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domingo, 26 de mayo de 2013

WITOLD GOMBROWICZ Y JUAN CARLOS GOMEZ, 'EL FIEL GOMA'.

El fiel Goma



 Por Juan Forn
Decía Gombrowicz que, cuando un polaco obtiene placer de una pequeña cantidad de bebida y de comida, su reacción instantánea es beber y comer diez veces más, para ser fiel al placer. Decía Gombrowicz que un polaco es una víctima de sus ideales, alguien que hace de la realidad una locura. Así era Juan Carlos Gómez, el fiel Goma. Debajo del pacífico matemático retirado, argentino de toda la vida, había en el fiel Goma un polaco loco que sólo salió a la luz cuando, ya jubilado, creó el club de los gombrowiczidas.
Hay dos hechos decisivos en la estancia de Gombrowicz en la Argentina. Como bien se sabe, Gombrowicz llegó en barco a Buenos Aires en 1939, dispuesto a dar una conferencia, hacerse unos pesos y volver a Polonia, pero vino la guerra y quedó varado acá. Al principio no podía volver; después no quería. Durante esos veinte años le dio la espalda al establishment literario local, y a la vez dejó que una pandilla de amigos tradujera su novela Ferdydurke, de a varios, en una mesa del café Rex, con él de cuerpo presente, porque ninguno sabía mucho polaco. Se peleó con todos después, pero la traducción lo dejó insólitamente conforme. Piglia dice que ese Ferdydurke en castellano es la mejor novela argentina del siglo XX. Otros prefieren pensar que la verdadera obra maestra de Gombrowicz en nuestro país fue su Diario argentino (el efecto de nuestra idiosincrasia sobre la suya, la extraordinaria permeabilidad e impermeabilidad que tenía ese polaco), pero hay quienes piensan que la verdadera carga de profundidad que dejó Gombrowicz para que estallara después de su partida fueron los cuatro discípulos que lo despidieron en el puerto en 1961, los únicos que lo aguantaron de verdad, esos cuatro jovencitos a quienes les gritó desde la borda del barco que lo llevaba a Europa a triunfar: “¡Maten a Borges!”. Ya convertidos en señores mayores, Alberto Fischerman los juntó a los cuatro en 1986, los filmó durante una noche entera y le salió una película extraordinaria sobre el efecto que Gombrowicz había tenido en ellos.
Ninguno había matado a Borges, ni a Gombrowicz, ni a nadie. A ninguno parecía pesarle demasiado: ni a Mariano Betelú, ni a Dipi Di Paola, ni a Alejandro Russovich. Pero al fiel Goma sí. Hizo falta sin embargo que pasara el tiempo, que Gómez se jubilara, que tuviera tiempo de sobra, para que el polaco loco le saliera de adentro. Todo empezó cuando publicó en 1999 las Cartas a un amigo argentino que Gombrowicz le fue enviando desde Europa hasta que murió, en 1969. Gómez se quedó con ganas de decir cosas en el prólogo de ese hermoso libro, así que se sentó a escribir un libro entero sobre Gombrowicz, que tituló Ese hombre me causa problemas. Cuando lo terminó sintió que le seguían quedando cosas por decir y ya se había asqueado de las miserias del mundo editorial, así que inventó los gombrowiczidas: eligió a siete “magníficos”, que luego fueron nueve, once, trece y siguieron creciendo hasta alcanzar un número indeterminado, y empezó a mandarles por mail, todos los días, un fragmento de su nuevo libro, que también iba creciendo de manera ingobernable. El tema excluyente de esos mails era Gombrowicz, cada libro que había escrito, cada palabra que había dicho o que habían dicho sobre él, cada persona que lo había conocido (en Polonia, en Argentina y en Alemania y Francia después), pero sobre todo Gómez practicaba el gombrowiczismo a ultranza: el desafío vitriólico permanente contra el mundo, incluyendo a sus corresponsales.
Durante por lo menos siete años recibí cada día, incluyendo los domingos, un mail (y muchas veces más de uno) de Gómez en mi casilla. Todos los santos días durante siete años. Siempre eran inmoderados, a veces un poco agotadores en su obsesión o su veneno, pero por lo menos una vez a la semana venía uno formidable. Gómez usó a Gombrowicz para explicarse el mundo y el sinsentido del mundo: era su Aleph y su I Ching, su condena y su agujero negro. Gómez fue Gombrowicz: como él, ofendió o hartó a más de la mitad de sus corresponsales con sus diatribas, inevitablemente empezó a repetirse en determinado momento pero siempre había que leerlo porque en el momento menos pensado venía un relámpago. Y de pronto un día, de hace un año o dos, se calló. “Ya no queda jugo que sacar del viejo”, dicen que dijo a su familia. “Sólo me queda esperar la muerte al sol”. Se refería al jardín de su casa, a sus plantas, a sus perros, a sus hijos, a sus nueras y a su inagotable esposa Elida. En el aire de ese jardín fueron esparcidas las cenizas de Gómez la semana pasada. Su familia anunció el hecho con palabras hermosas, que están en Internet, como todo el paquete gombrowiczidas (véase www.elortiba.org).
Hace poco se anunció que el promedio actual de vida en la Argentina es de 78 años. Gómez los cumplió el 26 de noviembre y el 2 de diciembre dijo chau, fiel hasta la muerte al cálculo estadístico y a la joda vitriólica que conformaban su bipolar naturaleza argentopolaca. Por una vez en su larga relación con los gombrowiczidas, el fiel Goma les cedió la última palabra. Sólo queda una cosa por decir: Gombrowicz ha muerto, larga vida a Gombrowicz.


