombro y sobre todo porque, como decía Proust, los “aunque” son casi siempre “porqués” (...) en virtud de ese afán que tienen los hombres de aferrase a cualquier despojo de alguien que quisieron mucho (...) esos pequeños objetos que de ese modo alcanzan un valor simbólico y desmesurado...

Pag.336 –(...) encontrar esa presunta clave...

Pag.337 –(...) constituía algo así como la prueba de la inmortalidad del alma (...) ¿qué conocemos en definitiva del misterio último de los seres humanos?

Pag.378 –Porque es un error imaginar, como a menudo suponen los que ven a un movimiento revolucionario,

Pag.379 –(...) desde lejos o desde afuera, que todos sus integrantes ofrecen un tipo definido de personas (...) Pero la gama era infinita. Había el tolstoiano que se negaba a comer carne porque era enemigo de toda muerte violenta, y que muy a menudo era esperantista y teósofo; y el partidario de la violencia hasta en sus formas más indiscriminadas, ya porque sostuviera que el Estado sólo puede combatirse mediante la fuerza, ya porque como en el caso de Podestá, daba así salida a sus instintos sádicos. Había el intelectual o el estudiante que llegaba al movimiento a través de Stirner y Nietzsche, como Fernando, generalmente individualistas acérrimos y asociales, que muchas veces terminaron apoyando el fascismo; y obreros casi analfabetos que se acercaban al anarquismo en busca de una esperanza instintiva. Había resentidos que volcaban así su odio contra el patrón o la sociedad, y que a menudo terminaban convirtiéndose en despiadados patrones cuando lograban alguna fortuna o en miembros del cuerpo policial; y seres purísimos llenos de bondad y grandeza, y que aún siendo bondadosos y puros eran capaces de llegar al atentado y a la muerte, como en el caso de Simón Radowistky, llevados por un cierto tipo de espíritu justiciero, al destruir al hombre que juzgaban culpable de la muerte de mujeres y niños inocentes. Existía el vividor que con el cuento del anarquismo la pasaba muy bien, comiendo y durmiendo gratuitamente en casa de compañeros, a los que en ocasiones terminaba robándole algo o quitándole a la mujer, y que cuando por sus excesos recibía alguna tímida recriminación del dueño de casa contestaba con desprecio “pero qué clase de anarquista es usted camarada”. Y existía el linyera, partidario de la vida libre del pájaro, del contacto con el sol y el campo, que salía con su bultito al hombro a recorrer países y a predicar la buena nueva, trabajando en alguna cosecha, arreglando algún molino o algún arado, y de noche en el galpón de la peonada, enseñando a leer y a escribir a los analfabetos, o explicándoles en palabras sencillas pero fervientes el advenimiento de la nueva sociedad donde no habrá ni humillación ni dolor ni miseria para los pobres,

Pag.380 –o leyéndoles páginas de algún libro que llevaba en el hatillo: páginas de Malatesta a los campesinos italianos, o de Bakunin; mientras sus interlocutores silenciosos, tomando mate en cuclillas o sentados sobre algún cajón de kerosén, cansados por la jornada de sol a sol, acaso rememorando alguna remota aldea italiana o polaca, se entregaban a medias a aquel sueño maravilloso, queriéndolo creer pero (instigados por la dura realidad de todos los días) imaginado su imposibilidad, en forma semejante a los que abrumados de desdichas sin embargo a veces sueñan con el paraíso final; y acaso entre aquellos peones, algún criollo, que pensaba que Dios había hecho el campo y el cielo con sus estrellas para todos por igual, esa clase de criollo que añoraba la vieja y altiva vida libre de la pampa sin alambrados, ese paisano individualista y estoico, hacía finalmente suya la buena nueva de aquellos remotos apóstoles de nombres raros y, ya para siempre, abrazaba con ardor la doctrina de la esperanza. Pues criollos de éstos yo vi muchos en los sindicatos anarquistas del puerto o en las playas de los frigoríficos, y entre ellos aquél llamado Vallejos que se desvaneció de hambre en la calle y a quien la policía, al registrarlo y encontrarle un billete de cien pesos, le preguntó por qué con tanto dinero pasaba hambre y él le respondió con tranquila dignidad “porque esa plata, señor, es del sindicato”. Sí, había anarquistas como Vallejos. Como también hubo anarquistas como Di Giovani que, aunque editaba con el dinero de sus asaltos las obras completas de Reclus, también vestía al fin de su vida camisas de seda; mientras que pistoleros como Ascaso y Durruti, austeros y honestos hasta su muerte al pie de sus ametralladoras en la guerra española, no guardaron para sí un solo centavo de lo que obtuvieron en sus asaltos.

