
Nací en una aldea árabe, Ayoun El Wadi, de un país llamado Siria, donde algunos de sus pobladores aún recuerdan el arameo, el idioma en el que predicaba el Cristo, hijo de Dios. Recuerdo que ese día, porque así me lo contaron mis mayores, el cielo mostraba a la avara luna de Oriente y un planeta, acaso Venus, confundía sus destellos con el oro del trigo que daba el pan de la mesa y el pan de la eucaristía, en la que el nombre de Dios purificaba el espíritu y alejaba el cuerpo de los martirios confesados y, más aún, de los callados.
Por la aldea andaba un antiguo astrólogo cuyo nombre, Abu Tasi, "El Padre de la Taza", quería dar fe de su otra inconmovible profesión: lector de agua. Mi padre, que fue intérprete de sueños, recurrió al doble lector, de estrellas y de agua, para conocer el destino de su hijo. Maktub dicen los árabes para referirse al destino como un alfabeto que ya ha sido escrito y a un libro que guarda una hoja para cada uno de los seres humanos, donde está anotado el día de su nacimiento y el día de su muerte, cuando la hoja, cansada, se desprende.
Abu Tasi aceptó el ruego y por unas pocas monedas, miró a la luna en su cuarto menguante, a lo que debía de ser Venus y, quizá, algunas estrellas que apenas lograban mitigar, junto con las lámparas de keroseno, la justa oscuridad del poblado. Tomó una taza, vertió en ella suficiente agua y se dispuso a su tarea. La misma que lo había llevado a los más distantes y diversos puntos de aquella geografía que, en el nombre de Alah, escucha la voz del Almuecín convocando a la aguda oración de los fieles.
Muchos años después, instalado en Angostura, un amigo, médico, me llevó ante un individuo que practicaba las viejas artes de la adivinación. Cuando entré a su cuarto, en penumbra, pude ver que encendía una vela. Con la temblorosa iluminación, vi que había una mesa y sobre la mesa, al lado de la vela, una taza donde el personaje, entrado en años, empezaba a verter agua.
Las profecías que dijo Abu Tasi en aquella perdida aldea del mundo árabe, ahora pertenecen a un recuerdo que el tiempo se ha encargado de disipar en el silencio. Las que oí del otro adivino me han bastado para que el sueño procure la íntima confesión y el sosiego que dan las palabras olvidadas.
Queda en mí la duda. ¿Habrá vuelto Abu Tasi a manifestarse en otro cuerpo y en otra lengua? ¿Acaso uno y otro habrán arribado a las mismas profecías? Que ignoro y aún olvido.
Maktub.
YO SOY EL POETA