fuente: Pagina 12.com.ar
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viernes, 4 de junio de 2010

Witold Gombrowicz: El reconocimiento y la gratitud



"GOMBROWICZIDAS"

JUAN C. GÓMEZ
(Buenos Aires)

“Ayer, en el Club Polaco. Acerté a llegar al final de la trituración de mi alma y de mis obras. La ponencia a mi favor era obra de Karol Swieczewski, mientras que la señora Jezierska pronunció un discurso en contra... Luego se desató la discusión al final de la cual aparecí yo. Thomas Mann, gran experto en esta materia, dijo cosas muy acertadas sobre el reconocimiento (...)”
“Indudablemente será distinto el arte crecido desde el principio en el resplandor del reconocimiento, de aquel otro que sólo con dificultades y a costa de muchas humillaciones y fracasos tiene que conquistarse poco a poco su lugar. ¿Cómo sería mi creación si desde el primer momento la hubiesen ceñido los laureles, si hoy en día, después de tantos años, no tuviera que dedicarme a ella como algo prohibido, vergonzante e inconveniente?”

“Y, sin embargo, cuando entré en la sala, la mayoría de los allí presentes me saludó con cordialidad y tuve la sensación de que el ambiente había cambiado mucho desde el tiempo en que los fragmentos de “Transatlántico” habían aparecido en “Kultura”. Lo cual, según creo, se debe principalmente a este diario. Asimismo fui informado de que la mayoría de los participantes en la discusión se habían pronunciado a mi favor (...)”
“Inmerso en la multitud ondulante, me sentía un poco como los marineros de Odiseo: ¡cuántas sirenas tentadoras en esas caras amistosas, que se agolpaban a mi alrededor y me salían al encuentro! Tal vez no sería difícil echársele al cuello a esa gente y decir: soy vuestro y siempre lo he sido. Pero ¿cuidado! ¡No te dejes comprar con la simpatía de esa gente!

“No permitas que te derritan unos sentimentalismos insulsos y una dulce alianza con al masa, en la que tanta literatura polaca se ha ahogado. ¡Sé siempre extraño! Sé desganado, desconfiado, lúcido, agudo y exótico. ¡Resiste muchacho! ¡No te dejes domesticar por los tuyos, no te dejes asimilar! Tu lugar no está entre ellos, sino fuera de ellos, eres como la comba de los niños, que hay que echarla hacia delante para saltar por encima de ella”
La familia Swieczewski tenía una casa en San Isidro que Gombrowicz visitaba a menudo. Hacía paseos con Karol Swieczewski, era un buen amigo al que le tenía aprecio y confianza al punto de hacerle ciertas confesiones. “No me aburro, porque paso seis horas diarias, aproximadamente, escribiendo y estudiando ciertas cuestiones de tipo intelectual. Estoy luchando duramente con mi obra, como un animal salvaje (...)”