Pag.385 –(...) que contra la fuerza organizada del estado burgués sólo era eficaz la fuerza organizada del proletariado...

Pag.387 –Exupéry cuenta como después de una angustiosa lucha con los elementos, perdido en el Atlántico, cuando ya él y su mecánico no conservaban esperanzas de llegar a tierra, alcanzaron a divisar una débil lucecita en la costa africana y con el último litro de combustible alcanzaron finalmente la ansiada costa; y cómo entonces aquel café con leche que tomaron en una cabaña fue el humilde pero trascendental signo del contacto con la vida entera, el pequeño pero maravilloso reencuentro con la existencia. Del mismo modo, cuando retornamos de aquel universo del sueño, una mesita cualquiera, un par de zapatos gastados, una simple lámpara familiar, son conmovedoras luces de la costa que ansiamos alcanzar, la seguridad. Razón por la cual nos angustiamos cuando uno de esos fragmentos de la realidad que empezamos a distinguir no es el que esperábamos.

Pag.388 –Me producía extrañeza encontrar en las calles y en los cafés tanta gente despreocupada y libre de problemas (...) había miles de personas que pensaban o sentían lo que yo sentía (...) Puesto que los animales no lo necesitan: les basta con vivir.

Pag.389 –Mientras que el hombre, al levantarse sobre las dos patas traseras y al convertir en un hacha la primera piedra filosa, instituyó la base de su grandeza pero también los orígenes de su angustia (...) habrá dejado de ser un simple animal pero no habrá llegado a ser el Dios que su espíritu le sugiera (...) Ese ser dolorido y enfermo del espíritu que se preguntará por primera vez sobre el porqué de la existencia. Y así las manos, y luego aquella hacha, aquel fuego, y luego la ciencia y la técnica habrán ido cavando cada día más el abismo que los separa de su raza originaria y de su felicidad zoológica. Y la ciudad será finalmente la última etapa de su loca carrera, la expresión máxima de su orgullo y la máxima forma de su alienación.

Pag.390 –(...) y sin embargo de pronto transmitimos algo misterioso e indefinible (...) de ese mundo que muy probablemente seguirá permaneciendo, indiferente y helado, cuando hayamos muerto...

Pag.391 –Porque en realidad esos objetos pintados no son los objetos de aquel universo indiferente, sino objetos creados por aquel ser solitario y desesperado...

fuente: recibido directamente de Juan Carlos Gómez ("Goma"), el amigo más cercano a Witold Gombrowicz durante su larga estada en Argentina.
J.C.Gomez falleció en 2012.

miércoles, 30 de enero de 2013

Tamara Kamenszain :Los que conocieron a Gombrowicz


 
















  Como los inmigrantes, los aventureros, o los piratas, Witold Gombrowicz llega a Buenos Aires en barco. En un día de 1939 el joven polaco de 35 años, escritor apenas conocido en su país –aunque ya había publicado para esa época su novela Ferdydurke, una pieza de teatro y un libro de cuentos– recala por dos semanas en la ciudad porteña como participante de un crucero polaco que se aventuró hasta las costas de Sudamérica. Paradójicamente, ese corto período se transformará en un largo período de vida: 24 años. '


Mientras el joven Gombrowicz se pasea por las calles de Buenos Aires, estalla la guerra en Europa y se ve obligado, o decide –muchos de sus compañeros de viaje partirán a Inglaterra– permanecer en la Argentina. No se moverá de este país hasta 1963, año en que –ya en el clima de un amplio reconocimiento internacional– viaja a Francia donde morirá en la ciudad de Vence, en 1969.