“A veces, ¡Santo cielo!, me gustaría mandarlo todo al diablo, ¡para qué, oh Dios, esta tarea superior a mis fuerzas!, no estoy hecho en absoluto para esto y, además, hay que tener una paciencia sobrehumana”. Gombrowicz pensaba que los hombres de letras tienen una vida artificial, están obligados a sacar apuntes de lo que les ocurre, a estimular la imaginación con ocurrencias que no siempre tienen un final feliz.
Estudian ciertas cuestiones de tipo intelectual que en algunas ocasiones no conducen a nada. Los años 1955 y 1956 fueron años turbulentos, los conflictos civiles entre los peronistas y los antiperonistas se transforman en conflictos bélicos, aunque de un carácter restringido y muy localizados. Se produjeron enfrentamiento entre las fuerzas armadas, el ejército, la marina y la aviación.

La marina de guerra amenazó con bombardear el puerto de Buenos Aires, con más exactitud, las refinerías de petróleo, las refinerías no la ciudad. Gombrowicz se siente muy cerca de las refinerías por su tendencia a convertir en inminente lo remoto y se escapa, aproxima su casa de la calle Venezuela a las refinerías y el miedo que le sobreviene lo obliga a hacer una mudanza preventiva, se muda a San Isidro.
Se muda a la casa de Karol Swieczewski, a muchos kilómetros del puerto de Buenos Aires. “Escríbeme, mis lazos con la Argentina se aflojan y no se puede remediar, cada vez menos cartas, pero es casi seguro que apareceré un día por Buenos Aires, porque experimento una curiosidad casi enfermiza; es realmente extraño que no me atraiga en absoluto Polonia, en cambio, con Argentina no puedo romper (...)”

“En los últimos tiempos vuelvo a menudo, con mis pensamientos, a Argentina y también me acordé del momento de la revolución de 1955, cuando escuchábamos la radio con María”. Son fragmentos de cartas que Gombrowicz le escribe a Karol Swieczewski y a Madame du Plastique en el año 1966, el año en que a Gombrowicz se le despierta la nostalgia melancólica por la Argentina.
Los lectores de diarios no estaban acostumbrados a que se metieran en este género literario narraciones con demasiados grados de libertad, pero Gombrowicz sintió la necesidad de ponerle distancia, al realismo primero, y al objetivismo después, recurrió entonces a algunas transformaciones que, sin embargo, tienen una fuerte sujeción a la verdadera realidad.

Toda la actividad de Gombrowicz, literaria y existencial, se convirtió en un retirada del objeto hacia sí mismo, un objeto que se le volvía agresivo cuando lo esgrimían, en tal que objeto, los artistas. Someterse al objeto sin más es una ingenuidad que tiene como destino el fracaso. La realidad surge de asociaciones de una manera indolente y torpe en medio de equívocos.
A cada momento la construcción se hunde en el caos, y a cada momento la forma se levanta de las cenizas como una historia que se crea a sí misma a medida que se escribe, introduciéndose de una manera ordinaria en un mundo extraordinario, en los bastidores de la realidad. Gombrowicz lleva adelante en sus diarios propósitos que en general están reservados a géneros más creadores.

Vamos a ver entonces cual es la razón por la que pone una atención desmedida en la casa de Prilidiano Pueyrredón, una casa cercana a la casa de los Swieczewski El abuelo paterno de Gombrowicz se vio obligado a vender sus posesiones en Lituania y a instalarse en Polonia. Jan Onufry, su padre, compró una propiedad en Maloszyce donde nacieron Gombrowicz y todos sus hermanos.
Cuando Gombrowicz tenía un año se mudaron a Bodzechow, y a los siete años terminó viviendo en Varsovia. El viejo castillo de Bodzechow, rodeado de un vasto parque, era un lugar lleno de misterios. La familia de Marcelina Antonina, su madre, se hallaba establecida en esa región desde hacía mucho tiempo. Gombrowicz cambió sus mansiones de Polonia por las pensiones más miserables de Buenos Aires.

Y, finalmente, las cambió por esa pieza de la calle Venezuela donde vivió dieciocho años. Sin embargo, ni las mansiones de Polonia ni estas pensiones miserables ni la pieza de la calle Venezuela fueron sus casas verdaderas. Desde una colina Gombrowicz y Karol Swieczewski están viendo el Río de la Plata y a la mano derecha, a la sombra de los eucaliptos, la casa de Prilidiano Pueyrredón.
Blanca y centenaria, con las ventanas cerradas, deshabitada desde que la abandonaron, es la casa construida por Prilidiano Pueyrredón, arquitecto y pintor argentino cuyas obras son retratos de la época que siguió a nuestra independencia. Entre esa casa y Gombrowicz se había establecido un vínculo arbitrario. Empezó a preguntarse sobre qué pasaría si esa casa se le volviera familiar irrumpiendo en su destino.

Este pensamiento le nacía sólo por el hecho de que le era completamente extraña, y porque era justamente esa casa la que le inspiraba tan extraordinario deseo. “De modo que ahora esta luz, estos arbustos, estas paredes, despiertan en mí cada vez más emoción y angustia, y siempre que estoy aquí me hundo bajo un peso indecible, mientras en algún lugar, en el límite, en el extremo de mi ser, estalla un grito, una violencia, un pánico tremendo”
Después de registrar esta conmoción llena de angustia, Gombrowicz apunta que sus sensaciones de miedo y desesperación no eran de carne y hueso, sino un contorno de sentimientos, no rellenos con nada, absolutamente puros, y por eso más dolorosos. Mientras camina con Karol la casa va quedando atrás, pero el hecho de no ver la casa aumenta su presencia.

Está allí hasta la exageración, con sus ventanas y columnas neoclásicas, pero a medida que se aleja de ella en vez de diluirse existe con más fuerza. No encuentra la razón por la que esa casa ajena, blanca, puesta en un jardín de eucaliptos, lo acompaña, lo persigue, lo inoportuna y no lo suelta. “¡No es eso lo que debo hacer! ¡No es aquí donde debo estar! Pero, ¿dónde entonces? ¿Dónde está mi lugar? ¿Qué debo hacer? ¿Dónde estar? (...)”
“Mi país natal no es mi lugar, ni la casa de mis padres, ni las de mis abuelos, ni el pensamiento, ni la palabra, no, la verdad es que no tengo sino precisamente esta casa, sí, desgraciadamente mi única casa es esta casa deshabitada, la blanca casa de Prilidiano Pueyrredón. Pero él, Swieczewski, también parece estar ausente: sus dedos reducen a polvo una ramita seca”

El debate “Por o contra Gombrowicz” que se realizó en el Club Polaco en el año 1954 es también recordado por su amiga Halina Grodzicka, aunque de otra manera a cómo lo recuerda Gombrowicz. “Karol Swieczewski fue el que realizó su exposición en primer lugar. Fue una intervención excelente. Después le tocó el turno a un adversario, la señora Jezierska, que sentía alergia ante la obra de Gombrowicz (...)”
“‘Gombrowicz, en sus libros, me hace pensar en alguien que empieza a serruchar la rama sobre la que está sentado y, naturalmente, cae. Pero pueden imaginarse dónde cae. En la mierda..., ¡esa palabra que le gusta tanto!’. Su marido tomó el relevo anunciando que tenía formación universitaria, que nunca se dormía sin leer antes alguna cosa. Pero bastaba con que abriera un libro de Gombrowicz para dormirse de inmediato (...)”

“Entonces Zygmunt Grocholski, llamado Zygro, se puso de pie gritando: ‘Se ha subido a un árbol, ha cogido las ciruelas y vio pasar las golondrinas. La conferencia de este matrimonio polaco me recuerda a esta canción: No hay discusión posible a este nivel tan inmaduro’. Después todos querían intervenir, la gente se levantaba, se interpelaba violentamente, gesticulaba (...)”
“Jeremi Stempowski, el presidente del Club Polaco, intentó educada y suavemente, con delicadeza, conseguir que la sala volviera a entrar en razón, pero sin éxito. Por fin el abogado Stanislaw Szwejs puso fin a esta confusión. Explicó con mucha autoridad e inteligencia lo que era el universo de Gombrowicz. Y el debate se terminó tranquilamente. Yo sabía que Gombrowicz esperaba fuera de la sala (...)”
“Habíamos convenido que le avisaría cuando la cosa hubiera terminado. Abrí la puerta y le avisé. ¡Pobre! Estaba emocionado como un estudiante que acaba de aprobar un examen. Al entrar en la sala, se dominó. Parecía, como siempre, muy reservado, un poco irónico y aparentemente seguro de sí mismo. Discreto, no quería darse a conocer. La señora Jezierska se acercó a él y le tendió la mano (...)”