   Años de miseria y marginación (vive en pensiones, trabaja durante un largo período en un banco polaco, se automargina y lo marginan de los círculos literarios oficiales), estos de Gombrowicz en Argentina son, sin embargo, también años de crecimiento literario (escribe en Argentina la mayor parte de su obra: textos decisivos como Cosmos –premio Formentor 1967–, La seducción, Trasatlántico y el Diario Argentino).
   Rastrear la huella que dejó Gombrowicz en la Argentina por esos años, elegir algunos nombres –algunos de ellos transformados en seudónimos literarios –entre los muchos que menciona como "su amigos" en el Diario Argentino, escuchar las narraciones de esos amigos y después transcribirlas, implica de algún modo trazar las coordenadas de un mapa biográfico siempre parcial, siempre fragmentario. Pero quizás o justamente en ese fragmentarismo, esté una de las claves de la personalidad de Witold Gombrowicz: prismático, multifacético, el genial escritor polaco intentó cubrirse –máscara sobre máscara– del peligro de la personalidad definida, unilateral.


   Jorge Di Paola –novelista autor de Hernán y de La virginidad es un tigre de papel– y Mariano Betelú ("Flor" o "Quilombo") –dibujante–, lo conocen en la pequeña ciudad argentina de Tandil donde Gombrowicz recala para curarse de una enfermedad pulmonar. El escritor Ernesto Sábato y Juan Carlos Gómez ("Goma"), lo conocen en Buenos Aires, uno en plena vida literaria porteña, el otro en un bar donde se jugaba a] ajedrez. Para Jorge Luis Borges, Gombrowicz fue "un amigo de amigos". Testigos, interlocutores, intérpretes, estos cinco argentinos conocieron cada uno de ellos a un Gombrowicz distinto. En sus recuerdos, en la transcripción de esos recuerdos, está el azar de la biografía o –con un grado más de pretensión– las coordenadas de una posible historia.



1. UN LECTOR DE LA PAMPA SALVAJE

   "Aparecieron a las cinco tres muchachitos que no tenían idea de quién era yo y me preguntaban cómo había llegado a la Argentina. El cuarto, menudo, dieciséis años, sonrió al oír mi apellido y dijo:– ¡Ferdydurke!– Lo llaman «Dipi»" (Gombrowicz, Diario Argentino, pág. 126) .


   A principios de 1957 un amigo mío encontró un ejemplar con las páginas sin abrir del Ferdydurke, en la biblioteca de mi pueblo, Tandil. Fui el primer lector tandilense de ese libro; y seis meses después, en septiembre de ese mismo año, dos amigos fueron a despertarme de la siesta porque había llegado un escritor polaco que nos estaba esperando en un bar; era Gombrowicz. Había llegado a Tandil porque se le complicó su asma con una gripe asiática y necesitaba del buen aire serrano. Pero en el pueblecito Gombrowicz se aburrió y no se le ocurrió mejor idea que presentarse en uno de los tres periódicos de allí con la siguiente contraseña: "soy un escritor polaco que se aburre en esta ciudad y busca hablar con alguna persona inteligente". Los del diario lo mandaron a hablar con un escritor tandilense quien se lo sacó de encima derivándolo a nuestro grupo. Éramos para entonces unos cuantos adolescentes que teníamos un teatro independiente y algunos "escribíamos". Así, en la confitería donde siempre nos reuníamos, vi por primera vez a Gombrowicz. Era en realidad muy tímido y los primeros minutos fueron más bien tensos. Uno de los del grupo, un español Magariños, le preguntó; ¿cuál es su gracia?, a lo cual Gombrowicz respondió "mi nombre es muy difícil para criollitos"? y tomando una servilleta garabateó el nombre. Yo recordé súbitamente que ése era el autor del librito encontrado en la biblioteca y exclamé: ¡Ferdydurke! Gombrowicz se sorprendió mucho y evidentemente se conmovió, pero tuvo una salida graciosa, exclamó: "Oh, un lector en la pampa salvaje".