“Después Witold se unió a nuestro grupo y preguntó qué se había dicho de él. Naturalmente, se le contamos todo. Estaba divertido, pues le gustaban las polémicas. Pero no había tenido el valor de estar presente”. A decir verdad Gombrowicz siempre les tuvo alergia al reconocimiento y a la gratitud en cualesquiera de sus formas, alergia que muchas veces aparece en los diarios.
“Escuchadme, hipopótamos: yo no me quejo de que vuestra estupidez profesional o articulista haya difamado sin cesar mi trabajo literario, que como se ha comprobado hoy, tiene algún valor. Hicisteis lo que pudisteis por fastidiarme la vida y en parte lo conseguisteis. Si no fuera por vuestra mezquindad, vuestra superficialidad, vuestra mediocridad, tal vez no hubiera pasado hambre durante años en la Argentina (...)”

“También otras humillaciones me hubieran sido ahorradas. Os interpusisteis entre yo y el mundo, banda de infalibles maestros de escuela y periodistas, deformando, tergiversando, falseando los valores y las proporciones. Bien, al diablo con vosotros, ¡os perdono! Y no espero que ninguno balbucee hoy algo parecido a un tímido perdón, sé demasiado bien qué es lo que se puede esperar de unos pillos como vosotros (...)”
“Pero ¿cómo perdonaros el que hayáis logrado vencerme en mi victoria final sobre vosotros? Sí. Alegraos. Habéis ganado en vuestra derrota. Porque habéis hecho que mi éxito haya llegado demasiado tarde..., diez, veinte años más tarde..., cuando ya estoy demasiado cerca de la muerte y ella contamina de derrota hasta mis triunfos...; ¿sabéis?, ya no soy lo suficientemente vigoroso para poder disfrutar de mi desquite (...)”

“¿Triunfo? ¿Megalómano? ¿Presumido? Pero si hasta de esto me habéis privado, no puedo gozar ni de mi ascensión ni de vuestra derrota, ¿cómo voy a perdonarlo?”. Cuando al final de su vida le preguntan si la holgura europea no le había llegado un poco tarde, Gombrowicz se acuerda de los hipopótamos y de los argentinos que le habían dado la espalda.
“Evidentemente, para mí es un poco triste porque no sólo la edad, sino también la enfermedad, me impiden gozar de todas estas cosas. Pero yo he tenido siempre la sensación de que el arte no puede dar dividendos. Un artista que se siente, ante todo, creador de una forma profunda o personal, no puede pretender además unos ingresos; por algo así más bien hay que pagar (...)”

“Hay un arte por el cual se es pagado, y otro por el cual hay que pagar. Y se paga con la salud, con las comodidades, ... Naturalmente, no sé si soy un artista importante o no, pero de todas formas, en ese sentido, mi vida ha sido más bien ascética”. Y como Gombrowicz le tenía alergia al reconocimiento también se lo tenía al agradecimiento. La gratitud era un sentimiento que no le caía bien, no porque fuera ingrato, sino porque le resultaba incómodo, difícil de expresar y, por eso mismo, peligroso.
Por acá, en la Argentina, sus gestos de gratitud no fueron muy frecuentes, se le pueden contabilizar, sin embargo, algunos regalos: una escultura de yeso muy bonita, un frasco de mermelada, un libro de pinturas, una sandía con su firma, un arrodillamiento conmovedor para agradecer cinco litros de kerosene, y una cantidad considerable de dedicatorias que estampaba en cualquier tipo de libros.



fuente: recibido directamente del Autor, al que agradezco.


Lic. Jose Pivín


frente al puerto de Haifa


frente al mar Mediterráneo

martes, 20 de octubre de 2009

Witold Gonbrowicz y Juan Carlos Gómez




GOMBROWICZIDAS


por JUAN CARLOS GÓMEZ



Gombrowicz realizó dos travesías oceánicas, una a bordo del Chrobry de Polonia a Buenos Aires, y la otra a bordo del Federico Costa de Buenos Aires a Europa. Su vida es también una travesía que Gombrowicz relata a su manera. Imaginemos entonces que el “Diario” es un barco, en ese barco Gombrowicz parte de Polonia, atraviesa su Ecuador en Montevideo y arriba la puerto de Checoslovaquia.