   Nuestras primeras conversaciones fueron sobre la vida cotidiana en el pueblo, con mucha curiosidad de parte de él. Le interesaban, por ejemplo, los nombres de los árboles; estaba convaleciente y salíamos a caminar despacito, a cada rato preguntaba: "Che, viejo, ¿cómo se llama este arbolito?" Yo era fanático de Thomas Mann, hecho que compartíamos, aunque se hablaba muy poco de literatura; a él le interesaba más lo que se creaba en la mesa de café entre la gente Y lo que se creaba era una especie de práctica de estrategias, de seudopeleas y seudodisputas que Gombrowicz sutilmente organizaba. Se trataba de un juego dialéctico donde lograba que cada uno de nosotros terminara defendiendo una idea contraria a la que realmente tenía. Era un juego extraño, una práctica que no resultó tan inocente como podía parecer al principio Con este sistema Witold logró romper la estructura cerrada que tenía el grupo, por medio de desplazamientos y pequeñas intrigas
   Él mismo funcionaba como una especie de adolescente ridículo y avejentado. Cuando lo poníamos en aprietos no tenía empacho en recurrir a su autoridad como adulto, pero en realidad tenía más capacidad payasesca que nosotros. Siempre estaba jugando un papel en el sentido teatral del término –y esto era algo que nunca dejamos de saber. Se sabía que se estaba participando de un juego, pero no de un juego para pasar el rato, sino de una aventura importante donde iba a saltar el resorte íntimo de cada uno; diría que por ser teatral, era al mismo tiempo un juego de desenmascaramientos. Curiosamente este juego perverso no estaba practicado hacia nosotros con perversidad real, los resultados eran, más bien, un aprendizaje acelerado y doloroso de nuestras actitudes mentirosas frente a los demás Nosotros éramos algo así como integrantes de un laboratorio gombrowicziano y lo sabíamos. Intuíamos que estábamos formando parte de uno de los tantos experimentos que hizo Witold en su vida. Más tarde, leyendo una biografía suya, alcancé a reconocer en su conducta en los bares de Polonia antes de la guerra, el mismo comportamiento.
   Me interesa la vida de Gombrowicz en tanto es un aspecto de sus textos, y cuando me pongo a pensar, por ejemplo, en Ferdydurke recuerdo que él la escribió de joven y que el protagonista del texto es un joven que se relaciona –que mira– a los adultos En sus obras posteriores los personajes son adultos y aparecen mirando a los adolescentes, no siendo mirados por ellos. Esto se ve muy claramente en La seducción, curiosamente la obra que estaba escribiendo cuando llegó a Tandil. Entonces, es una sensación rara descubrir entre líneas en La seducción la experiencia que Gombrowicz tuvo con nosotros. Al principio, el libro comienza con una anécdota que le conté yo, de un muchacho de Tandil que tenía una dificultad cerebral y repetía dos veces la misma frase, la segunda vez muy bajito, y de esa segunda vez no era consciente. Pero esto es meramente anecdótico, lo importante es que entre líneas descubrí en esa novela –cuando la leí en español después de años– que esos juegos que hacíamos con Gombrowicz en Tandil eran como prácticas de esa patética aventura que los personajes adultos de La seducción –Witold y Frederich– tienen mientras observan a la pareja de adolescentes. Tengo la sensación de que en esos juegos artificiales servíamos de conejitos de indias para esa nueva actitud de los personajes de Gombrowicz, ese darse vuelta los roles de personajes que son observados como adolescentes a personajes adultos que observan a esos adolescentes
   Es curioso y difícil hacer comprender la absoluta excentricidad de Witold, significativa en cuanto en él era casi como un sacrificio para escribir. Él no podía relacionarse bien con gente de su edad en Tandil, con nosotros tampoco se podía relacionar "bien", simplemente se podía mover cómodo en su excentricidad. Desconcertaba mucho a los adultos, era un tipo que vestía un arrugado traje de poplin y una gorra que llevaba en el bolsillo, casi podría decirse que se parecía a Jacques Tati. Era cómico, pero al mismo tiempo tenía como una especie de dignidad aristocrática, un orgullo. Creo que había asimilado en sus gestos mucho del cine mudo. Un día le pidió prestada la bicicleta a uno de los muchachos y se puso a andar, logró andar cada vez a menor velocidad hasta dejarla casi detenida y como el piso era de arena iba dibujando cuadrados en vez de círculos con una lentitud cercana a la inmovilidad. Era un perfecto corto de cine mudo y nosotros llorábamos de la risa...
   Él vivía en una piecita que alquilaba, escribía todas las mañanas, era muy metódico y se enojaba si no aparecíamos con puntualidad a las citas que nos hacia en el bar, dándonos una grotesca diatriba acerca de la impuntualidad criolla. Pero enojado realmente, lo vi una sola vez y fue precisamente conmigo; fue la única vez que desfacé la confianza que me tenía Recuerdo que él quería dar conferencias sobre existencialismo y como yo era el más formal del grupo me encomendó organizarlas, y acepté, pero con la idea secreta de jugarle una broma. Había en el pueblo una pintora solterona, una de esas típicas solteronas de pueblo que además pintaba muy mal, y no se me ocurre mejor idea que hacerle creer a Gombrowicz que había divulgado lo de la conferencia por todo el pueblo, mientras en realidad había invitado solamente a la solterona. Tuvo que tragarse dos horas hablándole sólo a esa mujer; se agarró una rabieta tan grande que me echó del grupo. Les decía a mis amigos que yo era un traidor y ellos me veían solamente en secreto Pasada una semana de castigo empecé a recibir cartas a través de alguno de ellos. Eran pequeñas misivas en las que Witold me escribía, por ejemplo: "Te perdonaré si apareces en tal lugar"; se trataba de un lugar lejano al que yo fui la primera vez y por supuesto él no apareció. Me di cuenta que era parte del castigo, incluso las misivas seguían llegando y yo me quedaba con la duda de si Witold había ido o no. Esto duró un tiempo hasta que nuevamente fui aceptado en la mesa del bar.
   Dio algunas de las conferencias sobre existencialismo. Una de ellas, recuerdo, fue en los sótanos de la biblioteca del pueblo. Él hablaba con un tono que era la parodia del tono del conferenciante, fingiendo una seriedad que en realidad era muy cómica. Agregando a eso, el acento polaco con que pronunciaba el español, que también era parte del grotesco. Yo estaba sentado en primera fila y de golpe veo que por el asiento de Gombrowicz empieza a subir una cucaracha, él también la vio y no tuvo mejor idea que sacar la gorra arrugada del bolsillo y gritar "Este horrible gusano" mientras la aplastaba Aunque era payasesco y le gustaba que se rieran de él, sus conferencias eran didácticas y claras. Se consideraba afín a Sartre en cuanto al tema de "la mirada del otro". La filosofía le importaba mucho, aunque mostrara despego hacia ella –le reprochaba el no estar encarnada–; pero de hecho dialogaba más con filósofos que con literatos. Incluso en ese juego que practicaba con nosotros era como una especie de Sócrates circense, utilizaba el método socrático. Gombrowicz nunca decía qué era lo que había que hacer, simplemente marcaba lo que estaba mal hecho.


   ¿Cómo reaccionaba frente a los textos que yo escribía y le mostraba? Bueno, lo que a él más le interesaba era la creación de una forma propia, de un estilo propio en el texto. Nunca dio consejos, simplemente hacía observaciones inherentes a esa forma Cuando leía cosas mías en las que le parecía que yo imitaba a Mann o al propio Gombrowicz –eran mis "imitados" más comunes– me lo marcaba diciéndome que no estaba siendo fiel a mi propia forma. Sus observaciones eran siempre bromeando, se ponía unos anteojitos para hacerse el profesor.


   A Gombrowicz no le interesaba el género, poco le importaba si se trataba de novelas, cuentos o diarios íntimos. Incluso llegó a decir que el género del futuro era el diario porque ya las otras formas no podían contener un paralelo con la estructura del mundo actual. A Borges se lo hice leer yo, aunque no quería.


 Decía ¿Para qué lo voy a leer si no me gusta?; sin embargo, le di Ficciones y vino diciéndome que se trataba de "una cosa seria". Creo que a Borges lo eligió como una especie de enemigo fantasmal, ya que nunca se trataron realmente. En general, Gombrowicz no nos leía lo que estaba escribiendo, pero una vez hizo una lectura memorable del primer acto de su obra teatral El casamiento. Teníamos un local donde nuestro teatro independiente ensayaba, y él llegó riéndose y haciendo bromas a "los artistas". Entonces le dije: Che, viejo, por qué no hacés teatro leído. Le dimos una silla, abrió su libro y leyó durante 20 minutos, su máscara era totalmente dúctil, en mi vida vi un teatro como ése.