Ninguno de los hombres de letras del club de gombrowiczidas le da a su propio país la importancia que le dio Gombrowicz a Polonia. Su empresa literaria de mayor alcance fue el “Diario”, unas narraciones que empieza y termina con asuntos de Polonia, peripecias en su mayor parte escritas en la Argentina desde 1953 que concluyen en Francia en 1969.

Inmediatamente después de los cuatro yo que mete al comienzo de esta obra nos cuenta la impresión que le produce la lectura de los periódicos de su país. Es como si le hablaran de unas aventuras que corriera alguien muy próximo a él en una tierra extraña. El alguien ya no es próximo pero le queda con la persona conocida una identidad diluida.
La presencia del tiempo en las páginas de esos periódicos es tan fuerte que se le despierta el deseo de un contacto directo con ese alguien, aunque sea para vivir y relacionarse de una manera imperfecta.
“Pero la vida queda como detrás de un cristal, alejada; parece como si ya no nos perteneciera y lo observáramos todo desde un tren”

El Ecuador de esta travesía es Montevideo pues a caballo de los años 1961 y 1962 estamos en la mitad de un viaje que empieza en 1953 y termina en 1969. En el año 1961 Gombrowicz se embarca en el General Artigas y se va con el Asno a Montevideo. En el barco hace reflexiones sobre la línea beethoveniana y manifiesta que en “Pornografía” intentó volver a este tipo de melodía.
“¡Qué descaro de mi parte recurrir a unos temas tan fascinantes y melodiosos! Sobre todo hoy, cuando la música moderna le teme a la melodía, cuando el compositor, antes de utilizarla, tiene que despojarla de toda su atracción, volverla árida. Lo mismo ocurre con la literatura: un escritor moderno que se respete evita toda suerte de cebos, es difícil y prefiere repeler antes que tentar (...)”

“¿Y yo? Yo hago justamente lo contrario, meto en la obra todos los sabores más sabrosos, los encantos más encantadores, la relleno de bellezas y excitaciones, no quiero una escritura árida, sin hechizo... Busco las melodías más cautivadoras... para llegar, si lo consigo, a algo todavía más seductor”
Gombrowicz y el Asno desembarcan, se alojan en un hotel y a la noche van a una conferencia que da Dickman en la Asociación de Escritores. En la sala flota en el aire la cortesía, la banalidad y el aburrimiento. Paulina Medero preside la sesión: –Tenemos el honor de presentar al señor Gombrowicz a quien saludamos; quizás quiera decirnos unas palabras; –Bien, Paulina, ¿pero de hecho qué es lo que he escrito? ¿Cuáles son los títulos?

Este comentario sobre los títulos me hizo acordar al escándalo que se armó con la persona que me había presentado a Gombrowicz en el Rex cuando le preguntó por los títulos de las obras de Hegel. Dickman acude en auxilio de Paulina: –Yo sé, Gombrowicz publicó una novela en Buenos Aires traducida del rumano, no, del polaco, “Fitmurca”... no, “Fidefurca”. Se produce un malestar generalizado.
Termina el acto y Gombrowicz estampa en el libro de la Asociación su firma, tras lo cual se lo pasa al Asno para que lo firme también. Esto vuelve a provocar inquietud porque el Asno está en la edad del servicio militar y todavía no tiene pinta de literato. De ahí se fueron con Paulina y Dickman a un restaurancito que se daba aires, en el que los poetas habían preparado un banquete para homenajear a un profesor.

Se levantan los poetas y las poetisas y sueltan poemas en honor del profesor. Cada uno de los cincuenta poetas presentes tenía que pronunciar su poema de homenaje. Gombrowicz llama al mozo, pide dos botellas de vino y empieza a tomar. Le llega el turno a una poetisa grasienta y barrigona, la poetisa se levanta de un salto, y mientras balancea el busto de un lado para otro y agita los brazos, emite manojos de rimas nobles.
Gombrowicz no aguantó más y lanzó una carcajada tras la espalda del Asno, que también soltó una carcajada pero sin ninguna espalda que lo protegiera. En medio de miradas indignadas se levantó el laureado para soltar su discurso, Gombrowicz y el Asno aprovecharon la oportunidad y ahuecaron el ala.