   Su partida de Tandil fue también payasesca. Recuerdo que mientras lo saludábamos en el andén él estaba parado majestuosamente en el estribo del tren con su traje, su paraguas y su pipa. Parecía un conde. Tan rara era su imagen, que provocó una situación también rara: se le acercó un hombre que estaba caminando por el andén y sorpresivamente le preguntó: "¿Y usted, qué es?", y se fue.

   (Conversación con Jorge Di Paola)

2. DOS INSTANTÁNEAS DE GOMBROWICZ

   "Si, pero nuestra aproximación fue, como ya se ha dicho, en primer lugar el efecto de un juego de circunstancias... menudas. De no haber sido por la tartamudez y el dramático paso bajo la lluvia (...) A eso se unía la magia de los nombres (...) Eso le confería a nuestras conversaciones distinción y brillo. En una ocasión se me trabó la lengua y de «Colimba» hice «Quilombo». Lo que español significa «burdel» (...) Empleado como nombre propio se vuelve sumamente cómico y traviesamente poético: –Che Quilombo, ¿cómo estás? –le decía yo con amabilidad refinada, y esto marcaba entre nosotros una distancia... que facilitaba el acercamiento)" (Gombrowicz, Diario Argentino, pág 163)


   I)
   Conversación mensual: Gombrowicz me había becado para terminar mis estudios universitarios. Esta charla se repetía todos los meses.

Período: 1959/1960.
Lugar: Calle Venezuela 615, Buenos Aires. Hora: 16:00 horas.


   El viejo dormía "un poquito" de siesta hasta esa hora. Tenía terminantemente prohibido llegar antes y sobre todas las cosas sin avisar mi visita previamente por teléfono: No. 34-8792. Yo llegaba. Me anunciaba la encargada, y entraba la vieja pieza que tenía balcones a la calle Venezuela. Después del protocolo: "¿Qué tal, Flor de Quilombo?"... "¿Cómo te va, viejo?". Los diálogos eran casi siempre así:
   G: "Aquí tengo 500 nacionales para vos, más 500 adicionales extras por mayores costos de la vida... (PAUSA) ¡Viejo, si es indecente lo que yo hago!... Dios mío... ¿por qué?... ¿por qué?... yo aflojo tanto dinero que me cuesta sangre . . . ¿Puedes explicármelo? . . . Por qué esa debilidad mía que me hace gastar la plata con vos tarado"
   F: "Bueno, este, será porque vos querés, además yo no tengo dinero y... este ..." (TARTAMUDEO) .
   G: (CON VOZ AUTORITARIA Y FALSA). "Tartamudear y gemir, eso si sabes, yo no sé por qué aflojo, debo estar loco. ¡La última vez que te di dinero no tuviste mejor idea que comprarte un paraguas y un librito de Ortega y Gasset!... Me parece que la esclerosis me está poniendo algo chocho, pero vos me contagiás la taradez. Tomá estos nacionales antes de que me arrepienta. (PAUSA) Dime, Flor, ¿por qué no le pides a tu tío millonario Marcolín, que vive en Italia, dinero para financiar tu carrera universitaria... por no decir vagancia, o, de lo contrario, pídeselo a tu papá y mamá...?"
   F: "Yo... "
   G: "Yo...yo" (imita mi tartamudez). Un largo silencio. Se pasea por la pieza gesticulando teatralmente. Implora al cielo. Pone una rodilla en tierra. Se sienta en un sillón. Mueve la cabeza que esconde entre las manos, y permanece largo rato. Eso me llama la atención. Como si contuviese algo. Luego se pone de pie y declama como el gran actor que es:
   "¡Qué hermosa es la vida de la juventud ascética!"
   "El dinero les quita el encanto y los pervierte". Y mirándome agrega: "A tu edad, Flor, no hace falta tener dinero. Es nocivo... ¡Claro que tu espíritu de pequeñoburgués lo ansia! Pero ya sabés, si lo deseas sácaselo a tus padres. ¿Acaso no eres el hijo? ¿Es así, verdad?"
   F: "Viejo, es que vos sos para mi como un padre espiritual y yo no se lo podría pedir a nadie más. Sos como un padre potencial..."
   G: "¡Mira Flor, esto es el colmo del descaro... (se ríe). Es curioso que yo que soy –diriamos– impotente, me transforme en un padre potencial, además yo no he tenido, y esto sea dicho con el mayor respeto, el placer con tu mamá". (DE PRONTO INTERRUMPE LA CONVERSACIÓN Y CON TONO SEVERO DICE): "Viejo, ¿te das cuenta de las estupideces que hablamos?. . . Por supuesto que existe un culpable... "
   F: "Witold son las 17 horas ¿No seria conveniente partir al «Querandi» ?"
   G: "Ah, esa mezquindad tampoco se te escapó. No piensas sino en llenar el buche. ¡Corre vos y espérame mientras hago unos llamados por teléfono !... "
   Salgo de inmediato Llego al "Querandi". Esquina Perú y Moreno. A la media hora llega Gombrowicz caminando pausadamente, contoneándose como una matrona militar. Las manos en los bolsillos. El sombrero puesto. Compra el diario La Razón. Sin decirme nada me alcanza la sección de deportes.