“¡Chismes al canto! Al día siguiente, mientras cenábamos, Dipi oyó que en la mesa vecina se hablaba del escándalo que se había armado en la Asociación de Escritores y de la provocación en el banquete de poetas... ¡Alguien aconsejaba escribir a Ernesto Sabato para preguntarle si su carta dirigida a Julio Bayce en la que me recomendaba calurosamente era auténtica!”
A caballo de los años 1961 y 1962 pasé una vacaciones con Gombrowicz en el balneario de Piriápolis. Viajamos en un buque elegante que hizo el trayecto entre Buenos Aires y Montevideo en una noche estrellada. A bordo de la nave no pasó gran cosa, salvo la proposición que me hizo Gombrowicz de que nos contáramos la vida y nos tratáramos de tú.

Esta idea sorprendente de Gombrowicz me dejó de una pieza, cuando recuperé mi compostura me negué con mucha cortesía pero no sin cierta intranquilidad. Es una pena que no haya escrito yo también mi propio diario, a estas horas podría recordar con más detalle lo que realmente ocurrió en Piríapolis, pues Gombrowicz, en el suyo, le dio rienda suelta a su imaginación, al punto que lo comienza narrando nuestro viaje en avión.
Cuenta que habíamos viajado a mil quinientos metros de altura unos cincuenta pasajeros en total que, según se le ocurre a él, hubieran sido una cantidad diferente si estuvieran en tierra. Divisa desde el avión una eczema de cinco millones de individuos que se alejan de nosotros a quinientos kilómetros por hora.

Desde la altura también vio, seguramente, el barco en el que realmente viajábamos nosotros, y del que nos estábamos alejando cuando mucho, a trescientos kilómetros por hora. Promediando el vuelo se puso a hacer cálculos. Si bien el viaje de doscientos diez kilómetros lo habíamos hecho en veinticinco minutos, la duración total, con revisión de valijas y verificación de papeles, fue de ciento ochenta minutos, exactamente.
Llegados a este punto se imagina una igualdad: el número de kilómetros recorridos era igual al número de pasajeros más ciento sesenta minutos, un cálculo que somete a mi consideración y al que yo completo con reflexiones sobre el fenómeno de la cifra y la cifra del fenómeno. Cuando salíamos de la aduana se le ocurrió que yo hablaba demasiado, que había hablado sin parar durante todo el vuelo, aunque no estaba del todo seguro por el ruido de las hélices.

Antes de subir al ómnibus se puso a observar un bulto que llevaba un pasajero del que goteaba vodka; entre la altitud y la vodka que goteaba quedamos un poco aturdidos, yo terminé saltando del ómnibus pues me había olvidado la valija en tierra. Gombrowicz llegó solo a Piriápolis a las cuatro de la tarde. En la casa se topó con unos alambres en los que los habitantes colgaban la ropa, una situación que presagiaba un futuro incierto.
“Era una casa construida en un bosque de pinos, muda como un pescado petrificado, en la perspectiva gótica de árboles y de ese desierto donde las guirnaldas de telas y de lencería de hombre y mujer representaban para mí, en ese momento, después de mis recientes tribulaciones –dudo que esto resulte claro–, una especie de atenuación de la cantidad humana, una substitución, o una real decadencia... un espectro pálido de la locura, algo lunar... mórbido...”

En la habitación se pone a mirar tres botellas de vino, hace unas consideraciones acerca del alcohol que se le había subido a la cabeza cuando vio la vodka que goteaba, y se pone en guardia pues tiene el presentimiento de que lo que le va a ocurrir en Piriápolis va a ser tan sólo una farsa.
“Ayer contó que en la escuela sus compañeros le gritaban: –Cierra la canilla–, si esto no daba resultado le ponían un recipiente bajo el mentón”
Una niña de ocho años se nos aparecía como la representante del otro lado de la casa y nos servía el almuerzo; a Gombrowicz le gustaba que los otros se le aparecieran de esa forma atenuada y reducida. De nuestro lado, en el dominio del bosque, no hay más que ropa tendida en los alambres.