   II)
   Periodo: Verano de 1960. Lugar: Tandil. Bar "Ideal", Gral. Rodríguez y Pinto.

   Todas las tardes a las 17 horas Gombrowicz bajaba de su casa de veraneo, situada en el cerro del Parque Independencia, a tomar el té y a leer la correspondencia y los periódicos en el café Ideal. Traía consigo una libreta de anotaciones, un abrigo en el brazo "porque, con los vientos de Tandil nunca se sabe". El bar está en una esquina, frente a la plaza Independencia, en el centro de la ciudad. Palmera, tilos, canteros con flores, una estatua de luchadores griegos "bastante dudosa" y una fuente barroca. Se quita la gorra y marcialmente entra en el bar.

   Las persianas están bajas. Hace calor. Yo lo estoy esperando, tomando una coca-cola. Al amplio salón concurren viejos parroquianos que me saludan con recelo al verme junto a Witold. Ambos esperamos a Dipi que viene del club donde frecuenta en la piscina a las niñas de 14 años.
   Afuera los turistas dan vuelta a la plaza como caballos atados a una noria. Clima aplastante. Seguimos esperando.
   Ferreyra, otro integrante del grupo, llega puntualmente a las 18 horas. Se acerca a la mesa con sus modales orientales. Se sienta, se levanta, sale. Entra, se sienta, se levanta, sale. Esto irrita a Gombrowicz. Cuando Ferreyra entra nuevamente Witold lo mira y con socarrona crueldad le dice: "Profesor, si usted viene tan sólo para irse no venga". El mozo trae tazas y vasos.


   Gombrowicz me contaba de los enfermos mentales de su familia, en especial de un "tío loco incurable que por las noches recorría los aposentos vacíos tratando de ahogar su miedo con discusiones extravagantes que poco a poco se transformaban en cantos extraños para terminar en aullidos inhumanos".
   En medio de la conversación, que se hacia densa y difícil, se escucha un ruido que viene de la calle. Murmullos. Personas que se mueven. Yo no alcanzo a ver por mi ubicación en la mesa. Una columna me lo impide. Veo si que la cara de Witold se contrae. El rictus se tensa, los ojos brillan nerviosos. La mano ha quedado detenida como en una foto instantánea, con la pipa atrapada en ella. Vibra todo. Su libreta de notas a un lado. Un hombre de unos cincuenta años, desaliñado, danza, hace gestos, profiere gritos y dice frases incomprensibles. Estamos frente a un ballet de la desorganización de lo humano. La gente lo rodea, le hace corrillos, pero al mismo tiempo lo esquiva como a un leproso. Gombrowicz en silencio sigue con la mirada todos los detalles. Entrecierra los ojos, apoya sus codos sobre la mesa. Deja su pipa. Observa. 


Después de una larga pausa dice a media voz: "¡Dios mío, qué soledad es la de un loco!" Su mirada perdida en algún punto del espacio acompaña la frase.
   (Dos textos de Mariano Betelú)

http://www.literatura.org/wg/wgcono.htm

domingo, 13 de enero de 2013

El escritor argentino Juan Carlos “Goma” Gómez, amigo fiel y biógrafo del mítico escritor Witold Gombrowicz partió en su viaje sin regreso.























¡ADIOS FIEL GOMA!

 
El 2 de diciembre de 2012 por la tarde, moría en una cama de hospital Juan Carlos “Goma” Gómez, “El Fiel Goma”. Ayer fue velado y hoy sus cenizas esparcidas en el aire del jardín de su casa donde disfrutó muchísimo sus últimos años junto a sus perros, que adoraba, escuchando Beethoven y haciendo asados para sus hijos, sus nueras y su inagotable esposa Elida, quién lo acompañó hasta su hora final. 
Como él mismo respondía cuando de tanto en vez terminaba de escuchar la Novena Sinfonía, y le decíamos que bien podría seguir ahora con la Tercera: “No”, decía, “después de la Novena ya no se puede escuchar más nada.”; un día terminó de escribir sus implacables gombrowiczidas, invocando a la razón de que “ya no podía sacarle más jugo al pobre viejo”. Guardó sus espadas y comenzó a cerrar sus ciclos: “Sólo me queda esperar morirme al sol”, presagió un día… Y así fue; el sábado 17 de noviembre acomodando unas plantitas en el patio bajo el sol, ese interlocutor extraño lo convocó para una entrevista de dos semanas, la que terminó por aburrirlo sobremanera; y así como cuando no estaba cómodo en un lugar o se levantaba y se iba, o bien esperaba a que el otro hiciera otro tanto, pues decidió esta vez retirarse él.
Seguramente ahora ya lo tenemos en algún café “Rex” jugando inmortales partidas de ajedrez junto a la muchachada, debatiendo nuevamente sobre el dolor y la inmadurez.
Así entonces, dedicamos a todos ustedes, de parte de quienes compartimos sus últimos momentos, esta breve semblanza y esta música que a más de uno le resonará en alguna parte del corazón… ¡Adiós Juan Carlos! ¡Adiós Fiel Goma!
El gran provocador
Se burló de todos. Se burló de sí mismo. A no confundirse: la cosa era burlarse y todo le servía para perfeccionar su divina parodia ¿Su ley primera? Que el prójimo no se aburriera en su presencia. Era capaz de incendiar al prójimo antes de permitirle que el bacilo del aburrimiento infectara su organismo. 
Sobre todo, se divirtió. El brillante jodón hizo credo de la risa y el sarcasmo. Muchos lo gozaron, muchos lo sufrieron. Nadie pudo escapar de sus gombrowiczidas y sus apodos lapidarios. Quiso como pudo, fue querido a pesar de él. 
Y, antes de partir, se hizo un hueco para burlarse de la misma Parca. Hace un par de semanas nos hizo notar que el promedio de vida en la Argentina era de 78 años. El 26 de noviembre cumplió 78 y el 2 de diciembre dijo chau. ¡Amante fiel del cálculo estadístico! Siempre así, siempre cómico. Ah, por cierto, con una linda sonrisa le gustaría ser recordado.


fdo: Mujer e hijos de Juan Carlos Gómez



fuente: recibido directamente enviado por la "Mujer e hijos de Juan Carlos Gómez".

Nota del Editor de este Blog:

Witold Gombrowicz fue un gran escritor polaco y universal, que arribó a Buenos Aires en un viaje inaugural de una Línea de transporte polaca a Sud America. Llegó pocos días antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, con la intención de quedarse unos días en esa ciudad tan europeizada. Se quedó más de 20 años....

Juan Carlos Gómez, "Goma", fue su amigo más cercano durante todos esos años. Fue su contacto con el 'mundo intelectual y literario' argentino de entonces, y tambien con el 'mundo real' cotidiano, el del cafe, el de la calle...
Nadie en Argentina y posiblemente fuera de ella tuvo más tiempo de diálogo y confianza con Witold.

Los relatos de "Goma" sobre el pensamiento y el actuar de Gombrowicz son de 'antología', y creo que para entender la obra del notable escritor polaco y su vida, hay que leer esos relatos, y su libro. 


Los últimos años 'GOMA'  me enviaba a mi y a un grupo de sus amistades/contactos sus famosas 'GOMBROWICZIDAS'. Parte de ellas he incluído en mis blogs EL GALLO EN ALPARGATAS  y en 'PAGINA 1-JOSE PIVIN'  y el resto las  ire publicando .

Lamento con tristeza el fallecimiento de este buen escritor argentino  y excelente persona.

Descansa en paz. 
Amen !


Lic. Jose Pivín
frente al puerto de Haifa
frente al mar Mediterráneo