“Pero nuestro encuentro con la farsa todavía no se ha engendrado (...) la cuestión es saber si todo esto es farsa, si nosotros figuramos dentro de esa farsa, si yo fuera de color gris agregaría: una farsa como esas camisas y esos calzoncillos”
Sospechaba que yo tenía el hábito de hacer farsas, que ese proceso se estaba elaborando en mí, por lo que se alegraba de esa propiedad genial y fructuosa que tiene la literatura, esa libertad que le permite al escritor construir tramas como si eligiera senderos en el bosque sin saber dónde lo lleva y qué le espera.
“Gómez lleva a su boca un vaso de curasao. Me confía con una sonrisa que no encontró hasta el momento en toda Piriápolis una sola persona que hable, nosotros somos los únicos...”

A medida que hacemos excursiones el presentimiento de la farsa se le acentúa a Gombrowicz.
“Fuera de aquí, fuera, la farsa, No. No. ¡Fuera! ¿Pero por qué se pega así a mí? La botella mea pero el calzoncillo seca. Fuera de aquí. Fuera farsa. Por qué se pega a mí esta Farsa... por qué me invade como un parásito... hija de perra... Farsa... Fuera”
También relata nuestras conversaciones y discusiones interminables sobre los asuntos más abstractos: las formas de la afirmación, los límites del hermetismo, el número pi, la ingenuidad de la perversión, la tragedia seca y viscosa, el sujeto del prefijo “ex”, el carácter maníaco de la física, la cuádruple raíz del principio de razón suficiente, el principio de corporalidad.

Pero la farsa lo empieza a golpear sin piedad. En medio de la oscuridad se le dibuja en la ropa colgada que parece una bandera envenenada, una bandera de los que están del otro lado, a quienes reconoce bajo la forma de calzoncillos y de camisas. La farsa le muestra los dientes. No quiere discutir más conmigo, no quiere mezclarse con ninguna farsa, sabe que si responde a la farsa con la farsa está perdido, debe cuidar la seriedad de su existencia. Si tiene que ser cómico, que lo sea sólo exteriormente, no en su interior. Él, en su centro, debe quedarse imperturbable como Guillermo Tell, con la manzana de la seriedad sobre su cabeza.

“He aquí que todo termina. Dejé Piriápolis el 31 de enero y, vía Colonia, llegué a Buenos Aires en el mismo día, a las once y media de la noche. Gómez se había ido antes, lo habían llamado por telegrama desde la universidad. No sabré pues jamás qué es lo que realmente pasó en Piriápolis”
Yo tampoco supe, y menos aún lo sé ahora, lo que ocurrió en Piriápolis, sin embargo, di una versión incompleta de lo que no sé en una de los capítulos de “Gombrowicz, y todo lo demás”, un libro que los gombrowiczidas conocen. Después de dieciséis años Gombrowicz se despide del “Diario” recordándole a los polacos el olvido de que Polonia era un país ocupado, tan ocupado como lo estaba siendo Checoslovaquia después de la entrada del ejército soviético.

En la prensa de la emigración habían aparecido protestas valientes que Gombrowicz comparte mereciéndole todo su respeto.
“Pero hay un detalle que me da que pensar, un detalle casi freudiano: su indignación casi infantil parece olvidarse que Polonia ha sufrido de la misma violencia. Al fin y al cabo, Polonia es desde hace años un país ocupado, exactamente como lo es hoy Checoslovaquia. Si dijeran ‘Para mí la violencia es un acto cotidiano, sé lo que es, por eso condeno la invasión rusa’, todo estaría claro. Pero se les ha olvidado..., incluso a quienes viven en el extranjero. Consternados por Checoslovaquia han olvidado su propio destino”


Estas son las últimas palabras que Gombrowicz pone en ese magnífico “Diario”, una sinfonía perfecta de una de las voces más singulares y complejas del siglo XX.
fuente: el texto y la foto fue enviada directamente por el autor, Juan Carlos Gómez, escritor argentino conocido como la "autoridad" máxima sobre WITOLD GOMBROWICZ en ARGENTINA.
Lic. Jose Pivin
frente al puerto de Haifa
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